La turba enardecida.

1734 Palabras

XVIII No daba crédito a lo que estaba escuchando: me encontraba en medio de un conflicto que ponía en riesgo mi vida y yo ni siquiera era consciente de ello. Tal vez a esto era a lo que se había referido Elizabeth la noche anterior. Ella e Isai habían llegado desde Jerusalén, seguramente con la notica de la muerte de Esteban y con la advertencia sobre la inminente persecución que se podría desatar sobre nosotros. Nuestra permanencia en la ciudad ya no era segura. Pensar en todo esto me lleno de un pánico que de momento debía reservarme. ― ¿Usted es Fariseo cierto? ―le pregunte un poco desconcertado a causa de la discordancia entre sus palabras y sus acciones. ­ ― Si, discípulo del mismísimo Gamaliel ―el sujeto me respondió sin intentar disimular el orgullo presente en sus palabras­­­­­.

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