Julián.
9 meses antes.
La misma rutina de siempre. Ese maldito hospital para el que acepté trabajar sin leer las cláusulas de confidencialidad. Solo porque pagaban bien y estaba aburrido.
Era un hospital solitario, conocido únicamente por personas adineradas. Caminaba por uno de los pasillos cuando encontré a unas enfermeras sosteniendo un reporte médico, y como doctor a cargo les pregunté qué tenía la paciente.
—Tiene una fractura en el brazo, presenta lesiones en las piernas y múltiples moretones en los brazos —dijo la enfermera, pasándome el reporte médico—. Menciona que cayó por unas escaleras, pero…
—Dame su expediente completo —ordené—. Mientras tanto iré a revisarla yo mismo.
Caminé hacia la habitación. Era la más lujosa del hospital. Pensé que encontraría a una mujer ahí, pero solo me encontré con una niña… tenía la inocencia de una. Estaba llorando en silencio, mordiendo sus labios con tanta fuerza que sangraban.
Iba a entrar, pero se me adelantó un tipo mayor, más bajo que yo, cubierto de crucifijos. La chica lo miró y, en ese instante, comenzó a temblar.
—Me haces ver como el malo, Julieta —dijo acercándose a ella—. No tiembles ante tu futuro esposo.
—Joshua, por favor —dijo ella, sujetando las sábanas hasta que sus nudillos se volvieron blancos—. Si quieres mi dinero, te lo doy. Si quieres mis propiedades, las empresas de mi padre… todo lo pongo a tu nombre, pero por favor, terminemos.
Él se acercó y la sujetó del cabello, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Quiero eso que tienes entre las piernas —dijo con burla—. Esa maldita virginidad que debe ser mía.
—Prefiero morirme antes que ser tuya —respondió la chica llamada Julieta.
—No te doy permiso de eso, maldita perra —gritó, tomándola del cuello—. Casi tres años y no te has dejado ni tocar por mí. Estoy frustrado sexualmente por tu culpa.
Entré a la habitación. Llevaba una mascarilla. Le quité de encima a Joshua y me coloqué en medio como un escudo.
—Señorita, necesito hacerle unas preguntas a solas —dije en voz alta, esperando que el tipo se fuera.
Pero se quedó ahí, plantado.
—Mi novia es un poco dramática —dijo con una sonrisa burlona—. No me iré, no vaya a ser que esta puta se le ofrezca en cuanto salga. Sería vergonzoso.
—Retírese en este instante, señor —ordené—. No me obligue a llamar a seguridad.
Me le impuse, y en ese momento salió soltando maldiciones. Cerré la puerta y me dirigí a Julieta para revisar sus heridas.
—Ese tipo va a terminar matándola, señorita —le dije mientras observaba moretones sobre moretones—. Usted es bonita, joven y se ve que es una buena persona.
Julieta soltó una risa amarga.
—¿Bonita? Con todas estas marcas soy todo menos bonita —respondió sin mirarme.
Cerró los ojos y comenzó a llorar.
—Ya no puedo, doctor —confesó—. Mi madre está de su lado. Esa maldita bruja incluso participa.
Le tomé las manos y ella lloró aún más.
—¿Cuál es tu sueño? —le pregunté.
—Morir —respondió.
Mintió. Ella quería vivir, pero no en ese infierno.
Me abrazó sin querer, y en ese instante entró ese tipo desagradable.
—¿Ya terminaste de manosearla, doctorcito? —escupió—. Porque esa mujer es mía ante Dios y su familia.
Solté una risa seca.
—¿Ante Dios? —me persigné con burla—. Qué curioso… porque según la Biblia…
Joshua me fulminó con la mirada.
—No sabes nada de fe.
—Sé lo suficiente —respondí—. Sé que usas a Dios como excusa para tapar lo que eres: un viejo frustrado que se aprovecha de una mujer diez años menor que tú.
Julieta tembló.
Joshua avanzó hacia mí.
—Ella me debe obediencia.
—No —respondí firme—. Ella no te debe absolutamente nada.
Me acerqué un paso más.
—Y dime… ¿qué clase de “elegido de Dios” necesita golpear a una mujer para sentirse hombre?
Se quedó callado. Intentó llevársela a la fuerza, pero ella se negó y él se marchó
furioso.
—Ese maldito cree que soy virgen —dijo Julieta entre carcajadas—. Si supiera la verdad, me mataría por ocultarlo. Yo
Julieta Sanz Riveiro no soy virgen.
Apenas dijo su nombre, lo supe. No era una extraña. El apellido Sanz no me sería indiferente. Vi el lunar bajo su oído. Era mi hermana.
La había visto de niño: abrazada a mi padre, jugando a atrapar mariposas, vestida de princesa. Yo la envidiaba. Mientras ella era feliz, yo había sido abandonado en un orfanato por su maldita madre.
Creí que era feliz. No quise involucrarme en su vida. La odiaba por tener lo que yo quería. Pero verla así, indefensa, con un historial lleno de “caídas accidentales”, borró ese odio.
Tenía más marcas que yo, que había sido boxeador.
—¿Tu padre fue Julio Sanz? —pregunté ajustando la solución intravenosa.
—Sí, el mismo —respondió.
Julieta era mi hermana. Mi sangre.
Así que hice lo único que podía para reparar que nadie estuviera de su lado: protegerla y buscarle un guardián.
La seguí durante semanas. No pareció notarlo. Entre más la observaba, más parecidos encontraba: la curvatura de sus labios al fingir una sonrisa, su forma elegante de caminar, incluso sus dedos.
Entonces descubrí algo que me heló la sangre.
Hice una prueba de ADN. No era mi media hermana.
Era mi hermana de padre y madre.
Eso era imposible. Juré que era hija de esa mujer que me abandonó por ambición.
Pero no.
Era mi hermana completa. La única familia que tenía. Y no sé en qué momento me volví su acosador.
Un día, desde mi departamento, vi a Magnus cuidando de su hermana Seira. La abrazaba mientras veían una película triste. Magnus intimidaba a cualquiera, incluso a mí. Pero Seira nunca le temía; lo desafiaba.
Él era un buen objetivo.
Joven, atractivo, adinerado y, sobre todo, violento.
Se fijaría fácilmente en Julieta. Era el sueño de cualquier hombre, más para alguien como él, cuya madre había muerto por violencia doméstica.
Así estaría cerca siempre. Podría vigilar sin que lo notaran. Prepararía el terreno para mi venganza.
Y lo haría con lo que más le dolería a mi enemiga mortal.
La niña que crió como suya sería quien la destruiría.