El último año de preparación resultaba bastante abrumador. María pasaba días enteros estudiando y de no ser por sus amigas que la animaban en las tardes, sentía que no tenía tiempo para relajarse.
Aquella tarde, salió del edificio antiguo en el que se dictaban las clases y luego de saludar a sus compañeras comenzó a caminar hacia su auto.
-Disculpe, señorita.- escuchó cuando casi llegaba a la esquina.
Giró sobre sus pies y se encontró de frente con aquel bailarín de la noche del sábado. Su rostro era aún más perfecto a la luz del día.
-Mariano, ¿verdad?- le dijo María con esa sonrisa profesional que tantas veces había ensayado.
Mariano se sorprendió y a la vez se avergonzó por no recordar su nombre. Las últimas horas Rose, era la única que ocupaba sus pensamientos. Había repasado su corta conversación en busca de algún indicio para volver a verla y sólo aquel secretariado parecía su salvación. Recordó que una de sus amigas lo había mencionado y se aventuró deseando que el destino estuviera de su lado.
-Si, soy Mariano. ¿Vos sos la amiga de Rose, no? Disculpame, pero no recuerdo tu nombre.- le dijo con sinceridad, mientras se acomodaba el cabello dorado con su mano.
María sonrió, esta vez, con autenticidad. Hubiera sido demasiado incómodo que estuviera allí por ella.
Siempre agradecía el hecho de ser tan distintas que incluso sus gustos lo eran. Aquel rebelde de pelo largo para Clara, un príncipe azul para Rosa y algún intelectual con ideas revolucionarias para Ana, siempre habían sido sus ideales. Ella aún esperaba por quien lograra verla como alguien más que un modelo de un sólo uso.
-Me llamo María. Si buscas a Rose, la escuela de arte se encuentra al otro lado de la ciudad. Pero esta noche vamos a salir juntas.- le dijo con complicidad en su mirada.
Mariano sonrió y agradeció que aquella jovencita hubiera entendido sus intenciones.
-Por favor, no le digas que vine a buscarte. Me gustaría sorprenderla.- le pidió alzando una de sus cejas y apretando sus labios, como si aquel gesto de galán, pudiera tener un efecto en ella. Conocía demasiado bien los artilugios masculinos, sin embargo había algo en este joven que le hacía creer que era un buen chico.
-No solemos tener secretos, pero puedo hacer una omisión… sólo tengo una condición.- le respondió utilizando ella misma aquella actitud que intentaba darle seguridad a sus palabras.
Mariano volvió a sonreír y esta vez dejó de lado sus trucos.
-Te escucho. - le respondió cruzando sus brazos sobre su pecho.
- Ni se te ocurra lastimarla. Rose parece dura pero tiene un corazón frágil.- señaló incluso levantando su dedo índice como si fuera una maestra de escuela.
Mariano emitió una carcajada y luego apoyó su mano sobre el brazo de María.
-Te aseguro que lo último que quiero es lastimarla.- le dijo con algo más de seriedad.
-¡Muchas gracias! Las veo en la noche, voy a ir con mis amigos, a lo mejor alguno te interesa.- agregó mientras comenzaba a alejarse.
María suspiró con una sonrisa mientras negaba con la cabeza
-No necesito ningún amigo, gracias.- le respondió y se alejó para continuar hasta su auto. Esperaba haber hecho lo correcto, deseaba que su instinto no la hubiera traicionado y sobre todo, necesitaba que Rosa estuviera a gusto cuando lo viera.
Esa misma noche se encontraban listas para divertirse, Rosa había recibido la noticia de que había sido admitida en la academia de Bellas Artes y eso sumaba una atmósfera especial. María se mordía la lengua por no contarle de aquella inesperada visita, pero le había dado su palabra y aún temía que no apareciera, por eso creyó que era mejor callar.
Ocuparon una mesa alta de aquel bar que comenzaba a llenarse, la música de Kool and the Gang sonaba en los parlantes y algunos audaces comenzaban a bailar en el centro del lugar. Las cuatro reían, como en todos sus encuentros.
Clara parecía haber olvidado su fallido encuentro con Esteban, estaba a punto de terminar el magisterio y su excelente desempeño le había dejado varias ofertas de trabajo y como era optimista por naturaleza, había enfocado sus pensamientos en ello.
