Waslow camina por el bosque durante horas hasta que las primeras luces del día se asoman por entre los árboles. Se detiene a descansar en un claro salpicado de margaritas y, revisando el interior de su zurrón, busca entre sus pertenencias una brújula que le regaló su padre en su vigésimo cuarto cumpleaños. Pero no la encuentra. «¡Demonios! Seguro la olvidé en el armario», se lleva una mano a la frente. Mira a su alrededor un poco desorientado y trata de adivinar dónde estará el camino hasta Pradondo. Sin embargo, con tantas cosas en su cabeza, el estómago le empieza a gruñir. ¡Y es que con todo el ajetreo apenas si pudo comer un bocado!
Comienza un fuego con ramitas secas y hojarasca que apila dentro de un círculo de piedras. Pone su olla especial para estofados sobre el rescoldo y, sazonando unas cuantas verduras, prepara un delicioso caldo de queso. Mientras saborea el aroma exquisito que emanan las zanahorias y las calabazas guisadas, escucha un ruido de hojas quebrándose detrás de él. Waslow, enderezando sus orejas velludas con inquietud, alcanza lentamente el Magullador y se acerca despacio a los arbustos. Antes de dar el primer golpe, un montón de gervasillos le toman por sorpresa, cayendo encima de él. Se trata de Pilgrim, Erwin, Haguin y Blín, quienes desde hace horas le venían siguiendo.
—¡Rayos y centellas! ¡Pamplinas y paparruchas! —Waslow se retuerce muy enojado al sentir que sus cuatro amigos le aplastan—. ¡¿Qué diantres hacen ustedes aquí?!
—Lo mismo deberíamos preguntarte. —Pilgrim lanza un quejido debajo de la barriga de Erwin.
—¡Quítense de encima! —Blín apenas puede respirar. Tiene los anteojos torcidos y la greña verde más despeinada que antes.
—¡Muévanse, gordinflones! —Erwin le da de codazos al rechoncho trasero de Haguin.
Por fin los cinco se levantan y acomodándose los huesecillos comienzan a discutir.
—¿Cómo diablos me encontraron? —Waslow se soba la espalda. Tener a cuatro gervasillos encima puede ser difícil para cualquiera.
—Encontramos a Cabeza de Nabo despatarrado en tu puerta. —Blín se acomoda los enormes anteojos sin armazón, enfocando una retama que tiene enfrente para cerciorarse de que no están rotos—. Cuando recuperó la conciencia nos dijo lo que habías hecho y seguimos tu rastro lo más rápido posible.
—Chismoso. —Waslow frunce el ceño, ahora sobándose el hombro y arrepentido por no haber golpeado más fuerte a Cabeza de Nabo.
—Tremendo chichón le dejaste al infeliz. —Haguin ríe despreocupado, dándose unos cuantos golpes en la barriga. Waslow también ríe con él, convencido de que semejante abuso fue divertido.
—Y tremendo griterío dará tu padre cuando se entere de lo que hiciste. —Pilgrim no está de acuerdo con sus risas burlonas—. Si partimos ahora quizá lleguemos al atardecer—sigue diciendo—. Con suerte Cabeza de Nabo te perdonará el dolor de cabeza y achacará su chichón a una torpeza suya.
Pilgrim quiere apagar la fogata echándole tierra con su babucha.
—¡¿Qué estás haciendo?! —Waslow mete las manos para impedir que siga.
—Tenemos que volver. —Pilgrim insiste en apagar el fuego.
—Yo no pienso regresar. —Waslow coloca más ramitas y hojarasca para avivar el fuego que ha comenzado a extinguirse—. Tengo una misión muy importante y pienso cumplirla.
—No seas necio, Waslow. —Erwin no soporta que sea tan testarudo—. ¿Siquiera tienes idea de cuán peligroso es el mundo abierto? Déjate de boberías y regresa a casa.
Waslow se rehúsa una vez más y comienza una discusión acalorada con sus amigos, diciéndoles con un montón de argumentos razonables —y otros no tanto— los motivos por los cuales es importante que siga con su misión.
