No supo cómo regreso a casa.
Entre lo que le había dicho a Nagisa, y cómo vio su espalda alejándose cada vez más, había una gran bruma, quizás y cuando ya no pudo divisarlo más se adentró a la estación y tomó el tren bala nuevamente, ¿Nagisa qué había hecho?, ¿estaba en su casa?, ¿había llegado a salvo?, ¿tuvo el dinero para irse siquiera?
No sentía el derecho de hablarle para indagar al respecto, no creía que le contestara tampoco (pero era Nagisa, y siempre estaba lleno de sorpresas). Estaba realmente preocupado, su cama se sentía fría, titiritaba, sentía tanto frío. Y no sabía desde hace cuánto había comenzado a llorar.
Las lágrimas se quedaban en la almohada, que había comenzado a helarse también, ya no eran cálidas, no eran de un amor no correspondido, pero tampoco eran de una gran felicidad.
Le dolía, dolía mucho.
¿Así le dolía a Nagisa?, se odiaba, no podía evitar odiarse a sí mismo por haberle hecho pasar por una tortura así, Nagisa no se lo merecía, y su último deseo… Como le gustaría cambiarlo, a uno en que él olvidase todo lo que pasó esa noche, uno en el que ambos podrían salir juntos.
Y la imagen de sus padres, observándole por encima del hombro con desprecio y decepción terminaba por romper todas aquellas fantasías.
Y lloraba más.
La sensación le escocía en las entrañas y en su garganta, un nudo que se rehusaba a bajar por mucho que llorase, o que tragase sus lágrimas. Simplemente no desparecía.
No podía parar de odiarse por decir cosas tan crueles a la única persona que realmente le había aceptado antes que todos, no podía dejar de odiarse por haberse enamorado de esa persona y no habérselo dicho cuando era el momento apropiado, y se odiaba aún más cuando realmente quería que su último deseo se hiciera realidad.
Era un ser humano despreciable y horrible.
Justo ahora, ni siquiera quería verse a sí mismo al espejo.
La imagen deplorable que le mostraría no le haría sentir mínimamente mejor ante el daño causado a su mejor amigo, e interés romántico. Solamente le harían odiarse a sí mismo por ser tan patético.
Quiso hundirse más en la cama, más en el colchón, desaparecer entre las sábanas y que esto se llevase todo el dolor. No quería abrir los ojos.
Y no lo hizo.
Se quedó dormido, mientras las lágrimas caían una tras otras, mojando la almohada y secándose en sus mejillas. Ni siquiera el leve chirrido de la puerta le hizo despertar, así como tampoco lo hizo la suave mano que se posó sobre su frente con gran pesar.
Domingo… Y no volvió a cerrar las cortinas.
Su rostro, cuello y brazos volvían a ser del color de su cabello. Estaba tan cansado, emocionalmente, que ni siquiera quería levantarse, elevó las sábanas y se escondió entre las cobijas para no tener que abrir los ojos.
No quería hacerlo, quería seguir en la inconsciencia del sueño donde no hay nada más que oscuridad, no hay dolor, ni sufrimiento, sólo oscuridad y nada. No eres nada. No sientes nada. No hay nada.
Se sintió patético.
Pero, y por alguna razón, hubo un subidón de energía cuando sintió ganas de ver a Nagisa otra vez, era un asco, él había sido un completo idiota el día anterior y aún no podía verlo a la cara, mucho menos disculparse por lo que le había dicho, pero su estómago se revolvía de expectación con tan sólo nombrar a Nagisa.
Quería verle.
Se levantó lleno de pereza, el teléfono a su lado que ni siquiera se molestó en tomar, apenas estaba cogiendo fuerzas en sus brazos para levantarse cuando un mechón rojizo cayó a su lado.
Un largo mechón rojo.
Sobre la almohada aunque él ya estaba, por lo menos, doce centímetros sobre ésta.
Un largo mechón de pelo rojo que caía desde su cuero cabelludo hasta la puta almohada.
Gritó.
En realidad, y si lo pensaba objetivamente, no tuvo por qué haber gritado, pero lo hizo. Y sintió un tremendo dolor cuando se aventó hacía atrás para alejarse de los mechones rojos sobre almohadas (cuando éstos, obviamente, estaban pegados a su cabeza), y cayó en la parte inferior a la base de la cama.
Joder, su cadera.
Llevó sus manos atrás, instintivamente, para sobarse, pero volvió a notar aspectos diferentes en su cuerpo y en (tardísimo, por cierto) su voz, que era más, mucho más, aguda de lo que jamás había sido, sus manos eran más pequeñas, su cuerpo en general era más pequeño, excepto su cabello, que llegaba a su cintura.
¿¡Y por qué carajos tenía un pijama rosa!?
Sintió verdadero terror, terror porque, veía sus manos y no las reconocía, ni las uñas con mordidas o los finos y pequeños dedos, tampoco reconocía sus brazos, con algo de fuerza, sí, pero no cómo la que tenía el día anterior.
El día anterior…
Le dolía la cabeza, le ardía. No podía saber con claridad qué había pasado el día anterior, recordaba haberle gritado a Nagisa, pero también recuerda habérsela pasado con sus padres en una pequeña cena.
Aunque ellos estuviesen separados.
Supuso que sucedió porque querían que fuese un poco más libre, que tomara las riendas de su vida y no se quedase todo el tiempo entre las sombras de sus padres. Después de todo, ella había ingresado a la escuela secundaria Kunugigaoka por ellos.
En realidad, ella no tenía muchas aspiraciones en su vida.
¿Por qué?
