Prólogo
Amor, pasión, sueños... Es increíble que
algo tan normal venga de un mismo sitio,
sí, estoy hablando de aquel pedacito que
cada uno de nosotros alberga en su interior, el corazón. Un órgano tan competente e importante que envía sangre a todo nuestro cuerpo dándonos la oportunidad de vivir, respirar e incluso amar.
Es como si la pasión se tiñera de rojo
escarlata.
Sin embargo todo este tiempo había vivido engañada por ese pensamiento, creyendo que todo se producía en el interior cuando, en realidad los sueños, pasión y amor vienen de otro lado; el cerebro. Y estoy decidida a probarlo, que el corazón es solo una parte importante de nuestro cuerpo, pero que no puede decidir por nosotros.
No decidirá por mí.
No te escucharé aunque me tortures.
A mis tres años de edad perdí a mi padre,
me permitía tomar su mano cubierta por un guante de plástico. Tengo escasos recuerdos de esos momentos fugaces. No pasó mucho tiempo en que una mujer bondadosa proveniente de París me adoptó.
Tuve largos años de amor, siendo consentida por aquella dulce mujer a la qué llame madre, ¿un remplazo de la qué perdí? No lo creo. Mi niñez se adorno de amor, pasión y sueños, sueños que a la edad de una niña son solo ilusiones, ilusiones inocentes y puras.
No lo malinterpreten, no soy una
marginada. Hasta me da risa oír esa
palabra.
Pero cuando sientes que tú corazón ya
eligió por ti, te conviertes en mí.
Vivir engañada por las películas y las
escenas románticas, extendiendo las manos hacia la pantalla con la idea de sentir el calor de un hombre, y que al final te sonrojes por tal estupidez. Que te manden a una escuela para mujeres para que los hombres no jueguen con tu piel frágil a su tacto.
Solo una niña sentada en frente de una
pantalla viendo aquello que solo cosquilleó su estómago en las escenas de besos. Pero creces y creces, y vas comprendiendo mucho mejor que hay muchas manera de acelerar tu corazón, que no necesitas de un hombre para ello.
Los estudios.
Debería sentirme avergonzada... no, no
me avergüenza el no haber seguido la
universidad. Con las citas al doctor y una
mente entregada a la monotonía, no me
quedaba más que entregarme a los hobbys.
Siendo sincera, no me gusta estudiar, por
eso me dediqué a la ilustración digital y una rutina diaria de ejercicios; Corriendo todas las mañanas—a pedido de mi doctora, tratando de que mi corazón se mantuviera al margen de la vida—.
Suspirando cada vez que me sentaba en la camilla, extendiendo el brazo para que las agujas traspasaran la achacosa piel que portaba y bebieran de mi endeble amor, mí sangre. Cerré los ojos una
y otra vez cuándo veía a aquellas personas que lograban cumplir sus sueños con tanta pasión.
Aceptar que estarás sola por el resto
de tu vida. A muchos no les molesta
pero... ¿Y si tú no tienes otra opción que
aceptar aquello? Sabes que nunca podrás
acariciarle la piel a un hombre o recibir
tu primer beso; Que tú corazón nunca se
acelerará frente a un hombre ya que, no
serviría de nada. Tu corazón ya ha decidido aquello antes de que tú nacieras, antes de que llegarás al mundo.
De lo contrario, tu piel se cobra las consecuencias de ir en contra.
Aquellos pensamientos eran los que
siempre inundaban mi mente cada
mañana; Con un par de auriculares,
esquivando a las personas que pasaban
por los caminos angostos, sintiendo el
sudor que terminaba por humedecer mi
remera blanca estampada con el dibujo
de NamBaka, y mis leggins deportivos.
Respirando profundo para que mis riñones no sufrieran las consecuencias.
Chocar con los hombres era lo que menos deseaba en una mañana tranquila. Eso arruinaría mi día, es un hecho. No por miedo, si no por terror, terror al dolor. Pero... si vas acompañada de tu amiga como yo, no hay razones para temer.
En especial cuando los autos no respetan las luces de los semáforos.
—¡Oye! ¡Estoy caminando!—Máxima
golpeó con las manos la fachada del auto
esparciendo mucha furia, casi podía ver las venas de sus brazos arder.
Algunas personas que estaban cruzando
por la senda peatonal solo se dedicaron a
observar la escena en silencio. Un BMW
deportivo n***o había procedido a avanzar antes de que logramos cruzar.
En nuestra defensa el semáforo estaba en naranja claro.
Y Máxima era una de esas personas que si la tomabas por los cuernos te embestía; con su tamaño y masa corporal. Los alemanes son altos y ella no era la excepción, con 1.80 cm de altura, ojos celestes y un cabello platinado y sedoso que caía como cascada desde su coleta alta hasta su espalda. La observé desde atrás manteniendo distancia, hasta sus lomos me recordaron a las yeguas, maciza.
Cuidadosamente la tome por el brazo—
evitando recibir una patada de su parte—, para quitarla del camino, pues estaba muy decidida a quedarse en el medio hasta que el conductor bajara y diera la cara por sus actos irresponsables.
—Vámonos—los nervios por armar un
escándalo se apoderaron de mí. Aún qué
debo admitir que en parte era chistoso.
No quería ponerme en riesgo de un posible enfrentamiento entre Max y el chófer,y llegar al punto de tener que separarlos, porque aún sin poder verlo bien se notaba que la figura que se mantenía intachable en el interior era masculina.
Al notar mi insistente voz se refreño un
poco, además los autos que esperaban
comenzaron a sonar el claxon. Por fin pude moverla y sacarla del camino, conteniendo las ganas de reír, debído a qué me había echo recordar una escena de la película "Miss Simpatía" en la que Sandra Bullock le grita a un conductor que se salta la luz.
—¡Oye, estoy planeando!
A medida que nos alejábamos presentí la
mirada inusual de otra persona proveniente de los vidrios nublados traseros. El auto pasó y Max les dedico una última mirada asesina, a la misma vez que se pasaba el pulgar por el cuello y los señalaba.
Realmente, está mujer de 30 años no tenía cura. Minutos después de haber criticado la intransigencia de las personas y como contaminan el ambiente con sus autos— por que ella no tiene uno— se le pasó la
rabieta.
—¿Y ya descubriste que harás con tu vida?
No pasó desapercibido que lo dijo con
sarcasmo y poco afán.
Más que una amiga, Max era como una
segunda madre preocupada por mi salud
y futuro. Muy pocos tienen a su médica
como amiga, y quiénes piensen que la
diferencia de edad es un impedimento para la amistad, miente.
—¿Otra vez estás con eso?
Mis ánimos no decayeron ya que, no es la
primera vez que me lo pregunta. Colgué
una sonrisa y suspire profundo.
—Tu madre te pagó las clases de piano y
lo dejaste—tenía mis razones para eso.
—Te negaste a seguir la universidad porque dijiste que no había ninguna carrera que te satisfaga. ¿Qué? ¿Seguirás inmiscuyendo en la cultura Latam que no tuviste? Si no dejas ir el pasado te atascaras, y no le darás el paso a lo que traiga el futuro. ¿No lo entiendes?
—Por supuesto que lo entiendo.
El camino a casa se hizo infinito y
agotador, no físico, si no mental. No
estaba obsesionada con la cultura
latinoamericana. Una sola vez me
descubrieron indagando en mi pasado,
ahora creen que quiero saberlo todo de él.
Tuve que darle una larga explicación a mi madre de que solo era simple curiosidad, y que no la iba a dejar para vivir la vida que hubiera tenido de no ser por la muerte de mis legítimos padres.
Aún me lo recuerdan.
Pero esas no son las causas de todo lo
anterior.
