Aquel jueves no sería olvidado por ninguna de las amigas. María amamantaba a su pequeño con lágrimas de agotamiento en sus ojos y Rosa entró con tanta tristeza en sus ojos que ni siquiera el llanto insistente de los mellizos logró que dejaran de verla. -Esto es mi culpa, es mi culpa.- decía con desesperación, mientras tomaba asiento para apoyar su cabeza entre sus manos. -¿Qué pasa Rose? ¿Qué pasó?- le preguntó Clara algo asustada por ver a su amiga en tal estado de desesperación. Llevaba varios meses más alegre, con un brillo especial en su mirada, con menos enfados y comentarios lascivos y de repente toda esa alegría se había derrumbado. -Tengo mucho que contarles, tanto que no sé por dónde comenzar. Ni siquiera sé si va a servir de algo, pero no aguanto más. Es todo mi culpa…- d

