Capítulo 1
El humo era abrumador. El calor y las llamas devoraban todo a su paso. Las ventanas estaban cerradas, al igual que las puertas. No había escapatoria de aquella casa en lumbre. La madera que ardía era antigua, las llamas consumían cada pequeño rincón. El sonido atronador del fuego era tan diferente al que la mayoría de personas están acostumbradas. Las chispas saltaban con inmensa fuerza, el humo que se extendía era cegador y causaba dolor. Mucho dolor. Sobre todo, en las temblorosas manos de una niña. Su belleza era tanta que el fuego parecía querer rendirse ante ella, pero era tal la magnitud de aquel terrible incendio que ni sus hermosos ojos azules, increíblemente bellos y espléndidos, eran capaces de parar aquella hecatombe.
Sus mejillas estaban bañadas en océanos de agua salada, su respiración entrecortada y su pequeño cuerpo en mitad de ansiosas llamaradas de fuego, deseando envolver a la niña en un eterno luto de dolor y pena. Escuchaba voces lejanas, la llamaban. Sin embargo, su visión estaba totalmente nublada y únicamente distinguía dos siluetas negras, una mujer y un hombre. La pequeña quiso llamarlos, pero una mano tapaba sus labios. Y por mucho que luchara, aquella mano era demasiado férrea, muy tenaz.
De pronto, la niña sintió como una viga caía sobre su pequeño cuerpo y este contactaba inminentemente con el suelo prendido en llamas.
—¡Despierta, mi amor! ¡No cierres los ojos! ¡Escucha mi voz!
La niña no podía moverse, estaba amarrada al fuego que la mantenía cautiva.
Sus ojos no hacían más que derramar lágrimas, agua salada caía como una imponente cascada al borde de la montaña más alta.
—¡Mamá! ¡Papá! —Chilló la niña.
La mano que tapaba sus labios se desprendió muy lentamente. Fue entonces cuando la niña volvió a pedir auxilio.
—¡Estoy aquí, por favor! ¡Mamá! ¡Papá!
No recibió respuesta.
De nuevo, la mano invisible volvió a posarse sobre sus labios y la hizo callar.
Las mejillas de la niña estaban bañadas en lágrimas, cada una más pesada que la anterior. Aquel pobre ángel, sin hacer caso a los gritos de una voz lejana, se dio por vencido y cerró los ojos.
Ivana ahogó un grito y alzó su espalda sudorosa de la cama, colocó sus pequeñas manos sobre su acelerado corazón y sintió como varias lagrimas corrían velozmente por sus rosadas mejillas.
El fuego se había ido, aunque el peligro, por mucho que no pudiese ser visto ni percibido, seguía merodeando a su alrededor. La niña que soñaba noche tras noche con la misma pesadilla, hizo lo de siempre. Se desvaneció entre las suaves sábanas de franela y alargó sus brazos para atrapar a una muñeca en concreto. Era antigua, muy antigua a decir verdad. Había pertenecido a su difunta madre, quien había cogido la muñeca como herencia de su abuela, de generación en generación. Pero esta vez, la muñeca no fue entregada formalmente. Aquella mujer que había muerto en el incendio del que Ivana no podía dejar de soñar, el mismo incendio que también le arrebató a su padre, falleció antes de contarle la historia sobre aquella muñeca. Todo parecía en calma bajo las sábanas, abrazando a la muñeca y mirando la resplandeciente luna que se veía tras el cristal de la ventana. Lentamente, la pequeña salió de su escondite y en vez de caminar hacia la ventana para intentar relajarse, cogió la muñeca entre sus brazos y corrió por los pasillos de aquella majestuosa mansión.
Sus pies descalzos no hacían ruido, su respiración tampoco. Por muy asustada que estuviese, la niña intentaba mantenerse tranquila, aquello era lo que debía hacer. Llevaba años acudiendo a un psicólogo, el más prestigioso de la ciudad de Milán. Y este, sesión tras sesión, intentaba que la niña olvidase aquel incendio, pero Ivana se negaba. Por muy doloroso que fuese, no quería olvidar el único recuerdo que poseía de sus padres. Sin embargo, el tratamiento del Doctor Messina comenzaba a dar sus frutos e Ivana solamente distinguía dos siluetas a las que hacía meses que no podía ver el rostro. Eran simples espectros que se comunicaban con ella a través del fuego, y no podía verlos ni tocarlos. Eso le dolía más que cualquier humareda que pudiese arrastrarla a un profundo abismo.
