Estaba feliz, no solo porque había vendido casi todo, sino porque la sensación de éxito me envolvía. Caminaba de regreso junto a Damián, con el dinero en la bolsa, sintiendo una mezcla de alivio y ansiedad. Habíamos decidido continuar mañana, pero por ahora, quería disfrutar de la calma, aunque sabía que esa paz era efímera. De repente, la calma se rompió. Un tipo en motocicleta se acercó a nosotros a toda velocidad y, antes de que pudiera reaccionar, me arrancó la cartera de las manos. —¡Eh, regresa! —grité, pero ya era demasiado tarde. Damián no dudó ni un segundo. Comenzó a correr tras el tipo, al igual que yo, pero por más que lo intentamos, no logramos alcanzarlo. El ladrón zigzagueaba entre las calles, y nosotros estábamos quedándonos atrás. En ese momento, un auto frenó bruscame

