Capítulo III - La Ley de Reducción

3038 Palabras
Buenos Aires, Año 2018.   Cavilaba. Nahuel Palacios cavilaba, en su departamento en Plaza de Mayo. Acostado sobre el sofá sostenía un pequeño diario con el año 2018 escrito en la tapa, donde escribía de a poco. En un momento, pausó la escritura, llenó su vaso con whisky e hizo fondo blanco. Le costó recuperarse, pero siguió con la tarea.   DIARIO DE NAHUEL PALACIOS. 15 DE JULIO.   Hace dos años, luego de semanas revisando carpetas de casos con el rótulo de Archivado, decidí tomarme un respiro y salir de la oficina del FRC (Centro Federal de Investigaciones, traducido del inglés; una dependencia secreta de la CIA, fundada gracias a un acuerdo entre Washington y Buenos Aires) para relajarme en el patio con un Marlboro. Uno de los últimos casos que había revisado, que me mantenía ocupado, tuvo lugar un año atrás: José Márquez, un empresario de la noche que, de un momento a otro, había desaparecido sin dejar rastro. Su familia estaba muy preocupada por él, sobre todo la mujer, que no podía ni lograba entender el acontecimiento. En su última declaración, Isabel Sandoval había dicho que la noche anterior a la desaparición de su marido, este había cenado con ella y sus dos hijos. Hasta hicieron el amor antes de dormir. La mañana siguiente, apenas seis horas después de consumado el acto, José Márquez no estaba más en la casa. Isabel creyó que había ido a la panadería, porque él siempre iba antes del desayuno, así que siguió durmiendo. Para cuando despertó tres horas después, Fernando, su hijo mayor, le preguntó extrañado por su padre. Trataron de contactarlo por celular, sin ningún resultado. Intentaron hasta cansarse y volver a intentar: nada. Para ese momento, Isabel ya estaba preocupada. Su marido no acostumbraba ausentarse de aquella manera, sin avisar; cuando se iba por mucho tiempo, le informaba a su mujer sobre asuntos laborales pendientes, que Isabel en verdad desconocía, porque no le interesaban demasiado esas cuestiones, pero casi siempre tenían que ver con las ganancias del pub. Si bien había ocasiones en las que los clientes no iban en cantidad y eso perjudicaba al negocio respecto de las inversiones, el dinero se juntaba rápido la siguiente jornada. Cuestión que José Márquez sigue desaparecido hasta el día de la fecha, aunque el pub continúa abierto sin haberse perjudicado las ganancias (lo que le asegura un buen pasar a la familia). Isabel aún busca a su marido, sin suerte. Y realmente me extraña aún que hubieran archivado el caso tan rápido, cuando en general siempre hay un tiempo prudencial. Y yo seguía en ello, mientras fumaba en el patio, cuando Laura se acercó. No le presté atención por estar preso de mis elucubraciones, hasta que ella me acarició el hombro con su particular dulzura, y logró captar mi atención. Nos miramos como si supiéramos lo que cada uno pensaba. Cerré los ojos unos segundos. Volví a abrirlos y vi que estaba solo en el patio. Laura se había ido. O quizá me la había imaginado, producto de extrañarla tanto al haber ella muerto hace ya unos meses, aquella madrugada, en plena ruta.   Nahuel contempló un buen rato la nota entera. Más bien el nombre «Laura» escrito por él. La sensación de tristeza lo consumió. Su futura mujer, con quien tenía planeado casarse y ser feliz y compartir una vida entera, se había marchado por culpa del condenado y maldito accidente… No. No, no, no, no, no. De ninguna manera. Si bien a veces le costaba manejar sus emociones, decidió apartar su diario, cerró los ojos y respiró hondo al menos cinco minutos. Luego de eso, volvió a abrirlos y miró el departamento. Cayó en la cuenta de que hacía más de un mes que no barría ni pasaba el trapo en el piso. En verdad, el lugar era una porquería. El viudo se dio vuelta y miró a la ventana, donde tenía los retratos de Laura. Ella había muerto hacía dos años, pero él pudo escuchar su voz, como si nunca se hubiera marchado. Intentó apartarse la sensación y continuó escribiendo.   