EL MIEDO QUE NO SE DICE

1232 Palabras

La noche había avanzado en silencio, como si el palacio mismo contuviera la respiración. El único sonido que se escuchaba en los aposentos de Altea era el leve crepitar de la lámpara solitaria, que proyectaba sombras largas y sinuosas sobre los muros. Ella estaba sentada al borde de la cama, las manos entrelazadas sobre su regazo, con los dedos tensos como si tratara de anclar su ansiedad en algo concreto. Su mirada estaba fija en un punto indefinido del suelo, perdida entre pensamientos que no lograba ordenar. El aire en la habitación estaba denso, cargado de una inquietud que no podía disimular. El peso de las decisiones aún por tomar la rodeaba como un manto invisible. No era solo el miedo al futuro, sino a la posibilidad de perder lo que apenas comenzaba a ser suyo. Altea no escuchó

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