Al final, después de recorrer un largo pasillo y bajar las escaleras en plena oscuridad, la niña se escondió tras una puerta entreabierta. Dos personas mantenían una conversación, sin embargo Ivana solamente reconocía una de las voces.
—Esta vez, será la definitiva. Voy a irme del país en cuestión de horas, mis hombres lo están preparando todo. Solamente he venido para despedirme.
—¿Cuál es el motivo?
—El de siempre, querida. La policía está muy cerca de encontrarme.
La niña escuchó la risa irónica de la mujer.
—¿De verdad piensas que soy tan necia cómo para creerte? Los dos sabemos que llevas huyendo de la justicia toda tu vida, estás en el número uno de los más buscados. La policía italiana no puede encontrarte.
—Ellos no, pero los federales estadounidenses pueden hacerlo.
—Tal vez juntando fuerzas, te hagan vivir con más presión de la habitual —Dijo la mujer—. No obstante, ambos somos conocedores de tus habilidades. No van a dar contigo acaso que tú quieras que te encuentren. Ni la policía estatal o la fuerza armada, ni el mismísimo ejército de Italia o de los Estados Unidos te capturará.
—Yo no estoy tan seguro de eso, mi vieja amiga. Últimamente, no dejo de darle vueltas a la cabeza y de aceptar que por una razón u otra, sigo vivo. Y he de aprovechar cada segundo. Debo irme del país, no puedo cometer ni un solo error, al menos hasta que los federales se den cuenta que atraparme es imposible y regresen a sus respectivas tareas. Mientras tanto, cuida de ella. Por favor, prométeme que la mantendrás a salvo.
—Te lo prometo, querido. Ve en plena tranquilidad, ella estará bien.
Al mismo tiempo que la niña estornudaba tras la puerta, aquel hombre desapareció e Ivana solamente pudo observar como una silueta, que intuía haberla visto antes, se desvanecía entre las sombras.
La niña se quedó asombrada.
Una mujer de gran altura y esbelta silueta se giró hacia la niña y frunció el ceño, tenía los brazos en cruz y sujetaba un vaso de cristal con un líquido dorado. Otro vaso reposaba encima del piano n***o de cola que adornaba el majestuoso salón de aquella grandiosa mansión.
—¿Quién era ese hombre? —Quiso saber la niña, abrazando a su muñeca.
—Un viejo amigo.
—¿Qué hacía en casa? ¿Por qué se ha ido?
—Ha venido a despedirse de mí, debe marcharse del país y temo que no volveremos a vernos en mucho tiempo. Si piensas que se ha ido por tu culpa, nada más lejos de la realidad, mi amigo es una persona bastante tímida, por eso se ha ido nada más escucharte. Habrá salido por la puerta trasera, él ya sabe que es libre para caminar por esta casa a su antojo.
La niña asintió con educación y selló sus labios, era de muy pocas palabras.
—¿Qué haces despierta, cielo? —Preguntó la mujer, sobrellevando aquella situación con naturalidad.
—He vuelto a soñar con aquella noche —Confesó una jovencísima Ivana.
Por aquel entonces, Ivana D'Angelo tenía diez años recién cumplidos. Hacía poco más de dos inviernos que vivía en una enorme mansión en el centro de Milán, con vistas a toda la hermosa ciudad. La niña amaba el invierno, sobre todo cuando nevaba y el jardín se teñía de blanco.
Tras fallecer sus padres en aquel terrible incendio, la joven fue a parar a manos de una vieja amiga de la pareja; Gabriella D'Angelo, de quien había cogido el apellido tras ser adoptada por ella. Aún era una señorita, pues Gabriella estaba soltera y así deseaba estarlo hasta su muerte. Ivana se moría de curiosidad por preguntarle sobre su vida, era una mujer hermosa e infinitamente interesante, pero la niña era bastante reservada y extremadamente cuidadosa con sus palabras.
—Oh, mi preciosa niña. ¿Qué puedo hacer para disminuir tu dolor? ¿Las sesiones con el Doctor Messina no funcionan?
—Las sesiones funcionan —Murmuró la pequeña—. Pero he dejado de ver el rostro de mis padres. Ya no puedo verlos y no quiero olvidarme de ellos.
—Para poder dejar de tener esas horribles pesadillas, debes olvidarte de esa noche. Lo siento muchísimo, Ivana.
