El amanecer encontró a Ceviel envuelto en una quietud engañosa, de esas que no anuncian paz sino contención. El palacio aún dormía, pero bajo sus muros de piedra algo permanecía despierto, latiendo con una urgencia silenciosa. Las primeras luces del día apenas rozaban las torres cuando Leander abrió los ojos en sus aposentos. No había dormido mal. Había dormido incompleto. Su cuerpo había descansado, sí, pero su mente —y algo más profundo que la mente— había permanecido despierta toda la noche, volviendo una y otra vez al mismo nombre, a la misma imagen, al mismo recuerdo tibio que no lo soltaba. Altea. No necesitó pensar demasiado. No hubo deliberación ni duda. No fue una decisión. Simplemente ocurrió. Se incorporó con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper ese

