―¡Ay, Benvenuto! ¿Qué os puedo decir de Benvenuto? ¡Que es un joven florentino y un bala perdida aunque se está revelando como un óptimo cincelador! Muchos quedaban encantados escuchando su voz profunda, casi autoritaria. Lucagnolo era un hombre alto, robusto, de unos cincuenta años. Los largos cabellos rizados, recogidos en una larga cola detrás de los hombros, y la cuidada barba lo hacían parecerse más a un noble guerrero que a un hábil orfebre. Al mirar sus manos grandes y toscas, nadie hubiera dicho que pudiese ser capaz de realizar pequeñas joyas ,tan refinadas que parecían salidas del taller de un miniaturista. Para los trabajos más finos se ayudaba de un monóculo que, enfilado en el ojo, le permitía ver el objeto que estaba realizando agrandado. El crisol, sobre el puesto, estaba s

