El silencio posterior tenía una textura distinta. No era incómodo ni pesado. Era ese silencio en que las respiraciones se buscan, en que el corazón aún late con la urgencia de lo que acaba de suceder, pero el alma… empieza a calmarse. La luna se filtraba entre las cortinas de lino, derramando su luz sobre las sábanas desordenadas. Altea permanecía recostada, con la mirada perdida en el techo, el cabello extendido sobre la almohada. Leander estaba junto a ella, apoyado sobre un codo, observándola con una serenidad que no recordaba haber sentido jamás. Durante un instante, ninguno habló. Hasta que él, casi en un susurro, rompió el silencio. —A veces… pienso que esta paz no debería existir —dijo, con voz baja, como si temiera romperla—. Que no es justa, que no puede ser real después de tod

