19.La verdadera mentira

1005 Palabras
Ella volvió con su personalidad risueña y con una familia perfecta. Sofía volvió. Estaba esperándola. Paciente y ansiosa por empezar mí plan para separarla de vos. No estabas viniendo a la cabaña, imaginé que tu novia hizo mucho escándalo por tus ausencias. Esperaba que tu hermano no sea el idiota de siempre hablando de más. Hoy había una gran tormenta. Estaba lloviendo con gran fuerza y se sentía el intenso gruñido del cielo n***o con los rayos cayendo sobre Mendoza. Me pediste que fuera a la ciudad por temor que la tormenta causé daños a la cabaña. Fui a otro hotel, mucho más cómodo y elegante. Se olía a un perfume de limón en el lugar. Me dieron la llave del dormitorio 501 junto al garaje. Entré a la habitación. Tenía tonos grises y blanco. Había una cama matrimonial con muchos almohadones decorativos. Las toallas y los productos de higiene estaban sobre un mueble de madera clara. Las ventanas permanecían cerradas por recomendación del hotel ante los posibles desastres de la tormenta eléctrica. Este fenómeno ambiental era mucho más notable en las zonas aisladas, que la gran ciudad de Buenos Aires. Te escribí para que estés enterado que estaba bien. Estabas cansado y triste. Tus discusiones con Sofía eran tan graves que no podías sostener más nuestro secreto. Ya no daba para más ese tipo de relación, pusiste tus fichas en mí, aunque yo tampoco te quería como vos a mí. Lo siento, Gero, es así. Las cosas se pagan. —Perdón, Natalia. Sería mejor que vuelvas a Buenos Aires hasta que todo se calme acá. —Me necesitas aquí, Gerónimo. No podrás estar sin mí. Soy tu cable a tierra, lo sabes bien. —Las cosas van ponerse más duras, ¿Estás segura que querés seguir? —¡Obvio que sí! Estás en un momento muy difícil —te dije mientras fumaba un cigarrillo—Va a estar todo bien. Saldrás hacia adelante y te olvidarás de esto. —No lo sé. Solo pienso que soy culpable de arruinar mí confianza con Sofía. —mencionaste angustiado. —Veni a verme. Tenemos que hablar personalmente, bebé. —Quizás lo haga. Voy a ocuparme de unas cosas ahora. Luego te escribo, Nati. Hiciste lo que yo necesitaba; separarte de Sofía. Y me diste la oportunidad para seguir hacia adelante con mis planes. Querías verme sin decirlo por verte más vulnerable, algo que no era común en vos. Te querías esconder y escapar de los gritos de tu, ahora, ex prometida. Comenzó a llover de nuevo. Los relámpagos eran muy fuertes que me sobre saltaron al estar pensando en mí siguiente jugada. Encendí otro cigarrillo. Me tocaba asegurarme que vos y ella no volverían, ¿Sofía sabía que yo era la otra mujer? Quizás no. Vos le ocultarias mí identidad. Conocías los impulsos tóxicos de ella. Me quedé en el hotel mientras el clima provocaba desastres en Mendoza. Me dijiste que la cabaña sufrió las daños, cayeron rayos por ahí. Estabas aliviado que yo no estuviese allí. No soportarias perderme de nuevo y yo no podría volver con vos. También estaba agradecida. Me pagarías el hotel hasta que reparen la cabaña. En la noche, llegaste con hamburguesas y chocolate. El blanco. Porque yo no soportaba el sabor del chocolate n***o y amargo. Nos sentamos a la pequeña mesa del dormitorio. Empezamos a comer. —¿Qué le dijiste exactamente?— pregunté curiosa. —Que no viviría toda una vida con alguien que me cuestioné todo y manejé mis negocios. —respondiste mientras servias gaseosa en los vasos de plástico. —Ella piensa lo mismo. Cancelamos la boda con un acuerdo mutuo. —¿Se fue? —No, me echó de la casa. Traje mí valija y unas cosas del trabajo hasta que ella se vaya. —Eso significa que elegiste sobre ella y tu boda, ¿No? —Fue duro. Tuve que decidir de una vez. Estaba sufriendo estrés. —¿Qué vas a hacer ahora? —Tengo que seguir viéndola para cancelar todo lo que contratamos para la fiesta de bodas. —Claro, ¿Alguien más lo sabe? —No. Es otro gran problema, pero no me importa mucho. —dijiste hundiéndote de hombros—La verdad nunca pensé en casarme ni menos tener hijos, aunque Sofía me convenció. Y el amor terminó. Ahí. Ahora. Todo y nada era lo que te quedaba de esa relación, que tuve que meterme para vengarme. Y bebé, esto todavía no termina. — Creo en lo nuestro, Natalia. Me enamoré de vos, solo necesito tu palabra. —Esa mujer estuvo utilizandote todo este tiempo para llegar a tomar el control de tu vida. Será la culpable, pero no miento. Es la verdadera razón por cual no volví a Buenos Aires cuando me enteré que te pasabas.—mencione. —¿Y ahora de qué hablas, Natalia? Te miré. El entrecejo fruncido indicaba que solo viste una parte de Sofía. Te expliqué lo que sabía, lo que tu hermano me contó en el evento de beneficencia. No podías creerlo. Tu prometida era una hipócrita. Y acá todos teníamos secretos. —Geronimo, ¿Estás bien? —¿Por qué?—repetiste varias veces. Golpeaste la mesa con el puño.—No puedo pensar todo lo que ella conoce de la empresa. Y peor, se quedó en mí casa. Me incorporé. Estabas reaccionando de los nervios y las promesas de Sofía podían volverse un impulso lleno de furia. No supe lo que estabas pensando. Empezaste a respirar agitado. Tu cuerpo se estremecía de dolor y odio. Me preocupé. No sabía qué hacer con tu crisis. Siempre fuiste vos el que calmaba mis ataques de pánico. Intenté hacerlo pero temblaban como un loco a punto de reventar. —Perdón… —¡La concha de tu vieja! Llegaste y revolucionaste toda mí vida. Me apartarse del medio. Caminaste hacia la puerta y saliste, cerrando con fuerza. Sentí las lágrimas salir de mis ojos grises. Te estaba perdiendo. Te estaba jodiendo la vida. Me estaba vengando.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR