Tragué saliva, sintiendo que me encogía en mi propio cuerpo bajo su mirada y lo intimidante que estaba en ese momento; me calaba hasta los huesos. Mi corazón se desplomó en cuanto este mismo, por voluntad propia y sin razón alguna aparente, se quitó la camisa de un tirón. Me eché hacia atrás sorprendida, pero así sin poder creer lo que estaba pasando, este cogió mis manos y las puso en su pecho. La respiración se me cortó y el pulso se disparó, como si estuviesen martillando en el interior de mi caja torácica, al punto de dejarme flotando en el aire. La calidez y suavidad de su piel invadió mi cuerpo, por el simple hecho de que no lo había sentido así jamás. Podía sentir a través del tacto, el palpitar acelerado de su corazón, tal cual como estaba el mío. —No tienes que tocar a nadi