De pronto, en medio de toda esa palabrera, Blín les ordena que se callen inmediatamente luego de oír unas voces acercándose en la distancia.
Los gervasillos, apremiados por el susto, corren a esconderse dentro de un tronco derruido y musgoso. Se asoman entre empujones por un escondido socavón, alertas a las voces y carcajadas que a lo lejos siguen creciendo.
Para su sorpresa se trata de una jauría de zorros que merodeaba por la zona y percibió el aroma del caldo. A la cabeza está Ren. Sí. El mismo Ren que casi le tuerce el pescuezo a Waslow.
—Te lo dije, Ren. Te lo dije. —Se relame el hocico un zorro maltrecho y bastante neurótico de nombre Edi—. Mi olfato siempre funciona. ¡Es caldo de queso! ¡Caldo de queso!
Otro zorro, de aspecto pretencioso y arrogante llamado Nil, inspecciona los restos de la fogata medio caliente. Mira a su alrededor con mucha suspicacia, y relamiéndose los bigotes comienza a decir: —No deben estar lejos, Ren. Seguro se trata de esos mugrosos gervasillos. Nadie hace fogatas tan inservibles como esta. —Waslow casi sale de su escondite para darle una tunda.
—¡Miren! Olvidaron sus pertenencias. —Edi, el zorro neurótico, no para de reír mientras jala con su hocico un montón de zurrones escondidos entre los arbustos.
Waslow, al enterarse de esto, vuelve la mirada confundida con sus amigos, quienes fingen demencia y hacen como si nada de eso fuera suyo.
—Estos zurrones están repletos de bocadillos. —Se emociona Edi, el zorro neurótico, mordisqueando una deliciosa barra de chocolate que Haguin había empezado horas antes—. Creo que planeaban caminar muy lejos. Muy lejos.
Haguin suelta un ligero quejido al ver que Nil se atraganta con sus pastelillos de amaranto. Había pasado toda la tarde de ayer horneándolos.
—Pero si están llenos de objetos curiosos. —Nil, el zorro pretencioso, los enumera uno por uno como si se tratase del mayor descubrimiento de la historia—: una brújula, libros, mapas, paraguas.
—Cuerdas, sábanas, sartenes, capas —agrega Edi.
Waslow está más confundido que nunca.
—¿Planeaban detenerme y en secreto se prepararon para el viaje? —susurra malhumorado.
Los gervasillos, sintiéndose descubiertos, no saben qué responder; sólo balbucean palabras sin sentido mientras se culpan unos a los otros. Haguin sigue lamentándose por sus pastelillos de amaranto.
—No exageres —Erwin se esfuerza por distraerlo—. Sólo empacamos lo necesario para regresar.
—Eso no parece equipaje para un día de camino. —Waslow le mira con reproche.
—No es lo que tú piensas. —Pilgrim intercede con la mejor de las intenciones. En realidad no tiene más alternativa ahora que lo descubrieron.
—Es sólo que no sabíamos cuánto tiempo tardaríamos en encontrarte. —Blín se apura a intervenir y los demás asienten como si en realidad estuvieran por decir eso mismo.
—Cojan los zurrones y vámonos de aquí. —Ren se relame los bigotes y esboza una sonrisa maliciosa—. Parece que esta tarde comeremos hasta hartarnos, chicos.
Los zorros, riéndose a carcajadas, cogen con el hocico las pertenencias de los gervasillos y corren a toda velocidad por el bosque.
Poco después, la pandilla no soporta estar apretujada dentro del tronco y se apresura a salir.
—Debemos irnos de aquí antes de que se les ocurra regresar. —Pilgrim se limpia la hojarasca que cayó encima de su barretina. Los gervasillos, aunque no están de acuerdo con abandonar sus pertenencias, deciden hacerle caso y no exponerse a peligros mayores. Waslow, por otro parte, busca con desesperación el garrote de su padre, el cual los zorros no se llevaron por confundirlo con una rama de árbol serrada.
—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —Erwin le mira coger el garrote.
—Tenemos que darnos prisa, Waslow. —Blín vigila los alrededores por si los zorros aparecen de repente—. Corremos grave peligro.
