Rozette y Argentine se encargaron de entretener la cena con una infinidad de canciones a cual más bonita, que recitaban a porfía. Laurette escanciaba la bebida y hacía circular la alegría con la espuma que formaba en los vasos. Hay límites para todo, incluso para la locura. El presidente se puso melancólico, Laurette le hizo salir para distraerle y se lo llevó al jardín. Una guía como aquella era muy adecuada para extraviarle. Aparentemente se perdieron y cayeron en la maleza, porque nos fijamos que el rocío había estropeado el vestido de Laurette, que no creo que hubiera salido para contemplar las estrellas. No conseguí convencer a Rozette de que viniese conmigo, ella sabía que yo le debía mi rejuvenecimiento y no quería que le devolviese su buena obra. ¡Cuánto sufre un corazón genero

