17. Un atardecer

835 Palabras
Nadamos. Nos besamos como adolescentes. Salimos del agua para secarnos con las toallas. Tenías todo planeado. Colocamos una manta roja sobre el suelo. Nos sentamos para tomar mates. Aunque hicieron treinta y dos grados nos gustaba tomar mates, es así. La tradición no cambia. Preparé el mate, trajiste un tuyo que me gustaba mucho. Me tenías asombrada. Una sonrisa imborrable en mí cara con todo esto. Fue muy lindo de tu parte darme esta atención. —¡Estoy muy feliz con vos!—dije, terminando de acomodar la yerba. —Este lugar es perfecto. No hay nada para compararlo. —¿Mucho más lindo que el mar y sus asquerosas playas? —¡Totalmente, bebé! Nos reímos. Te di el mate para que empezarás a cebar. Me quedé viendo el paisaje, con las montañas rodeando todo a nuestro alrededor. Los árboles eran tan añejos, que fueron los primeros en ser plantados, luego la naturaleza hizo su magia. Saqué unas fotos y las mandé a mí mamá mencionando el balneario. Iba a encantarle. Te miré y te descubrí observándome sin reparo. Me sonroje. Bebiste el primer mate como regla de la tradición. Por lo general, esto se hacía para probar la temperatura del agua, pero no todos lo sabían. —¿Entonces, vas a estudiar Derecho?—me preguntaste. —Sí, siento que tengo una oportunidad en ello. —¿Dónde vas a estudiar? —No lo sé. Aquí o en Buenos Aires. No lo decido aún.—respondi, sujetando el mate y di unos sorbos. —¿Por qué? —Es que no estás segura de nada, Nati. Me preocupa que sigas deteniendote en el camino. —¡Ah, bueno! Habló el graduado en Administración de empresas. —No me provoques, Natalia. —A ver, ¿Cuál es el punto?—dije frunciendo el ceño. Dejé el mate a un lado. —Que decidas lo que quieres de una vez. Arrugue el ceño, mordí mí labio inferior. Ahora mismo quería golpearte en la cara. Me crucé de brazos. —¡Dale, Natalia, no te enojes por esto! —No tengo paciencia cuando sos egoísta, Gerónimo. —Bueno, digo la verdad, ¿Te molesta la honestidad? —No hablemos de eso. Ninguno es sincero en esta relación.—dije con un gruñido—No podes decirle a tu prometida que estás enamorado de otra mujer ¡Es una ironía! Nos quedamos callados. Era cierto. Estabas enamorado. No ibas a admitir aquello frente de mí. No era muy difícil de notar, Gerónimo. Te sonrojaste siendo evidente que yo tenía razón. Volvimos a tomar mates. —No me animó. No quiero destruirla así.—dijiste con un suspiro—Realmente la amo. Es perfecta con sus ojos verdes y su risa…¡Mierda! Estoy enamorado de dos mujeres. —¡Mira, tu suerte! —¡Dale, Natalia! No es fácil decidirme por alguna. —¿No sos feliz conmigo? ¿Acaso soportas que Sofía cuestioné todo de vos? —Yo te quiero mucho. Me haces sentir muy cómodo ¿Pero, si soy feliz? No estoy seguro lo que signifique eso.—dijiste. Diste unos sorbos al mate.—Perdón…Quizás tengas razón. No soy honesto con mis sentimientos. No dijiste nada más. El atardecer nos obligó a volver. Montamos en el caballo, regresando a tu casa. Hablamos sobre cosas tontas, riéndonos mientras nos dirigimos al establo para dejar al caballo descansar del paseo. Nos tomamos de las manos, balanceándolas y caminamos juntos hacia la casona. Entramos por la cocina. Berta nos detuvo. —Tu mamá llegó. —dijo ella. —¡Oh, bueno! Giraste. Tus ojos me vieron indecisos. Lo entendí. Querías que me fuera. Tu madre no sabía de nosotros. No querías ser regañado delante de todos. Me hundí de hombros. Tenía que obedecerte. Fuiste a buscar a tu madre. Yo esperé unos minutos para ir al dormitorio. Guardé la ropa y los zapatos en el bolso. Imaginé que alguien iba a aparecer. Al principio, no te preocupó aunque tratándose de tu madre te daba cagazo que nos viera. Salí del dormitorio con sigilo y alguien me habló. Pegué un brinco del susto. Giré y vi a Javier saliendo del baño. Nos miramos en silencio. Él sonrió con picardía, sabiendo que vos ibas a traerme a tu casa y fue un error. Javier me tomo del brazo, guiandome hacía otro dormitorio. Cerró la puerta. —¿Qué haces? Tengo que irme —le dije. —Vos no, sino él quiere eso. —Bueno, sí. A veces me hace perder la paciencia. —Sí, Gerónimo es irritable—dijo tu hermano. Se apoyó en la puerta —Vamos a quedarnos acá un rato. Mamá vino de visitas pero no va a quedarse. Tiene un vuelo mañana para ver a sus hermanas en Buenos Aires. —¿Es decir, tengo que estar encerrada con vos? Él asintió, ¡Mierda! No quería hacerlo, aunque eso no importaba. Tu mamá no tenía que vernos juntos. Por ahora, tenía que seguir tus indicaciones.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR