Una semana después, el mundo parecía haberse aquietado. No porque las miradas hubieran desaparecido ni porque la presión hubiese cedido, sino porque el tiempo, en su avance inevitable, había empujado a Altea y Leander hacia un nuevo escenario. Uno distinto. Lejano. Ajeno a los pasillos que los habían visto contenerse. El viaje comenzó al amanecer. Las murallas de Ceviel quedaron atrás envueltas en una neblina suave, y con ellas, por primera vez desde su unión, también quedaron los ojos constantes de sus padres. No había emperadores acompañándolos. No había consejos ni advertencias susurradas. Solo ellos, una pequeña comitiva y el camino extendiéndose hacia el este. El Imperio de Eryndor —antiguo aliado, cuidadoso observador— los había invitado a celebrar la paz con una fiesta solemne,

