16.La primera cita

994 Palabras
—¡Buenos días, señorita!— me dijo tu empleada. —Soy la amiga de Gerónimo, me invitó a almorzar. —¡Sí, sos Natalia! Pasa. Abrí la tranquera. Ella respondía a los llamados de los vecinos y visitantes, ya que vos siempre estabas ocupado, sin darte cuenta que la gente te buscaba. La mujer se presentó como Berta, nos dimos un beso como saludo en la mejilla. Me hizo pasar al salón, pidiéndome que espere que fuera a buscarte en tu estudio. Había pasado una semana desde que llegué a Mendoza. La primera vez que entré a esta casa amarilla para encontrarte y recuperarte. Hasta que todo perdió el sentido de mis deseos. Perdóname, no debí venir a Mendoza con la esperanza y la ilusión de que seas mío. Estabas por casarte con Sofía ¿Vas a cuidarme, mi amor, cuando el caos nos golpee a los dos? No lo sé, no estaba segura que las cosas podrían irse bien a la mierda. Apareciste por el pasillo. Tenías una casaca de Chicago Bulls. Ahora todos le gustaba el básquet. No entendía esa tendencia. Te acercaste con una sonrisa de oreja a oreja, me tomaste del rostro para besarme sin pena. Tu empleada mantendría el secreto. Ella te admiraba mucho, entendiendo tus razones para engañar a Sofía que se comportaba como una buena mujer, pero era hostil con tus empleados. —¿Tomamos unas cervezas frías, linda? —Claro, ¡Me estoy muriendo de sed! Fuimos a la cocina. La mesa del comedor estaba colocada para nosotros dos. Había un florero con jazmines y tulipanes amarillos. Sobre ésta, había platos de cerámica refinada y los cubiertos igual, con un brillo en la plata. Me sentí bendecida, recompensada por todo mi esfuerzo en el año, en mi vida. Hiciste sentirme tan apreciada, ¿Tanto te costó hacer esto hace cuatro años, Gerónimo? ¿Tenías que ponerme en tu contra? Te miré a los ojos. Me pediste que me siente. Blanca trajo la cerveza y los vasos fríos para disfrutar mejor la bebida. —¿Cómo están tus padres? ¿Qué sabes de ellos?—me preguntaste por primera vez. Alcé una ceja. ¿Qué mierda estaba pasando acá? Te comportabas como un caballero muy atento. La espada me atravesó de lado a lado, clavándose en la pared. Estaba arrinconada. Tragué saliva, intentando mantener la calma. —Mis papás están bien, esperando que regresé a Buenos Aires.—te respondí, al fin. Me sonrojé. —¡Ah, bien! Eso es bueno. La familia cuida a la familia, ¿verdad? Había una trampa en esta cita. Tendría que tener mucho cuidado con vos en este momento. Bebimos la cerveza, hablando sobre estudiar Derecho. Justo ahora, quería volverme defensora de los inocentes y los acusados malos. No tenía sentido. No me criticaste. Obviamente lo respetaste, lo que era adecuado. Sabías que sería capaz de terminar una carrera de leyes con mucho éxito, casi favoreciéndote por si metías la pata en algún negocio, yo podría sacarte de las celdas. Esperemos no llegar a eso, bebé. —Sí, la familia cuida a la familia. —repeti mirándote a los ojos con atención. No estabas vacilando. Estabas actuando como vos mismo. Era una cita real, no había secretos ni cuentos que creerse.—Bueno, ¿A dónde se fue tu novia? —No te preocupes por Sofía. Enfoquemos en nosotros esta semana, mi amor. —¿Y los demás? ¿Qué van a decir tus papás? —¿Eso te preocupa? No deberías tener miedo a mi familia. La conoces muy bien, Nati. La familia. Tu familia. Sabía que tu mamá, Olga, tenía un carácter fuerte que no todos manejaban con facilidad. Ella creía en el matrimonio. No soportaría que estés engañando a tu prometida con un viejo amor de secundaria. Nadie te amaba, Gerónimo. Eras ingenuo al pensar que había algo más allá del amor para vos. Bebimos la botella de cerveza, hablando sobre pasear a caballo por un sendero que bajaba al río. Eso me recordó que nunca me pediste perdón cuando me caí cerca de la cabaña. Te lo perdoné. Me molestaba que fueras egoísta, sin embargo formaba parte de tu personalidad ¡Eras un jodido hombre millonario! Eres así. Te tendría que perdonar muchas cosas, bebé. Comimos milanesas de ternera a la napolitana, una tortilla de papa y otra botella de cerveza. A la tarde, prepararon los caballos. Me presentaste a tu caballo de r**a criolla. Era un macho, de pelaje rubio y de crines oscuras, que se emocionó al verte entrar al establo. Lo acariciaste con amor, dándole unos besos en su gran hocico. Sonreí al ver al animal que respondía a tus muestras de afecto. Parecía que era el único ser que podía amarte por el buen trato que le dabas. Me ayudaste a subir a él, y luego montaste detrás de mí. Me tomaste de la cintura, empujándome hacia atrás. Me acomodaste en la silla con ese empujón, sentí tu pecho apoyarse contra mi espalda. Besaste mi cuello. —¿Estás lista, mi amor?—me preguntaste sobre el oído.—Voy a mostrarte un balneario que te encantará. —Sí, vamos. Emprendimos el recorrido a las dos de la tarde, donde el sol estaba sofocante. Teníamos suficiente agua para no deshidratarnos ni sufrir un golpe de calor. No me escuchaste cuando te pedí que teníamos que esperar un poco más, pero insististe que teníamos en aquel momento. No me explicaste nada. Yo solo te seguí. La verdad que podría seguir a todos lados cuando tenía quince años, ahora lo estoy pensando dos veces. Tomamos un sendero al costado de la casa. Los arbustos y los pastizales obstruían el camino. El caballo comía algunas hojas y seguía avanzando. Miré a mí alrededor. Era una magia que no esperaba conocer alguna vez en mi vida. Vos eras mi magia, la que me costaba muy caro. Respiré hondo, sintiendo la brisa calurosa sobre nuestros rostros transpirados.
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