Era la mejor noche de su vida. No había otra forma de definirla. Ella aceptando su rol de sumisa para él, permitiéndole tomar control de su cuerpo y de su placer. Y vaya si lo estaba haciendo. Verla correrse, atada y sin poder hablar había puesto su virilidad como el acero, pero en verdad cada toque, cada caricia, cada beso lo estimulaba. Kaleb adoraba las oportunidades sensoriales que el bondage lograba. Que Casie hubiera aceptado la cruz, la mordaza, el tapón anal… Un jodido subidón. No pudo evitar azotar ese culo maravilloso con sonoras palmadas y ella gimió. Sus ruiditos y el adorable rojo en sus nalgas, que acarició y estimuló, fueron directos a su cerebro y a su m*****o. Su escroto estallaba y si no aliviaba la tensión que estaba sintiendo, se correría vergonzosamente. Le acababa d

