-¿Por qué? Estaba tan cerca que el refinado aroma que a Edem le recordaba a despacho y a montañas de papel, la asaltó. El corazón le empezó a latir a mil por hora.- De no haber apoyado las manos sobre el regazo, sin duda le temblarían. Aun así, mantuvo la mirada serena y fija. -¿Por que?- repitió- ¿Por qué? -volvió a decir, esa vez acompañado de una mirada acalorada-. -si, Adams. ¿por que? El alzó las manos y murmuró: -Ah, maldita sea, hay esta ese condenado eco otra vez. Edem se echó a reí con naturalidad. -Lo siento. Es cierto que parecemos eco, ¿verdad? se inclinó hacia adelante y preguntó-. ¡¿bueno, que puedo hacer por ti en esta preciosa mañana?. Su disculpa no pareció calmarlo y Adams se apartó bruscamente de la mesa y avanzó unos paso. Pero al poco se volvió y la miró