—Entonces, ¿Por qué no optas por una?— Me sujetó la muñeca deteniéndome con firmeza, estorbando el paso a las personas que nos rodeaban.
Su mirada compasiva y frágil en una atisbo de sonrisa a punto se salir me retorcido el estómago, ¿Por qué me dicen eso cuando ellas fueron las primeras en alejarme del peligro? ¿Una universidad está llena de ellos, peligro? Puedo con eso, pero ¿Amor?
No creo que pueda mantenerme impune a ello.
Entonces esa voz resuena en mi cabeza.
No puedes tocar a los hombres.
—Yo lo decidiré cuando esté lista, no te
preocupes.
Sonrió no muy convencida saltándome para poder seguir con nuestra rutina.
¿Para que esforzarme si no podré tener una vida como los demás? Crecer, estudiar y conocer al amor de mi vida...
Por más que lo haya negado todo este tiempo, no puedo permitirme algo que mi piel está decidido a rechazar.
Por favor, los hombres no caen del cielo,
ni te los encuentras de la nada. ¿En qué
mundo encontraría a un hombre que
soportará el no tocarme de cualquier
forma posible? Es imposible, todos tenemos necesidades.
Me di un buen baño para sacarme el
apestoso olor que la corrida me hacía
dejado. Max vivía a pocas cuadras de mi
casa así que siempre me dejaba de pasada.
Me puse una remera larga de color negro
y seque mi cabello, dejando la toalla
alrededor de mi cuello y desplomando todo mi peso sobre la silla frente al pequeño escritorio. La ventana daba justo con la parte del costado de la casa, me encantaría tener unos vecinos sexis a los cuales espiar de vez en cuando —Igual que Raquel en A través de mi ventana—, pero no, al parecer no todos tenemos esa suerte, a mí me tocó un par de ancianitos que jugaban al ajedrez en el patio trasero. ¿Podré tener una vida
parecida algún día?
Solté un suspiro y abrí uno de los cajones
bajo el escritorio sacando mi diario íntimo.
No recuerdo cuando fue la última vez
que escribir sobre esas hojas perfumadas
y llena de corazones. Hasta la tapa tenía
corazones.
Las primeras páginas las escribí cuando
tenía diez años, ¿De verdad lo escribí yo?
Salí al balcón, reclinado mi cuerpo hacia
adelante sobre la barra metálica, apoyando mi peso sobre los antebrazos. No hacía ni mucho frío ni mucha calor, creo que solo es por la ducha caliente. Y los días hacían sido grises y hoy estaba soleado.
Comencé a leer el diaria con nostalgia;
Todos olvidamos el día en que nacimos...
Yo aún recuerdo ese momento. Aún no sé si los gritos y llantos, sollozos desesperados que escuché ese día eran míos o de mi padre.
Creo que eran suyos, sus lágrimas y gritos de dolor al contemplar que ya no tendría a su compañera, aquella mujer con la que pensó que compartiría la vida entera,y de la cual nunca se separaría.
Su corazón se estaba rompiendo en mil
pedazos. Algunos piensan que el corazón es fuerte y que nada lo detiene, yo creo que el corazón es solamente un pedazo de cristal que se puede romper fácilmente y convertirse en pequeñas escarchas.
Mi corazón puede parecer frágil y
quebradizo, pero es como la flor de loto la cual puede soportar cualquier tempestad y puede seguir viviendo.
Mi enfermedad no me detiene, por qué yo.. No soy de cristal.
—Ah, que niña más tierna. Tienes muchos
errores ortográficos.
Reí en silencio, de repente el cuaderno se
resbaló de mis manos callendo sobre el
césped al costado de la casa.
¡Rayos! Me incliné en cámara rápida
observando cómo el pequeño cuadrado
yacía cerrado.
Es cierto que hace diez años recordaba esto o.. Tal vez eran pesadillas... Ya no estoy tan convencida de ello, después de todo solo era una niña.