-Dichosos los ojos que la ven, Rose, la artista.- dijo la voz grave de Mariano, sacándolas a todas de su conversación.
María intercambió una fugaz mirada con el joven, mientras Rosa intentaba ocultar el rubor que comenzaba a crecer en sus mejillas.
-Hola.- le respondió, bajando la mirada con algo de vergüenza.
-¿Cómo sabías que iba a estar acá?- le preguntó volviendo a observar aquel rostro tan hermoso.
-¿No crees en el destino?- le respondió él con una sonrisa de lado y su mirada demasiado provocativa.
Rosa sonrió y volvió a mirar a sus amigas, que también sonreían e incluso alzaban sus hombros como si no entendieran aquella coincidencia. Todas menos María, que para evitar que sus ojos la delataran fingió buscar algo en su diminuta cartera.
-Estamos festejando que Rose fue aceptada en la academia de Bellas Artes.- le dijo Ana, mientras abrazaba a la nombrada por los hombros y levantaba su vaso como si fuera a brindar.
-Eso es una excelente noticia.- respondió Mariano.
-Déjenme invitar la próxima ronda.- agregó levantando su brazo para llamar al camarero.
-No es necesario.- le dijo Rosa, intentando restarle importancia al anuncio de su amiga.
-Oh, no, Es muy necesario, tu trabajo acaba de ser reconocido, nunca dejes de festejar algo tan importante.- le dijo él mientras giraba para hacerle el pedido al camarero.
Rosa aprovechó para acercarse a sus amigas.
-Ni se les ocurra desaparecer.- les dijo en voz baja y sólo consiguió risas de parte de ellas.
-Obvio que vamos a desaparecer.- le dijo Clara y en cuanto Mariano se dio vuelta agregó:
-Mariano, vas a tener que disculparnos, pero unos amigos nos esperan. Espero que seas un buen compañero de festejos para nuestra querida Rose.- le dijo con exagerada y fingida pena, logrando que Mariano sonriera mostrando sus blancos dientes.
-No tengan ninguna duda. - dijo aún sonriendo.
-Estás en buenas manos.- agregó bajando un poco el tono y enfrentando aquello ojos rasgados y profundos que no había logrado olvidar.
Rosa no tuvo más remedio que´sonreír también y en cuanto él tomó su mano, no dudó en acompañarlo a la improvisada pista.
Pasaron largas horas bailando. Como la última vez, él le decía hermosas palabras al oído y con cada acercamiento, llegaba una nueva caricia. Rosa sonreía, comenzaba a disfrutar de su compañía. Bailaba tomada de su mano y cuando él se acercaba para hablar, sus dedos se animaban a rozar su brazo firme.
-Me gustaría mostrarte un lugar más tranquilo.- le dijo él, justo cuando los pies comenzaba a reclamar en aquellos zapatos de taco.
-Vamos.- le dijo ella con la sonrisa en sus labios y Mariano no pudo sentirse más dichoso.
Apenas habían llegado a la vereda cuando sintió que no podría aguantar un segundo más sin besarla y atrapando su cuerpo entre sus brazos recorrió aquellos labios carnosos que no había logrado dejar de mirar en toda la noche.
Rosa lo recibió con sorpresa al principio, aquel arrebato, tan esperado como romántico, logró que por primera vez sintiera que una batalla de mariposas se libraba en su vientre.
Separó sus labios con pausa y lo dejó recorrerla, mientras sus manos traviesas se apoyaron en los firmes pectorales de aquel hermoso joven.
Se separaron, sin demasiadas ganas, minutos después y sus sonrisas parecían competir por cual sería de mayor tamaño.
-No te imaginas las ganas que tenía de besarte.- le confesó Mariano, acariciando su mejilla con cariño.
Ella volvió a sonrojarse y llevó sus dedos a sus labios, algo hinchados, aun.
-Pero creo que un beso no será suficiente.- agregó él al verla, depositando nuevamente sus labios sobre los de ella.
Aquella noche fue la primera de varias que pasarían juntos, explorando con la precipitación que regala la juventud.
Ese despertar a lo que sin saber se deseaba.
La entrega sin caución del primer amor, aquel que nace de lo desconocido para perpetuarse en la retina de quien apuesta por intentarlo.