Cuando las dos mujeres se volvieron hacia él, David vio la furia en el rostro de Marion y la agitación en el de Mariana, pero ambas mujeres se apresuraron a recomponerse, cada una su propia manera. Marion enarcó una ceja y sonrió, y Mariana entrelazó las manos y levantó la barbilla. -Querido, sabes que es mi deber proteger a mis artistas de esposas y amantes histéricas -Marion fue hacia él, y le puso una mano en el brazo-. Tenemos una cita con los Bridgeton en unos minutos para hablar de tres cuadros, y no te quiero distraído ni nervioso. David sólo se molestó en lanzarle la más breve de las miradas, pero bastó para que Marion se diera cuenta de que él había oído demasiado. -Deja que yo me preocupe de mis propios estados de ánimo. Y ahora, ¿nos disculpas? -Los Bridgeton... -Puede