Parado frente a la lápida de mi mujer, Laura Aguirre, mirando sin ver, ahí estaba yo. Quieto, sin siquiera respirar. No sé cuánto tiempo estuve así, hasta que me tuve que obligar a cerrar los ojos, llorosos por tenerlos sin parpadear. Me derrumbé. De verdad, me derrumbé. La vez que supe lo de Laura, yo casi trepaba las paredes tratando de adivinar en dónde se había metido. Nunca voy a olvidar esa llamada que logró sacarme de las casillas y llevarme a una completa desesperación. Era el doctor Aristóbulo Díaz, mi compañero de trabajo, avisándome lo que había ocurrido. De inmediato salté de la cama, me cambié y salí directo hacia el auto. Conduje no sé por cuánto tiempo para llegar a la escena del accidente. Salí del vehículo y corrí hacia la ambulancia, justo cuando los camilleros trasladaban el cuerpo de Laura al interior de la misma. Logré ver el momento en que trataban de salvarla, pero la muerte ganó la pulseada y se la llevó a su mundo, habitado por quién sabe qué. Caí de rodillas, en medio de la ruta, y me quedé en la misma posición en la que en ese momento estaba frente a la lápida. Fue ahí cuando sentí que una parte de mí había sido arrancada sin piedad, y que algo en mi interior se apagaba, hasta volverse todo n***o. Luego, en la investigación, pudimos saber la causa de todo: Laura había sido víctima de una sobredosis de medicamentos recetados. Se había sentido bastante mal los últimos días de su vida, por lo que sacó licencia por enfermedad. Díaz, como el médico laboral, luego de atenderla, no había llegado a una conclusión específica sobre su previo estado de salud causante de la posterior medicación. Laura, de igual forma, no hizo caso a la orden de quedarse quieta guardando reposo y salió con su auto directo a la oficina, como bien rebelde que era. La consecuencia, el choque con un camión y posterior vuelco del vehículo con ella dentro, en medio de la ruta, quitándole la poca vida que aún en ella quedaba. Porque se moría desde mucho antes. Luego del funeral, me quedé un rato en el cementerio, reino de la muerte, mientras los demás se iban y yo me quedaba. En general soy alguien callado, de pocas palabras, lo que me lleva a pasar algo desapercibido cuando me rodeo de gente que hace mucho ruido. Aclaro esto porque mientras miraba la lápida de Laura, el día de su entierro, no articulé palabra alguna. Lo mismo ahora, dos años después. Luego de haber recordado todo lo sucedido, volví a desviar la mirada y salí de aquel cementerio. Quisiera que fuera un sueño, pero es la cruda realidad. Hay noches en las que abro los ojos, una voz lejana me queda grabada en los oídos, diciéndome que despertemos. Pareciera como un shock eléctrico, alguna de esas prácticas que todavía tienen en algunas instituciones mentales. Divago, debe ser mi idea, porque me mantengo despierto y no puedo volver a dormir. Creo que debo dejar esas pastillas; puede que me licúen el cerebro y yo no lo perciba. Es curioso cómo a veces queremos dormir para alejarnos de la realidad, cuando a veces la realidad se vuelve nuestro sueño permanente y todo lo que no nos parecía posible, termina por serlo.   —Tengo que dejar de flashear —se dijo Nahuel. Cerró el diario y lo tiró en el sofá, consciente de que romperse la cabeza de tal manera lo perjudicaba, más que lo ayudaba. Bien, mucho mejor ahora, pensó al leer lo ya escrito. Pero tenía la sensación de que le faltaba algo. Pasaron unos segundos hasta que supo bien qué. Fue hasta la última página y volvió a ponerse manos a la obra.   Si alguien encuentra este diario en algún momento, quiero que vea que fui lo más sincero posible con mis palabras. Conocí a Laura a los veinte años, aunque por cuestiones ajenas nos separamos apenas nos vimos por primera vez. No voy a negar que me atrajo su mirada, con esos ojazos marrones claros, desafiantes. Fue algo que no pude olvidar con facilidad, si bien era solo una desconocida para mí. No podía sospechar que la vería quince años después, mientras me preparaba para entrar en el FRC. Creo que ella no me reconoció esa otra vez que me vio, siempre voy a tener esa duda. Que idiota, pude haberle preguntado. Mientras aplicábamos en el entrenamiento, pude ver su increíble agilidad para ciertos ejercicios de resistencia, algo que era muy superior a cualquier otro aspirante. Por más que intento, no puedo recordar con precisión cómo fue que comenzamos nuestra relación de compañeros. Es cierto que hubo un momento en el que terminamos acercándonos más de la cuenta, si bien nunca lo reconocimos ante nadie. Ni siquiera nuestro jefe, Juan Rocamora, sospechaba. Siempre fuimos cuidadosos, demasiado por las dudas. Al menos al principio. Pero, haciendo a Laura a un lado y que Dios y la Virgen me perdonen por eso, hubo una condición para trabajar en el FRC: debíamos implantarnos en cualquiera de los brazos un pequeño chip de rastreo, indetectable para la competencia. Uno de mis compañeros enfermó muy grave por usarlo, supongo que por el material del que estaba hecho (divago un poco), y por eso quise quitármelo. Nunca acudí a Díaz, por considerarlo innecesario. Supongo que mi orgullo pudo más, y acá estoy ahora lamentando parte de eso, sobre todo luego de querer quitármelo por mi cuenta y dejarme una horrible marca. Parece que hay ciertas cosas que se resisten a dejarnos.   