Me moví en mi lugar, estirando los brazos antes de abrir los ojos y darme cuenta que el responsable de esa calidez que sentía era de Theo. Me detuve en sus iris grises, que me observaban en silencio. Los latidos de mi corazón comenzaron a retumbar en mi caja torácica y tragué saliva, al sentir una extraña conexión entre su mirada y la mía. Mi cabeza estaba descansado en su brazo, en vez de la almohada y podía apreciar el olor natural de su cuerpo; era tan gratificante, como aterrador sentirme mejor de lo que imaginaba. —¿No dormiste? —me incorporé, sacándome obligada de esa burbuja de perfección. Él se levantó también. —Si, de hecho, tuve que decirle a tu mamá que ya te fuiste a la universidad —dijo y abrí los ojos sorprendida. —¿Como?, ¿Acaso que hora es? —Casi el medio día —r