- ¡¿Querida, estás bien?! escuché los gritos desde mi habitación. ¿Te golpeaste con algo?, ¿está todo bien? – preguntó su madre. ¿Su madre?, ¿estaba en casa?
- Eh, sí. ¡¡Estoy bien mamá, no te preocupes, sólo me caí de la cama!! – dijo ella en respuesta, su voz era rara, sonó muy… dulce, aguda, pero no demasiado como el grito, sino más… juvenil y femenina.
- ¿Segura?, ¡¡Si te caíste pudiste haber tenido una conmoción!! ¿quieres que suba?
- No, no, todo está bien mamá. ¡Sólo fue un accidente! –
- Bien, pero ten más cuidado Karma –
- ¡¡Sí!! –
Al menos, Karma seguía siendo su nombre.
Pero, era tan extraño.
Algo perturbador a decir verdad, porque ella casi no recordaba nada más que su vida como un chico. Y unos trazos, vagos, parecidos a una película que vio hace mucho tiempo de la que sólo recuerda ciertas escenas.
Como cuando fue al psicólogo por problemas de ira y le fue tan mal por un pésimo tratamiento que la hizo recluirse en sí misma. Seguía sin poder controlarse, a veces, pero no eran ataques, era más bien como si todas sus emociones saliesen a flote en los momentos menos indicados: como realmente enojarse en una discusión al punto de llorar mientras golpea a la otra persona.
Pero aquello era la explosión de las emociones que ha mantenido encerradas durante mucho, muchísimo tiempo.
Recuerda, además, a Nagisa.
Una chica de cabello azul que estaba en su misma clase, muy sociable, de inteligencia promedio, pero que se esforzaba al máximo en sus calificaciones, una chica muy amada.
Una chica resplandeciente.
Recordaba observarla de soslayo entre clases, salirse de las mismas por un breve periodo de tiempo para regresar con aún más pereza.
En sí, muchos aspectos habían cambiado de sí mismo.
Como, era menos sociable, antes no lo hacía porque las personas simplemente no captaban su humor, o no quería hacerse amigo de las personas, pero ella simplemente temía hacer amigos.
No era tan carismático como antes, en realidad ella ni siquiera hablaba mucho, y de no ser por sus calificaciones, sería prácticamente invisible.
Por supuesto, aún peleaba, poco, pero lo hacía, y sus calificaciones no habían cambiado tanto. Seguía siendo el primero.
No destacaba por mucho más que su cabello, y ocultaba sus ojos tras unas gafas ciertamente incomodísimas, el tiempo que no pasaba peleando o jugando vídeo juegos se lo había gastado viendo novelas, anime y películas, además de leer romance juvenil (era una chica de catorce años, casi quince, sin algún amigo).
Aunque sus gustos eran vagamente similares, no entendía el hecho de que se pasase horas frente al espejo tratando de arreglar su cabello, o tratar de pasar inadvertida a pesar del llamativo color de éste.
Tampoco entendía cómo Nagisa había cambiado tanto.
Quería acercarse a él, ella… Y si lo pensaba bien, ese domingo… ¿qué día era?
Según sus recuerdos, masculinos, fue ese día cuando se conocieron, ¿no? Cuando le habló por primera vez gracias a Sonic Ninja.
¡Debía correr! Quizás y fuese parte del futuro, quizás y se encontrarían en la tienda de revistas y por alguna casualidad, coincidencia o destino finalmente serían amigas.
No podía desaprovechar la oportunidad.
Y ahora sí que entendió esa extraña tendencia de verse al espejo.
Personalmente, como chico, pensó que se veía bien con todo lo que se había puesto anteriormente, porque él tenía cierto estilo al elegir sus prendas, pero suponía que, y después de todo, era algo mucho más difícil siendo mujer, ya que terminaba aterrada ante los conjuntos que mostraban mucha piel o simplemente que la hacían destacar.
La falda negra y la sudadera blanca fue la última a la que le dio una oportunidad, pues ya se le había hecho tarde, no quería tardar más de lo que debía en elegir… ropa.
Afortunadamente, y con unas zapatillas deportivas blancas, pudo salir a gusto. Llegando a la entrada principal del pequeño apartamento (otra cosa bastante extraña para él, puesto que anteriormente sus padres tenían una gran casa propia) se puso un gorro n***o para tratar de ocultar, al menos, una parte de su cabello rojizo, las gafas ya estaban en su rostro y tenía una pequeña mochila en la cual llevaba lo necesario (e innecesario, sus impulsos femeninos le hicieron llevar curitas, pese a que nunca antes se había lastimado, y toallas femeninas, de las cuales no quería recordar absolutamente nada), recordó despedirse de su madre, tampoco estaba acostumbrado a eso, sus padres jamás estuvieron mucho en casa.
- ¡Mamá, voy a salir! – avisó, su madre apenas sacaba la cabeza de la cocina cuando ella ya había abierto la puerta.
- ¿Karma?, ¿a dónde vas? – preguntó la mujer, que no estaba acostumbrada a ver a su hija salir… en cualquier momento.
- Voy por ahí, recordé que hoy salía una revista de Sonic Ninja – dijo con una sonrisa nerviosa – te veo más tarde mamá –
Salió sin escuchar el resto de las advertencias que su madre quería decirle. Pero la mujer tampoco pudo decir más, estaba mortalmente atónita ante la iniciativa propia de su hija para salir, y no pedirlo por internet como lo hacía antes.
Horas después, ella iría por el correo y se daría cuenta que, en realidad, la revista que supuestamente su hija había ido a comprar, la habían enviado por Ama***.