Pero Waslow no los escucha, sino que empieza a seguir el rastro de los zorros. Pilgrim, cansado de su actitud, se interpone en su camino.
—No trates de detenerme. —Waslow se apura a apartarlo con el brazo—. Por si no lo notaste el peligro comenzó desde que decidieron empacar para seguirme. —Los gervasillos bajan la mirada y se sienten apenados—. Lamento ser un aguafiestas, pero ahora sólo tienen dos opciones: pueden volver a casa y acusarme, o pueden venir conmigo y recuperar sus zurrones. —Pilgrim, Erwin, Haguin y Blín se miran sin decir una palabra. Nadie se atreve a opinar considerando que no han sido sinceros. Waslow, más encorajinado que antes, se abre paso entre los arbustos, llevando en alto el Magullador. Los demás se quedan dubitativos mientras escuchan el crujir de los arbustos alejándose.
Muy lejos de donde están los Granujas, en el Matojo, la parte este de los Olmos Viejos, Wilfredo y sus guardias llegarían la noche siguiente para rescatar a Randall. Buscarían por todos los matorrales señales de él, pero no encontrarían nada que pudiera indicarles su paradero. Las pequeñas lámparas se moverían de un lado a otro en la oscuridad, llamando al lobo desesperadamente.
—No hay rastros de él ni de su manada, señor. —Le informaría uno de sus guardias luego de una exhaustiva búsqueda.
—Encontramos manchas de sangre en los arbustos. —Le diría otro muerto de miedo—. Pareciera que se llevaron los c*******s.
Wilfredo, preocupado por lo misterioso de los eventos, y recordando la sombría historia de su hijo, decidiría detener la búsqueda y regresar. Pero Antes de partir, rodeado por las sombras del bosque, escucharía unos aullidos tenebrosos provenientes detrás de los árboles. Cuando los guardias alumbraran la oscuridad, unos ojos púrpuras se encenderían y un grito aterrorizado se extinguiría bajo la luz de la luna llena.
De vuelta en la parte oeste del bosque, Waslow corre de prisa entre arces y frambuesos, siguiendo el rastro de los zorros ladrones. Alguna ramita quebrada en el sendero; una huella visible en el lodazal; un aroma asentado en un tronco. Por fin todas estas pistas lo conducen hasta un claro donde los zorros, con las barrigas llenas, reposan sin preocupación alguna, hurgándose los colmillos con sus garras.
Waslow se esconde rápidamente detrás de un árbol y escucha hablar a los zorros.
—Qué delicioso estuvo ese pastel de carne. —Nil se relame el hocico por si quedó una migaja desperdigada en medio de sus encías.
—El jamón glaseado estaba exquisito —Edi eructa con satisfacción.
—Lo mejor fueron los huevos cocidos. —Ren mordisquea una de sus garras mientras sonríe contento.
Waslow, al oír a semejantes sinvergüenzas, aprieta más fuerte el Magullador y se prepara para salir a golpearlos. Pero antes de hacerlo, Pilgrim le detiene por detrás. Le pide que no haga ruido poniendo su dedo índice sobre los labios, y luego señala a Haguin en lo alto de una rama con un montón de piñones en sus manos. Después apunta a Erwin y a Blín detrás de otro árbol cercano a ellos, esperando la señal para atacar. Waslow sonríe y asiente. No puede creer que los Granujas estén reunidos de nuevo.
En eso la rama donde está Haguin (que ya no soporta su peso) se rompe. ¡c***k! El gervasín gordinflón cae estrepitosamente. Los zorros se levantan alarmados. Están a punto de huir cuando caen en cuenta de que no corren peligro. Al ver a Haguin indefenso, atarantado por la caída, sonriendo nervioso con un montón de piñones alrededor, empiezan a burlarse.
—Creo que aún me queda espacio para el postre. —Nil comienza a acecharlo con malicia y finge que le morderá los pies regordetes.
—Con lo gordo que está tendremos postre para rato. —Edi no puede contener la risa. Y antes de que puedan clavarle el colmillo, Waslow, Pilgrim, Erwin y Blín salen al rescate, sacudiendo sus manos y gritando envalentonados.
