Recuerdo que a los dieciséis años estaba contando los días que me quedaban para poder arreglármelas por mí misma, para... no sé, poder tomar mis propias decisiones. Cuando por fin alcancé la mayoría de edad, me mudé a Pensilvana y conseguí un trabajo de dependienta en una tienda de Filadelfia. Hice amistad con una clienta habitual, y un día se presentó con un hombre bajito y medio calvo, que parecía un bulldog. Él le dijo a la mujer que tenía razón, me dio una tarjeta profesional y me dijo que fuera a su estudio al día siguiente, Yo no pensaba ir, claro, pensé que quería...me había acostumbrado a que los hombres... -Eso no lo dudo- dijo David con sequedad. Era algo que aún la hacía sentirse incomoda, pero como él no pareció sorprendido, deci

