CAPÍTULO TREINTA Y OCHO Luanda se sumergió en el frío manantial, sola, en lo alto de las montañas de las Tierras Altas, como era su costumbre cada mañana. Pasó el agua fría a través de su pelo, que ya había crecido completamente, y la sensación helada en su cuero cabelludo la hacía sentir viva, despierta. Le recordaba dónde estaba. Ella no estaba en casa; estaba en una tierra extranjera. En el lado equivocado del altiplano. Era una exiliada. Y nunca volvería a casa. El agua fría le hacía recordarlo, como lo hacía cada mañana, y de alguna manera, había llegado a disfrutarlo. Era su forma de recordarse a sí misma en lo que se había convertido su vida. No había nadie en estos manantiales de montaña, rodeados de gruesos bosques y hojas de verano, cubiertos por la neblina de la mañana. Y a pe

