Nos quedamos encerrados. Vos estabas ocupado con tu mamá. Javier estaba acostado en la cama del dormitorio. Había algunos muebles y un armario con ropa de cuarto limpia como sábanas y toallas. Tu hermano tarareaba una canción de Pink Floyd. Era un fanático. No pensé terminar así. Todo por hacerte pagar la humillación que cansaste en mí contra durante la secundaria.
Javier colocó sus manos detrás de la cabeza. Estaba muy cómodo y tranquilo. Me daba nervios estar con él. No me daba confianza. Nunca logré entenderlo y no volví a verlo después de los dieciséis años. Me senté sobre el suelo. Te escribí para que sepas que estaba en la casa todavía. La culpa fue de Javier, por si ibas a regañar a alguno.
—Y, ¿Cómo estás, Natalia?
—Bien.
—¡Ah, bueno! ¿Así vamos a llevarnos? Creo que vos estás en una posición peligrosa, nena.—dijo con frialdad.
—Estoy enterada, Javier. Gracias—dije con fastidio. —¿Para qué viniste?
—A visitar a mí hermano. Bueno, no sabía que vos también estabas acá. —respondió, giró. Se apoyó sobre su brazo—¿Qué se siente ser la perra de alguien?
—No sé. Tendrías que decirme vos, Javier. Fuiste el perro de muchas mujeres.—repliqué rodeando los ojos. No lo soportaba. Quería irme.
Él se rió. Se sentó sobre la cama. Abrió los brazos significando la cantidad de mujeres que fueron sus amantes. Javier tenía un ego sobrante de egoísmo y vanidad, era el doble de hijo de puta que vos. Ahí tomaste tu ejemplo. Tu hermano era un maldito idiota. Pasé una mano por mí cara, estaba sofocada por el calor en la habitación y sofocada por la presencia de Javier en el mismo cuarto. Él podía irse, era la diferencia. Yo tenía que esperar que Olga se fuera para no tener problemas evitando que nuestro secreto sea revelado.
Me puse de pie, me acerqué a la ventana que daba a los Andes. Vi algunos animales comiendo césped y paseaban frente a la parte donde nos encontramos. Respiré hondo. Escuché el ruido de la cama. Javier se acercó, tocando mí brazo y deslizó su mano con suavidad causando un escalofrío en mí cuerpo. Era un mujeriego y no tenía códigos. Era un cobarde y manipulador. Giré mí cabeza, mirándolo con desprecio y sonrió, tocando mí mentón con dos dedos, observando mis rasgos. Yo provenía de familiares vascos y españoles. Todos se escaparon de la guerra mundial instalándose en Argentina. Mí mamá decía que era muy parecida a su tía abuela Agatha Flich.
—Sos muy hermosa, ¿Con esta carita te coges a mí hermano?—menciono, mordiendo su labio con excitación. Me dio asco.
Retrocedí. No soportaba más estar encerrada con este tipo. Solo pasaron diez minutos. Me sorprende que sean hermanos, compartan los mismos genes, ¡Por favor, no me vengas con nada extraño! Tomé mí bolso y salí del cuarto, dejando a Javier con la calentura entre sus piernas. Me dirigí a la salida. Tuve suerte que Olga estaba en el jardin detrás de la casa. Los escuché hablar sobre los preparativos de la boda ¡Carajos! Necesitaba apurarme.
Estar esta semana con vos no sería posible. Estábamos complicados que nos descubran, ¿O es que vos esperabas eso? No lo sé, todo una maldita mierda. Más si tenía que soportar los comentarios obscenos de tu hermano todos los días. Decidí volver a la cabaña.
Abrí y cerré la tranquera. Empecé a caminar. Estaba a tres kilómetros de la ruta donde tomaría un micro que me dejaba cerca de los cerros. El cielo estaba oscureciendo. No me daba miedo. Los sapos y los grillos entre los pastizales eran cosas que no me gustaban del campo, más allá de ello, seguí mí camino.
Lamento que nuestros planes estén frustrados por la presencia de tus parientes. Parecía una ironía para que todos se entere de nuestra aventura, ¡Ah, todavía no estabas en posición de elegir, nene! Mí plan era mostrarme muy cariñosa con vos e intentar que Sofía se enfadé desatando su furia sobre vos. Cancelando todo de una vez. Tenía que esperar que ella regresará de su viaje de trabajo para ejecutar mí misión.
Llegué a la parada del micro. Demoró una hora en venir. El viento frío me estremeció mientras estaba parada ahí, a un lado de la ruta, siendo posible que los conductores de camiones pensaran que fuese una prostituta, ¡Ah, no, bebé, jamás!
Regresé a la cabaña. Caminé entre las penumbras de la estrecha calle, rodeada de enormes árboles, eran arrayanes, como todo lo que se aproximaba al sur de Argentina. Me llamaste.
—¿Dónde carajos estás? Te fuiste a la mierda, Natalia.
—Estoy volviendo a la cabaña. Ya estoy llegando.—te respondí —Me fui porque no es posible que sepan o sospechen de nosotros dos.
—¿Y eso, por qué? ¿Qué pasa?
—Nada…¿Vos me querés, Gerónimo? ¿Estás dispuesto a separarte de Sofía y estar juntos de una vez?
—No lo sé. Ella me apoya en mis proyectos y tiene ideas muy innovadoras para los viñedos y la producción.
—Es decir, que estás casandote por una comodidad. No por amor.
—Pero, te amo a vos, también.
¡Lo dijiste! No voy a olvidarlo, mí amor. Por primera vez, me hablaste con la verdad. Y yo no estaba segura de mis sentimientos. Estaba tan enfocada en destruirte que lo único que sentía era odio.
—Seguiremos viéndonos en la cabaña, Gerónimo. Tenés que tomar una decisión; es ella o yo.