CAPÍTULO TREINTA Y CINCO Srog estaba sentado detrás del antiguo escritorio de roble, en el fuerte que había sido de Tirus, tratando de concentrarse, mientras escribía una misiva a Gwendolyn. Era otra tarde melancólica aquí, en las Islas Superiores, había una niebla gruesa colgando en el cielo afuera de sus ventanas, con la penumbra siempre presente. Srog no podía soportar estar en este lugar un día más. Srog puso su cabeza entre manos, tratando de concentrarse. Sin embargo, no había podido hacerlo, porque durante un buen rato, mientras escribía, había ruidos, gritos interrumpidos, sonando como ovaciones, que venían de algún lugar lejano. Srog había ido a la ventana varias veces para tratar de mirar y ver lo que estaba pasando, pero el panorama siempre había sido oscurecido por la niebla.

