Era domingo y Damián me estaba instruyendo sobre cómo vender droga. Mi mente estaba completamente bloqueada; no sabía ni por dónde empezar, ni a quién venderle, o cómo hacerlo. La situación me parecía completamente ajena a mi vida. —Escucha, Lisa —dijo Damián con tono serio mientras se sentaba frente a mí—, tú eres mujer, eres bonita. Eso te da una ventaja, no llamas la atención de los policías. Me miró fijamente, como si sus palabras fueran una fórmula mágica para hacerme entender la situación. —Lo que tienes que hacer es sencillo. Tienes que aprender a moverte sin levantar sospechas, ofrecer lo que te pidan, y sobre todo, no te dejes intimidar. Si lo haces bien, nadie te notará. Yo sentía que mi estómago se retorcía ante la idea de involucrarme en todo eso, pero el miedo de no hacer

