ANA. Siempre en la vida, algunas sorpresas son más gratas que otras, personalmente no me gustan porque si algo sale mal o no es de mi agrado, no se como voy a reaccionar. No era muy tarde, el día en que llegó Katerina, pero estaba anocheciendo, se me hizo extraño y me asuste, porque absolutamente nadie había vendio hasta el momento, con la excepción del chico de seguridad que cada 3 horas venía y hacía un barrido del lugar, era joven pero amable. Además cada vez que venía traía consigo el mejor pan de chocolate para mi. Cuando la puerta se abrió y me dejo ver a Katerina junto con la pequeña Isabella en sus brazos, me lancé como loca y la abracé. —¿Qué haces aquí? Sucedió algo verdad —termino de secar las lágrimas de alegría que rodaron por mis mejillas. —No, para nada —Katerina arr