Waslow empieza con un garrotazo en la pata de Ren, haciéndolo chillar. Erwin y Blín se abalanzan contra Nil y Edi, mientras Pilgrim ayuda a Haguin a levantarse. Dentelladas feroces, maromas atrevidas, gruñidos pavorosos; coscorrones violentos, jaladas de cola, puñetazos mañosos. Todos están envueltos en una paliza implacable. Hay narices sangrando, rodillas raspadas, cabellos despeinados; quejidos lastimosos, pellizcos cobardes, ojos morados.
Waslow, en medio de la golpiza, le pide a Blín que coja los zurrones y huya lo más lejos posible. El gervasín obedece, pero Ren le descubre y comienza a perseguirle.
Blín se desliza por troncos musgosos y raíces enrevesadas; salta por encima de piedras y se escabulle por arbustos espinosos. A cada paso Ren le persigue, y le gruñe, y le lanza rabiosas dentelladas que harían vacilar a cualquiera.
Los otros zorros, al percatarse de la persecución, abandonan la pelea y se apresuran contra Blín.
Waslow, Erwin, Haguin y Pilgrim corren a ayudar a su amigo, quien sigue huyendo despavorido por los senderos del bosque hasta confundirse en la espesura.
Por fin los zorros acorralan a Blín cerca de una vadera cristalina. Se acercan amenazantes mientras el gervasín tiembla de miedo y ruega a los dioses por un milagro.
—Lamentarás haberme dado ese puntapié, mequetrefe. —Los gruñidos de Ren hacen que sus ojos saltones centelleen encolerizados.
Waslow y los demás llegan al rescate, pero Nil y Edi impiden que sigan avanzando.
—Nadie te librará de morir, pequeña sabandija. —Unos hilos de baba caen del hocico de Ren—. Te torceré el cuello igual que a una codorniz.
Blín se oculta detrás de los zurrones; mira con horror los filosos colmillos del zorro y se pone a rezar sin esperanza. Cuando Ren está a punto de morderlo un aullido espeluznante flota en el aire del bosque. Todos dirigen la mirada hasta una cima arbolada, donde aparecen numerosos lobos grises. Waslow y sus amigos aplauden y vitorean muy contentos. —¡Ahora sí recibirán su merecido! —exclaman, haciendo muecas burlonas y sacándoles la lengua.
Sin embargo, algo muy extraño sucede con estos lobos. Si alguna vez has visto uno sabrás que son criaturas muy majestuosas. En cambio, estos tienen los ojos púrpura; su hocico arroja espumarajos verdes y tienen la pelambrera demacrada, roñosa y pestilente. Entre ellos se asoma Randall.
Los zorros, muertos de miedo —al parecer ya los habían visto antes—, no titubean en irse; cruzan la vadera chillando y sin dejar de maldecir la buena suerte de los gervasillos. Waslow y sus amigos, luego de verlos huir con el rabo entre las patas, se sienten victoriosos y comienzan a lanzar golpes en el aire como si boxearan contra un enemigo invisible, diciendo que la próxima vez que los vean por ahí serán menos misericordiosos. Blín se limpia el sudor de la frente y respira aliviado. Todavía no puede creer que estuvo a punto de que se lo comieran.
Pilgrim curva sus manos alrededor de la boca. Grita: —Randall, viejo bribón, ¡¿dónde te habías metido?! Los gervasillos ríen a carcajadas—. Nos acabas de salvar el pellejo. —Los lobos no parecen entender el chiste y continúan con los gruñidos. Esta vez suenan más rabiosos y salvajes, sobre todo Randall. Pilgrim, al notar esto, vuelve a gritar con más seriedad: —¡Tranquilo, Randall! Los zorros ya se fueron. Somos nosotros.
Uno de los lobos, retorciéndose de cólera, se abalanza contra ellos y los demás lo siguen.
Los gervasillos, al verlos correr hacia ellos con tanta rabia, retroceden confundidos por el clamor de su estampida, preguntándose qué demonios sucede con ellos. Pilgrim tiene un mal presentimiento y coge a Waslow del brazo. En cuanto ve que los lobos aplastan todo bajo sus patas, y lanzan dentelladas mortales y gruñidos espantosos, Pilgrim apremia a sus amigos que se trepen en el árbol más cercano.
