Su irritación sorprendió al magistrado, le costaba imaginar que un hombre de avanzada edad y grave de carácter perdiera de aquel modo los estribos. Le hizo ver que aquel asunto terminaría en escándalo y que ese escándalo era el peor daño. Que se trataba de acallar una aventura que, de escasa importancia en el fondo, quizá fuera convertida en otra cosa por la calumnia. En fin, que en su opinión debía hacerse lo que fuera necesario para dar conmigo, y que ya se pensaría en la forma de impedir que la damisela en cuestión volviera a verme. Este consejo era muy sensato, y el magistrado que lo daba muy esclarecido: sólo se ocupa de su deber y de prestar servicios a sus conciudadanos, entre los que él es uno de los mejores[56]. No sacó provecho mi padre de sus observaciones. El señor teniente d

