Despierto lentamente y, luego de fruncir el ceño, cuando entreabro por primera vez los ojos, la luz del sol que ingresa a través de los vidrios hasta mi retina me obliga a cerrarlos una vez más, cegada. Me doy la vuelta sobre el colchón hasta ponerme boca arriba y, segura de que la visión del techo no me dañará, vuelvo a alzar las pestañas despacio, parpadeo a parpadeo hasta que puedo distinguir las imágenes como algo más que figuras borrosas. Recién entonces, con el rabillo del ojo, atino a verlo, a ver su espalda, su cuerpo sentado al borde de la cama más allá de mis pies. Extrañada, con el ceño fruncido y luego de cerrar y abrir los ojos infinidad de veces como si así pudiese darle claridad a mi mente dormida, acomodo la cabeza sobre la almohada para poder verlo mejor; se mantiene casi