—No puedo hacerlo —Confesó la niña de largo cabello rubio y mirada perdida—. Solo quiero olvidarme del fuego, de la madera cayendo sobre mi cuerpo y de mis gritos. Pero no quiero olvidar a mis padres, no quiero crecer y no poder recordarles.
—Mi amor, mi amor. No llores —Susurró la mujer, abrazando a la niña en mitad del salón—. Se que el único recuerdo que tienes de ellos, lamentablemente, es de esa noche. Pero debes olvidarla para poder seguir con tu vida. Aunque ya no reconozcas sus rostros, siempre permanecerán en tu corazón.
Los ojos azules de la niña derramaron un par de lágrimas que fueron limpiadas por las manos de Gabriella. Ella también sentía un profundo abismo en el corazón, pero debía mantenerlo en secreto, por la seguridad de ambas.
—Tengo una idea, hace una noche espléndida —Murmuró la mujer—. ¿Vamos a ver las estrellas? El cielo está despejado, tal y como a ti te gusta.
La mujer cogió la mano de la niña y juntas salieron al jardín. Las palabras de Gabriella eran ciertas, la noche estaba completamente limpia y las esferas luminosas brillaban con gran esplendor. Se sentaron en el césped y Gabriella arropó a la niña con sus brazos, besó su mejilla y la acarició en un intento de borrar el dolor del que la pequeña Ivana era presa.
Una niña tan inocente, hermosa y sagaz, lloraba cada noche por la misma pesadilla de siempre, y por el día, se sumergía en sus centenares de libros. Ya fuesen novelas, biografías o poesía. Apenas se relacionaba con unas pocas amigas de clase, no le interesaba destacar o caer bien. Ivana ansiaba leer a todas horas. La niña había construido su propia fortaleza a base de libros, de historias inacabadas y cuentos inconclusos. Amaba leer, tanto como amaba pintar en su libreta lo que se imaginaba de aquellas fascinantes historias. Y también le gustaba bailar, dibujar y cantar. Era una niña tan artística que Gabriella no tenía ninguna duda en que el nombre de Ivana D'Angelo se haría conocido por todos y todas.
Mientras más libros se lean, más lejos de la realidad se sentirán aquellos que desean escapar de lo que les rodea.
—Cuéntame la historia de cómo se conocieron —Rogó la niña.
—La has escuchado miles de veces.
—Otra vez, por favor. Me gusta escucharte hablar sobre mis padres, me ayuda a dormir. A veces sueño con mi madre, estamos juntas en un jardín parecido a este. Hablamos y reímos, pero al despertar nunca logro acordarme de su rostro.
Gabriella selló sus labios y cogió una fuerte bocanada de aire fresco, las lágrimas amenazaban con salir. En todo caso, la mujer de cabello rubio abrazó por detrás el pequeño cuerpo de la niña y comenzó a hablarle de su madre a la vez que peinaba el sedoso cabello de Ivana. La niña se dejó caer sobre el pecho de la mujer que la había acogido con tanto cariño y cerró los ojos, escuchando atentamente la dulce voz de Gabriella D'Angelo.
—Tu madre era una mujer preciosa. Su nombre, no te lo puedo decir. El de tu padre, me temo que tampoco. Siento mucho tener que ocultarte la verdad. Pero es lo que me pidieron que hiciera antes incluso de entregarte a mí. Fue una promesa.
—¿Por qué no puedes hablarme de ellos?
—Son cosas que jamás entenderías, incluso una niña tan inteligente como tú —Gabriella sonrió a la belleza de la noche—. Como ya te he dicho miles de veces, tu madre era preciosa. Y tu padre, un pobre diablo que robaba para subsistir. El suyo fue amor a primera vista. Como me pasó contigo la primera vez que te vi, supe que te querría para siempre.
La niña sonrió y se acostó sobre el pecho de Gabriella, quien luchaba contra sí misma en el esplendor del silencio.
—Tus padres se amaban con tanta fuerza, que las amenazas de la familia de ella ni siquiera rozaron la burbuja en la que vivían su épica historia de amor. Aquella burbuja rebosaba felicidad y alegría. Así que huyeron muy lejos del dolor, fueron a donde nadie pudiera molestarlos. Meses más tarde, naciste tú. Y durante siete hermosos años, te vieron crecer y te criaron en un ambiente de felicidad. Eras muy feliz, Ivana. Los tres erais una familia feliz.
