20.Todo puede ser

1134 Palabras
La cobardía es un escape de emergencia ante una situación riesgosa y letal. La codicia era la posibilidad de obtener más poder sobre una comunidad, una organización o un Estado. La ira era un sentimiento fuerte, que impulsaba a tomar reacciones violentas contra alguien o algo. La cobardía, la codicia y la ira eran características de tu hermano Javier. Sentí que sus intenciones no eran las más honestas desde que llegó a Argentina. Sus ideas eran revolucionarias y anarquistas. Él odiaba todo. Él quería todo lo que te pertenecía. La empresa, una linda novia y una casa cómoda donde descansar luego de un par de reuniones. Tampoco quería casarse ni tener hijos. No quería eso, vos tampoco. Eran tan parecidos. Él es más hipócrita, más hijo de puta y manipulador. Cuando se enteró de tu separación vino a buscarte al hotel y no te encontró. Habías salido por el tema de la cabaña. Quise evitarlo y no lo logré. Se metió en la habitación rápidamente. Cerró la puerta. Me tomó del brazo guiandome hacía la cama con brusquedad. Me estaba lastimando. Se sentó y me indicó que me acomodé a su lado. No lo hice. Me quedé lo más lejos posible de él. Nunca confíe en Javier. Era muy mala persona aunque su apariencia era de un buen chico, con ojitos de cachorro y una sonrisa encantadora; era todo lo contrario. Lo conocía bien. Tenía que darle explicaciones porque no pensaba irse sin tener mí siguiente paso hacia mí victoria total de esta venganza contra vos. —Creo que estás llevando las cosas demasiado lejos, Natalia. —Es…algo que empezó y ahora debe continuar. Todavía no terminó con los Zunz. Con Gerónimo, sobre todo. —¡Ay, nena, el lío que estás haciendo va a acabar con alguien! Puede ser que sea vos la que salga más lastimada—me dijo, rascándose la nuca y se encogió de hombros—Podes frenar ahora. Irte a Buenos Aires y comenzar de cero tu vida. Acá nadie va a seguirte. —¿De qué hablas? Parece que estás involucrado en algo que no conozco.—dije poniéndome nerviosa. —Yo te doy un consejo. Por mí experiencia, sobre todo. A veces el fuego cambia de lugar y te podes quemar. Me puse de pie. Él tenía razón. El fuego es traicionero, más que cualquier cosa en el planeta. A veces no se podía detener con mangueras y bomberos, a veces se apagaba por sí mismo. Respiré profundo, repitiendo la acción por unos cinco minutos. Javier se incorporó, se acercó y colocó un mechón de pelo detrás de mí oreja. Luego me abrazó, como alguien que siente la misma ansiedad y el miedo. No imaginaba lo que estaba ocurriendo tras la separación de Gerónimo hace una semana. Nos escondimos en el hotel mientras él tenía que sufrir los gritos de su madre y los llantos de Sofía fingiendo delante de todos. Porque no tuvieron mejor idea que hacer una reunión para informar la cancelación de la boda y la ruptura. Obviamente, todos estaban sorprendidos. Habían puesto mucho dinero en comprarles obsequios de bodas. Tu tío Clemente había pagado el salón con anticipación porque así lo requería la empresa de eventos. —Me das lástima, Natalia. Sos una nena caprichosa y ambiciosa. Eso es tierno pero tu futuro está manchado de vanidad y odio. —Basta, Javier ¡Andate! ¡Déjame en paz! —No existe nada peor que la ira y la codicia en la venganza. Un día vas a entenderlo, te arrepentirás de todo esto, que por cierto, no vale la pena poner tanto esfuerzo contra los Zunz. —diji caminando hacia la puerta y abrió —Avisale al tarado de mí hermano que vine a verlo. Tengo que hacer unos negocios y lo necesito para que firme unos papeles. No te olvides. Y cerró la puerta. Me dejó un amargo sabor en la boca. Con la cabeza maquinando las consecuencias de todos mis actos serían pagados a través del tiempo, quizás la venganza me vendría de regreso en algún futuro. Te esperé hasta las cinco de la tarde. Preparé los mates y compré unas medialunas. Seguía pensando en la charla con Javier de esta mañana. Tenía la sensación que estaba soltando todos mis demonios en un solo lugar, en vos. Perdón, otra vez. Llegaste. Me tiré sobre vos para besarte y abrazarte con una mimosa novia. Me cargaste en brazos, acostándome en la cama y te colocaste encima mío. Me sujetaste de las manos. Me miraste, me deseaste en un solo segundos. Quizás era aquello lo que necesitábamos para quitar el estrés. Me sacaste la remera, besando mí cuello con suavidad bajando por mis senos, no estaba usando sostén. Chupaste mis pezones provocandome una excitación inmediata. Nos besamos desesperadamente. Necesitábamos esto desde hacía semanas preocupados por las repercusiones en tu familia y los empleados. Algunos de éstos lo sabían, nos vieron algunas veces en la cabaña cuando los enviabas a hacer la limpieza. Toque mí pecho, firme y de abdomen plano, sin tonificar. Así me gustaba más. Besé tu cuello, mordí tu labio poniéndote caliente. Seguimos jugando. Cuando me estuviste, bajaste con besos por mí panza. Llegando al oasis de mí v****a, me sacaste los pantalones cortos y la bombacha de encaje. Comenzaste a lamer con la punta de la lengua, traías una oleada de placer. Gemi con lujuria. Tomé tu cabello guiandote hacia donde necesitaba más tu lengua. El oasis se volvió una franja de deseo carnal y de un chispazo de pasión total. Me volviste loca. Terminaste de chuparla como te gustaba o lo que te exigí que hicieras, con gemidos y pedidos calientes que salían de mí boca. Te chupe el pene con lamidas por su longitud, algo que te encantaba que hiciera desde la primera vez. Meterlo dentro de mí boca fue lo más placentero, sentir como se hinchaba con mis movimientos perfectos y escuchaba tus jadeos, tus gemidos. Vos me ponías así de lujuriosa, prendida en ardientes llamas de la pasión. Ya no éramos amantes. No sé que tipo de relación sería, pero no me importaba un cuerno. Nos cogimos toda la tarde. Dos veces. En la cama y en la ducha cuando terminamos con el primero. Yo quería otro rato más de sexo, asique me metí en la ducha con vos. No te dejé en paz. No te enojaste. Estabas de acuerdo. Salimos a cenar. En el restaurante del hotel se dedicaban a realizar diferentes comidas. Pedimos una porción de rabas para dos personas. Unas milanesas de pescado y unas papas al horno condimentadas con ají molido. Pedimos un botella de cerveza. Nos pusimos cómodos. Volvimos a tener ese brillo único entre nosotros. Supe que ahora me estaba enamorando…¡Qué irónica es la venganza, más allá del amor!
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