Otros seis años pasaron para sosegar las vidas de las cuatro amigas. Sin la premura de los veinte, ni la carrera de los treinta, los cuarenta las encontraban mejor plantadas, con una madurez afable que lleva a creer que se ha llegado a la plenitud de la vida. Rosa pasaba sus días acompañando a Martin. La partida de Mariano había sido como toda su vida, programada. Con su espíritu de abogado, se había encargado, incluso, siendo víctima de una dolorosa enfermedad del futuro de su familia sin él. Martín estaba en el colegio secundario, tenía muchos amigos y agradecía cada día el amor de su madre, quien se desvivía por hacerlo feliz. Era con la única persona con la que Rosa ocultaba aquella faceta tan triste como amarga. Sus formas de fastidio, sus comentarios agudos y su idea de que nada me