Nahuel dejó de escribir. Sentía demasiado cansancio para continuar con la actividad, aunque la consideraba terapéutica. Ya había intentado ir a sesiones con un psicólogo, sin embargo siempre había preferido meditar, o desahogarse de otra manera. Y es que el diario lo ayudaba más de lo que pudiera pensar, y nadie sabía de la existencia del mismo, y Nahuel aprovechaba eso para dejar escrito todo lo que se le viniera a la mente. El retrato de Laura, situado a unos metros, era lo único que estaba bien conservado. Durante los años que ambos habían tenido su relación, habían dejado parte de sus vidas en varias fotos; la del retrato era la única que había logrado sobrevivir. Nahuel se levantó y la vio de cerca, dado el cariño que le tenía. Y eso le hizo recordarla, cuando una gota en la cabeza lo distrajo. Miró arriba y vio la humedad pegada en las paredes. —Puta madre. Pensó en ponerse a limpiar. Vio la hora y cambió de idea. Sería mejor hacerlo al día siguiente, quizá con el clima mucho más despejado. Sí, eso haría. Nahuel entró a la habitación, cerró la puerta y se tiró a la cama sin siquiera apartar el acolchado. Cerró los ojos y se durmió casi al instante, sin saber que alguien lo espiaba por la ventana. Alguien con el rostro oculto tras una capucha, que se deslizó rápido, como si fuera el viento mismo, y llegó a la terraza. Era alguien que sabía de Nahuel desde que había nacido, alguien que se había encargado de separar al hijo del padre por tradiciones a cumplir. Y fue entonces que ese alguien se acomodó la túnica para caminar mejor. —¿Está ahí? —preguntó una voz cercana. —Así es, mi señor —contestó el espía enviado, volteándose para ver a alguien ubicado en un extremo. El Grande, mandamás de los Shomanos, hizo presencia. El mismísimo Eleuterio Ernesto Encina, quien le había otorgado aquella tarea al nacer su hijo Nahuel, cuarenta y cinco años atrás. —Se acerca el momento —dijo entonces—. La pérdida de su mujer lo ha marcado. Debemos acercarnos a él de nuevo, ver cómo la droga vuelve a actuar. Creo que fue un error grave haberlo sacado tan pronto. Estuvo un día con nosotros. Él nos vio en la iglesia, pero parecía muy ido, no sé si estuviste ese día que le hicimos la intervención. —¿Por qué él? Pudiendo elegir a muchos con sangre universal, fue por su hijo. —¿En serio no te das cuenta? Nahuel estuvo toda su vida sin saber que yo era su padre de sangre. Si todo sucedió tal como el plan, él debe seguir ignorándolo. Y sí, soy tu líder, aunque tengo sentimientos. —Es complicado. Me gustaría poder empatizar con usted, mi señor. Creo que sabe que soy estéril. No puedo tener hijos. —No te pido imposibles. Soy yo el que tiene que lidiar con esto, no queda otra que seguir acatando las reglas. Si pudiera cambiarlas, lo habría hecho, así no tendríamos que seguir operando en la oscuridad, de manera clandestina. Estamos en 2018, la gente ya no se sorprende de nada, son todos bastante paranoicos. El Grande se puso en caminar por la terraza, con la mirada fija en Plaza de Mayo. —Por ahora está bien, no despertemos sospechas. Nahuel, hijo mío, te vamos a volver a buscar. Ramón, vámonos, todavía hay cosas que hacer. Ambos abandonaron la terraza con la rapidez de un águila, viendo la luna en lo alto del cielo, apenas cubierta por un par de nubes, mientras el viento comenzaba a pegarles en la cara y ellos se elevaban. Quien los viera desde la calle, pensaría que eran aves como tantas otras. El sol salió unas horas después. Nahuel siguió durmiendo hasta caerse de la cama y golpearse fuerte en la parte baja de la espalda. —¡Ah! Nahuel se levantó, con un «Puta que lo parió» en voz baja y una mano en la zona afectada. Salió arrastrado de la habitación y fue a la cocina a prepararse algo para tomar. Vio la hora en su celular: las doce y cuarto. Se sirvió un poco de café para despertar y un ruido en el exterior le llamó la atención. Se acercó a la ventana, taza en mano, y se puso a ver. Plaza de Mayo era de a poco ocupada por varios grupos de personas, que venían de todas las esquinas posibles. Nahuel, desde su lugar, pensó que serían manifestantes en un día normal, al notar la pinta que traían. —Payasos.            