Un nudo interrumpió las palabras de Gabriella. Dejó de hablar, la niña se había dormido entre sus brazos. Aun así, siguió relatando aquella historia.
—Pero en esta vida, la felicidad no es más que el comienzo de una eternidad llena de dolor. Fue entonces cuando ocurrió aquel incendio que aguarda miles de secretos que tú, mi pequeña princesa, descubrirás a medida que te hagas mayor. Vas a ser una mujer grandiosa, Ivana. Noble, honrada y leal. Vivirás para brindar felicidad y estos años tan tormentosos y dolorosos, pasarán al olvido. Te prometo cielo, que serás una mujer feliz. Y todo lo que estás pasando, cada una de tus dolorosas cicatrices, sanarán tarde o temprano. Te lo prometo, cielo.
Tras sus sabias palabras, Gabriella besó la cabeza de la niña y se quedó observando las estrellas un rato más, hasta que el frío comenzó a incrementar y volvió dentro para acostar a Ivana en la cama, darla un beso de buenas noches y prometer cuidarla hasta el fin de sus días.
Mientras tanto, el mismo hombre que había huido nada más escuchar aquel inocente y enternecedor estornudo, siguió observando el lugar en el que Gabriella e Ivana habían estado sentadas un rato largo, observando las hermosas estrellas del cielo.
A él también le gustaban las estrellas.
Aquel hombre cogió una fuerte bocanada de aire y pestañeó repetidas veces para retirar el agua cristalina que amenazaba con salir. No lloró, claro que no. Aquel hombre llevaba años sin llorar, había derramado demasiadas lágrimas en vano hacía muchos años. Ni sentía ni padecía, había dejado de tener corazón. Ventajas de estar solo.
—Señor, es hora de partir al aeropuerto. El avión está listo —Dijo uno de sus hombres.
—¿A dónde nos dirigimos?
—Partimos a Boston, Massachusetts, al lugar donde usted ordenó. El avión podría despegar en menos de un hora si así lo desea. Aunque podemos retrasarlo un par de horas.
—No hace falta —Se apresuró a decir el hombre—. Solo he pasado por aquí para despedirme de una vieja amiga. Es hora de abandonar Italia y dirigirse a Estados Unidos, veremos de que son capaces los federales norteamericanos para capturarme. Pondremos a prueba su paciencia.
—Deberemos tener cuidado, mucho más de lo habitual. Su rostro circula por todas las comisarías del país.
—Será un viaje arriesgado —Dijo el hombre, estrechando las manos tras su espalda—. Pero si algo hemos aprendido de todos estos años es a sobrevivir. Me encanta el riesgo, siempre lleva a historias de gran interés. Y ya sabes que adoro las historias.
—Es usted el quinto en la lista de delincuentes más buscados del Gobierno federal de los Estados Unidos de América.
—Oh, los estadounidenses me subestiman. Y en cierta parte, me ofende que tan solo sea el quinto —El desconocido dibujó una sonrisa en sus finos labios—. Me reconforta saber que en un par de días, seré el primero de todas sus listas. El Buró Federal de Investigaciones, la Agencia Central de Inteligencia, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Cualquier fuerza estadounidense centrará todas sus atenciones en mí. Seré la distracción perfecta para protegerla.
—¿Habla de ella, verdad? —Inquirió su hombre de confianza.
Una finísima capa cristalina bordeó los ojos claros del hombre. Apretó la mandíbula y asintió, mirando por última vez el lugar donde la niña se había quedado dormida.
—Vayamos al aeropuerto, es hora de dar comienzo a una nueva historia.
Su hombre de confianza abrió la puerta trasera y el desconocido, antes de ingresar, colocó un elegante sombrero sobre su cabeza y advirtió por última vez aquella mansión, en especial una habitación. Tuvo que mirar al suelo para no caer en la tentación y cerró de un portazo.
Estados Unidos era el destino del quinto delincuente más buscado por sus federales y por muchos otros estados.
«¿Quién era ese hombre y qué hacía hablando con Gabriella a tan altas horas de la noche?»
Aquella fue una pregunta que Ivana se hizo muchas veces, pero tal y como los recuerdos del incendio se esfumaron, aquella pregunta sufrió el mismo destino.
La niña se olvidó de aquel hombre.
Sin embargo, él jamás se olvidó de ella.