Waslow se rehúsa a hacerlo al principio. Piensa que Randall no le reconoce, que quizá haber luchado con tantos lobos zombi lo volvieron suspicaz y debe acercarse para que le vea mejor. Pero cuando lo hace, cuando descubre que no va a detenerse y arrecia la velocidad y gruñe más implacable, se convence de que ese no es Randall. Por lo menos no el que conserva en su memoria.
Sube a toda velocidad por las ramas desnudas. Los lobos se estrellan violentamente contra el tronco y comienzan a arañar la corteza y a rugir encolerizados. Waslow y sus amigos se sujetan con mucha fuerza. Dan gracias al cielo que las raíces sean profundas. La embestida de los lobos por poco arranca el árbol de la tierra.
—¡Randall, detente, somos nosotros! —Erwin tiembla abrazado a la rama. En cualquier momento puede desprenderse. El lobo no reconoce su voz; sus ojos están rabiosos y descontrolados. Los gervasillos al ver esto se ponen a chillar de miedo.
De pronto un aullido en la distancia los paraliza. Los lobos paran las orejas y ponen atención a las entrañas del bosque. Otra vez vuelve a sonar el mismo aullido. Los lobos, ansiosos por atrapar a los gervasillos, no saben si responder al llamado o ignorarlo. Nuevamente aúllan y, sin más remedio, las bestias emprenden la retirada hasta desaparecer en la confusión de los altos árboles. Waslow, con la esperanza de resolver el misterio, mira por última vez a su amigo Randall, pero el jefe lobo no le reconoce más. Sus ojos están inyectados de veneno púrpura, de una rabia incontrolable y tenebrosa.
—¿Qué fue todo eso? —Pilgrim se pregunta rato después, mirando con desconcierto a la jauría que corre enrabiada por entre el follaje.
—Estoy seguro que se trataba de Randall. —Erwin pierde el equilibrio y se aferra a la rama con rapidez. No vaya a ser que un lobo siga abajo y lo despedace.
—Pero, si ese era Randall, ¿por qué nos atacó? —Haguin coge los tirantes de su bombacho y se recuesta contra el tronco del árbol. Aunque aparenta un aire despreocupado, lo cierto es que está bastante sorprendido.
Waslow, que hasta hace poco estaba inmerso en oscuras reflexiones, responde con inquietud:
—Porque está envenenado. —Y luego voltea a ver a sus amigos con aire conspirador—. ¿Vieron sus ojos? Son los mismos ojos que tenían los lobos que perseguían a Percival. —Waslow inspecciona con intranquilidad la espesura del bosque—. No me equivoco. Algo muy extraño está sucediendo aquí. Temo que no estaremos a salvo hasta que lleguemos a Pradondo. Quédense aquí. Bajaré por los zurrones y acamparemos en este árbol. Pilgrim, organiza una ronda de vigilancia; Haguin, tú te encargarás de la cena. Erwin, Blín, ustedes preparen las camas.
Esa misma noche Haguin prepara un delicioso estofado con patatas para olvidar el antojo de sus panquecitos de amaranto. Pilgrim, en lo que atiza el fuego sobre el brasero, cuenta un par de chistes que oyó de unos mapaches y Erwin y Blín se carcajean tanto que casi echan por las narices el jugo de calabaza que estaban bebiendo. Waslow, arrullado por la canción de los grillos, se siente feliz de vivir nuevamente una aventura. Escucha a Haguin sorber la sopa del cucharón; a Erwin tocar las mismas notas con su flauta; a Pilgrim tallar un trocito madera; a Blín pasar las páginas de su libro. Esos sonidos valiosos le recuerdan las hazañas que vivió junto a su hermano, y las veces que los Granujas se metieron en problemas y gracias a un ingenioso plan salieron ilesos. Como la vez que el río los arrastró hasta las Juncaleras y Wilton tuvo la brillante idea de intercambiar medio kilo de ajonjolí con los patos. Estos se pusieron tan contentos (pues lo necesitaban para una receta) que insistieron en llevarlos volando de vuelta a Hojalarga. De pronto esa memoria es desplazada por los ojos rabiosos de Randall. ¿Qué lo habrá envenenado? Waslow saca de su bolsillo el trapo que le dio Percival y lo desdobla. La luz del brasero ilumina débilmente el símbolo de la calavera. El gervasín percibe inmediatamente la oscuridad que se cierne en este signo, una oscuridad desconocida que lo llena de terror.