Nahuel no era del todo romántico con cuestiones de reclamos, pasaba de ellos. Pero no podía ignorar a cierta gente como la que había visto desde la ventana, armada como si fuera a enfrentarse. Las noticias eran el colmo. Lo único que era anunciado en todos los canales era el mismo tema que a Nahuel ya lo tenía harto. —En este mismo momento, se está debatiendo en el Congreso sobre la polémica Ley de Reducción, cuya aprobación llevaría a retirar gran cantidad de medicamentos a nivel país —decía el periodista, desde los estudios, cuando Nahuel prendió la televisión. Y él se preguntó para qué, como si en el estudio hubiera alguien que fuera a escucharlo. —Idiotas. —Alex, ¿cómo va todo en Plaza de Mayo? —Hola, Roberto, estamos cubriendo lo que parece ser la previa a un enfrentamiento armado. La Policía parece dispuesta a pararlos a todos. Oh, un momento, estamos recibiendo información de que en la zona de Congreso también va gente y parece que está armada. ¿Dos lugares ubicados a dos kilómetros de distancia, ocupados al mismo tiempo? Algo a Nahuel no le cerraba, ya que podrían ir directo todos a Congreso a repudiar aquella ley. Sí, claro. Nahuel siguió con su café hasta terminarlo, mientras pensaba en lo mencionado por el periodista. Recordó que había escuchado sobre el tema dos años antes, cuando todavía trabajaba en el FRC, antes de que Laura muriera en el accidente. Varios de sus compañeros hablaban de ella, siendo Brown, uno de los tantos detectives, quien destacara más al respecto. Nahuel lo recordó y se preguntó qué estaría haciendo de su vida, porque tenía entendido que habían cerrado la organización por cuestiones legales, o eso era lo que le habían dicho. Unos cuantos disparos lo hicieron sobresaltar y la taza se le cayó de la mano y se hizo añicos contra el piso. La Policía se cubría con sus escudos. Gran parte de los manifestantes asentados disparaba y tiraba piedras. Un grupo tenía los rostros bajo una remera roja y el torso al descubierto. Uniformados disparaban con balas de goma, devolviendo el favor. Los grupos de gente armada comenzaron a dispersarse y atacaron a cuanto policía o militar veían, porque sus refuerzos habían llegado demasiado pronto. Varios reporteros se habían hecho eco del asunto y mostraban todo lo que podían transmitir (entrevistar tal vez), pero era complicado, sino imposible, acercarse sin sufrir algún percance. Nahuel volvió a apartarse de la ventana, tratando de ignorarlo todo cuanto podía. No era algo que debiera llamarle la atención, ya que había sucedido varias veces el tema de algún disturbio, lo que era bastante normal para él, así que se puso a hacer ejercicio durante un buen rato, para aprovechar que tenía tiempo libre. Dos años sin trabajar en ese maldito lugar, el FRC, le habían dado otra perspectiva sobre su jefe, Juan Rocamora, al cual había culpado de la muerte de Laura por haberla mandado a aquella investigación sobre la industria farmacéutica. Nahuel supo que algo tramaban: nunca pudo saber qué era. Algo había sucedido, algo de lo que él no había formado parte, algo demasiado oscuro. Porque él sabía que era idóneo para arriesgar su vida por el bien de la gente, ya había cumplido de forma exitosa varios casos relacionados a la seguridad nacional. Rocamora había preferido otra persona, lo cual no le hubiera incomodado en absoluto si no hubiera elegido a Laura para ocupar ese lugar. Y Nahuel le daba vueltas a eso, mientras entrenaba. Lo que sirviera para mantenerlo ocupado, él lo hacía. Rocamora era culpable de la muerte de Laura, y Nahuel no había logrado hacerle pagar por eso. Para coronar, había perdido todo rastro de él. Rocamora era un fantasma, pero él estaba decidido a obligarlo a aparecer. Aún no había encontrado la manera, aunque sabía que su exjefe tenía un punto débil. Solo debería averiguar cuál.   
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR