Harriet, quien se hallaba justo enfrente de mí, parecía completamente hastiada. Sentada junto a su prometido, bostezaba abiertamente, evidenciando que él no le prestaba ni el más mínimo de los respetos que ella merecía. Él prefería ignorarla por completo, absorto en una charla animada con unos de los tíos de Harriet.
Después de la cena, intenté conversar un momento con Harriet, pero ella pasó la mayor parte del tiempo frente al piano, deleitando a los presentes con su exquisito talento musical.
La mayoría de los asistentes la ovacionaron, pero no todos, pues el hombre con el que ella había soñado toda su vida había desaparecido de la velada.
Por mi parte charlé la mayor parte del tiempo con Nicolás, era sin duda encantador. Él me relataba historias de su infancia feliz en el condado de Lancaster:
siempre jugaba bromas a sus hermanos y a su institutriz.
_dijo algo pensativo Si mal no recuerdo, cuatro Institutriz salieron huyendo por mis travesuras,! comentó entre risas.
_ con asombro le reproche_ Espero que haya sido reprendido por ello, le dije con un gesto serio.
_Por supuesto, cada vez que sucedía, mi padre era quien me reprendía. Me castigaba llevándome a trabajar a los establos, a fregar trastes en la cocina. Pero créame, eso no impidió que volviera a cometer una travesura, dice orgulloso.
_ Su madre debe haber sufrido mucho por su culpa, expresó con compasión.
_Él la miró con cariño. _Sí, ella sufrió mucho. Lloraba cada vez que mi padre me reprendía y me enviaba a trabajar, pues los castigos duraban días en los cuales trabajaba desde el amanecer hasta altas alturas de la noche debía comer lo mismo que los sirvientes e incluso dormir como ellos.
_ Pero usted seguía haciendo lo mismo, observó con curiosidad.
_Sí, no podía evitarlo. Era un chico muy travieso, amaba jugarle bromas a mis hermanos, excepto a Persival. A él jamás.
_¿Por qué?, preguntó intrigada.
Él se quedó pensando por un momento._ Él jamás jugó con nosotros, desde pequeño recibió una educación especial. No recuerdo que él haya jugado alguna vez, siempre estaba leyendo o mi padre lo llevaba a Londres junto con él. Persival desde su nacimiento lo han educado para ser el sucesor. Creo que por eso es así.
_¿Así como?, pregunta con interés.
_Philippa, ¿por qué ha despertado su interés en mi hermano? Me pongo celoso, dijo con una expresión seria.
Mi rostro se enrojeció. _No es..., tartamudeé nervioso._ es solo que jamás había oído mencionar a Harriet de él. Solo habla de usted y en ocasiones de su hermano.
_Él tocó su cabeza, algo aliviado. Harriet apenas conoce a Persival, se fue cuando era apenas una niña pequeña. Mi padre lo llevó a Londres para que recibiera la mejor educación y luego a Eton y Oxford. Apenas lo veíamos para Navidad.
Miré a Persival, quien charlaba con su padre y su tío. Por un momento sentí lástima por aquel niño pequeño alejado de sus hermanos.
_Debe de haber sido una infancia solitaria, expresé con pesar.
_Yo no lo sé, jamás charlamos
, me sonrió. _Pero no hablemos más de él. ¿Así que quiere aprender más matemáticas?. me dijo cambiando de tema.
Le devolví la sonrisa. _Por supuesto, me encantaría saber más, no solo sumar y restar, lo miré avergonzado.
_ Pues entonces comenzaremos con lo básico, dijo poniéndose de pie en un brinco. -¡Regreso enseguida!.
Salió como alma en pena de la habitación y todos los presentes lo siguieron con la mirada. Al poco tiempo regresó con una pequeña pizarra y unas cuantas tizas, se sentó a mi lado sonriendo.
_Comenzaremos desde ahora, dijo haciendo las ecuaciones básicas y luego enseñándome las multiplicaciones, eran sencillas y muy rápidas de aprender.
_Poppit, usted es una buena estudiante,me sonrió.
_ gracias, le sonrió avergonzada.
Así que llevamos gran parte de la velada, apenas me di cuenta de que las personas nos veían, algunos bostezaban ya cansados.
La marquesa se acercó a nosotros y con delicadeza nos pidió que termináramos con la lección de hoy, que ya era tarde y que debíamos descansar.
Así llegó la noche, y cada uno se retiró a sus aposentos. Le susurré a Harriet que iría a su habitación para ponernos al corriente, y ella asintió con la cabeza en señal de aprobación.
En la oscuridad de la noche, emprendí mi arriesgada travesía hacia el otro extremo de la mansión.
Cada paso que daba era sigiloso, y el suspenso se apoderaba de mí. Vestida únicamente con un delicado camisón de algodón blanco y descalza, mis pasos se deslizaban sin hacer el menor ruido, como si el suelo mismo conspirara a mi favor.
Cruzaba el pasillo, apenas iluminado por la tenue luz de la luna, temiendo ser descubierta deambulando en tales horas. Respiré con alivio al llegar a las afueras de la habitación de Harriet, sin haber sido descubierta.
Giré el pomo y entré, cerrando la puerta tras de mí. Para mi sorpresa, mis ojos se encontraron con la figura de Percival, sentado en una silla junto al cálido resplandor del fuego, bebiendo de una copa. Al notar mi presencia, levantó la mirada.
El tiempo pareció detenerse mientras nuestras miradas se encontraban. Mi cuerpo se congeló, aprisionado entre el miedo y la incertidumbre. Sorprendido por mi audaz incursión en su santuario privado, Percival dejó escapar un suspiro entre sorprendido e irritado, levantándose de un salto y acercándose con determinación.
Me miró de arriba abajo, respiró profundamente y, con voz gélida, me habló. _En la escuela para señoritas, ¿no le enseñaron a no irrumpir en la habitación de un hombre soltero?
_T-t-lo siento... no quise... creí que era la habitación de Harriet, balbuceé nerviosa, tartamudeando cuando estaba realmente inquieta.
No te creo, me dijo, dando un paso más hacia mí, imponente con su figura majestuosa. _¡Conozco a las de tu clase!
_ ¿Qué tipo de persona cree que soy, my lord?, lo confronté, sintiendo el fuego arder dentro de mí.
_ En la primera oportunidad, es capaz de meterte en la habitación de un hombre para asegurar un futuro próspero, afirmó, tomando un mechón de mi cabellera rojiza y acomodando detrás de mi oreja.
Ardiendo de coraje, levanté mi mano y le di una bofetada._ ¡Usted no me conoce!, exclamé, apretando los dientes para evitar gritar.
Él tocó su rostro, mirándome con furia, y dio un paso más hacia mí. Intenté abrir la puerta, pero él la volvió a cerrar con fuerza, haciendo un estruendo.
Dando un fuerte suspiro para mantener la calma, preguntó: ¿Crees que se irás sin pedir disculpas?
_No tengo por qué hacerlo_ respondí con voz altanera. Es usted quien me debe una disculpa a mí, lord.
¡Es usted quien ha irrumpido en mi habitación estando semi desnuda, golpeando mi rostro, y me dices que no tienes por qué hacerlo!, exclamó, mirando mi camisón que apenas cubría mis tobillos y mis pies descalzos.
Avergonzada por sus palabras, cubrí mi cuerpo con mis manos. _Déjame ir, le supliqué, sintiendo mi cuerpo temblar aún más.
Este negó con la cabeza, como si disfrutara verme rogar por clemencia. _Vamos, señorita Berkeley, solo discúlpese y la dejaré marchar.
Estaba a escasos centímetros de mí, su aliento rozando mi piel, su presencia envolviendo de manera intimidante. Cada inhalación compartida estaba impregnada de un aroma a alcohol y un matiz misterioso que me desconcertaba. Era una mezcla cautivadora.
_Por favor, mi lord, déjeme ir, le imploro en apenas un susurro...