Se sentó en el sofá semidoble y me hice a su lado, pero subí mis piernas por encima de las suyas, para tratar de darle la espalda al espectáculo. Este se sorprendió—. ¿Te molesta si me hago así? —Yo... digo, no, pero no quiero que te sientas incómoda —rodeó mi cintura con uno de sus brazos, para tenerme cerca y el otro reposaba en mis piernas. —No te preocupes por eso —negué y puse mis brazos en sus hombros. Sus ojos brillaron y sonreímos al mismo tiempo, antes de pegar su frente con la mía. —Buenas noches, tortolitos —la voz de Patric nos separó y este tenía una sonrisa que no cabía en su rostro—. ¿Puedo ofrecerles algo de beber?, tenemos casi de todo. —Bueno,... —pensé, pero miré a Theo. —Un agua mineral, si tienen, por favor. ¿Y tu? —me preguntó. —Una soda. —Un agua minera

