Recogimos nuestras ropas. Reparé cuanto me fue posible el desorden de su pelo, y nos despedimos. Antes de irse, me entregó una cartera, que me dijo que no abriese hasta que estuviera solo en mi casa. Te confieso que puse alguna objeción; repugnaba a mi delicadeza recibir presentes de una mujer a la que amaba; ella se dio cuenta. «Caballero», me dijo, «vuestro rechazo me mortificaría; el amor vuelve todo igual y común. Aceptándolo es como me probaréis que me amáis». No pude, pues, rechazarlo, y cogí la cartera besándole la mano, que ella sustituyó al punto por su linda boca. Vi acercarse el instante en que empezaríamos con nuestras agradables locuras otra vez; pero apareció la hermana para decirnos que era tiempo de separarnos. Se fueron. Cuando estuve en mi cuarto, quise ver lo que conte

