SEÑALES

816 Palabras

El amanecer llegó lento, con esa claridad tibia que apenas se atreve a tocar los muros del palacio. Ceviel despertaba entre campanadas distantes y murmullos de sirvientes, pero en los aposentos reales reinaba un silencio distinto. Leander abrió los ojos antes que el sol terminara de alzarse. Altea dormía aún, su respiración calma, su cuerpo cubierto por la sábana que se deslizaba como una caricia sobre la piel. Por un instante, él no quiso moverse. No quiso que el día los reclamara. Sin embargo, el deber no se detiene. Se vistió en silencio, lanzó una última mirada a la mujer que ahora ocupaba cada pensamiento, y salió del cuarto justo cuando los primeros pasos de los sirvientes resonaban en el pasillo. Cuando Altea bajó al comedor principal, ya todos estaban allí. El salón era amplio,

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