—¿Dónde conseguiste eso? —Erwin mira el símbolo con desconfianza. Como si de alguna manera conociese la oscuridad que lo rodea.
Waslow le muestra la calavera con bastante discreción, sin importar lo mucho que Percival insistió en guardar el secreto.
—Es un símbolo muy extraño. —Erwin inspecciona el trapo con detenimiento—. Me resulta familiar por las historias que he oído de los árboles.
Blín coge con cuidado el trapo y observa la calavera con su lupa.
—Interesante —dice. Los demás gervasillos ponen atención—. Miren los bordes del trapo. Están rasgados. —Les señala—. Esto formaba parte de un estandarte.
Waslow luce sorprendido. Es una pista importante que Percival olvidó mencionar. ¿Por qué tanto secretismo alrededor de un pedazo de tela?
—¿Te lo dio el vagabundo? —Pilgrim se acuesta boca abajo, recargando su cara sobre ambas manos.
Waslow asiente con inquietud. Después agrega con un aire absolutamente dubitativo: —Al parecer es necesario que lo entreguemos al Mago Silvestre. Pero, ¿por qué? —Los gervasillos lucen desconcertados a la luz del brasero. El aire está enrarecido y los ruidos del bosque comenzaron a cesar—. ¿Tendrá algo que ver con Randall y los lobos zombi…?
—La cena está lista, muchachos. —Haguin los interrumpe con una sonrisa y la olla humeando en sus manos.
Mientras comen, todos alaban el delicioso estofado con patatas de Haguin.
—¡Eres todo un experto, querido Haguin! —Blín se empina el tazón hasta ver el fondo.
—Mis felicitaciones al chef. —Waslow se desabotona el chaleco y lanza un chistoso eructo. Incluso Erwin, el más gruñón, resopla satisfecho y se le antoja el estofado de Pilgrim, quien lo aparta de su alcance temiendo que le robe una cucharada.
—¿Cuál es el truco? —pregunta Blín, pasando su dedo índice por todo el tazón y luego chupándolo.
—Un buen cocinero jamás revela sus secretos —sonríe el grandulón, asumiendo que nadie adivinará su receta especial.
—No seas exagerado, Haguin. —Pilgrim se apura a descubrirlo mientras acomoda su almohada para dormir—. Por si no lo han notado, amigos, a mi hermano le encanta sazonarlo todo con mantequilla.
Haguin, en parte molesto porque su hermano reveló su secreto, y en parte ofendido porque ridiculizó su cocina, exclama con indignación: —¡No es cualquier mantequilla, tonto! —Y saca de su zurrón una grasienta barra envuelta en un pañuelo bordado a mano con figuritas de cazuelas y ollas—. ¿No es hermosa? —Le brillan los ojos—. Esta mantequilla, preparada con la receta mágica de la abuela, es la mejor mantequilla jamás hecha para ser servida en el comedor de un rey. Su sola preparación lleva horas, y es casi imposible lograr su consistencia jugosa y resbaladiza si no se reparte bien la crema y la sal.
Los Granujas se encogen de hombros sin entender su fascinación. Pilgrim, apuntando el dedo índice a su cabeza y haciéndolo girar, insinúa que Haguin es un cabeza de chorlito.
—Es mi mayor tesoro. —Les confiesa el grandulón, envolviendo con cariño la barra de mantequilla—. Me resigné a preparar otra menos sabrosa cuando los zorros se comieron todas mis provisiones. Por suerte esas alimañas no dieron con ella. La tenía muy bien escondida.
Waslow y sus amigos, al ver que Haguin arropa la mantequilla con mucho amor, se echan a reír sin el menor respeto. Esto enoja bastante al grandulón, que les dice muy enfadado: —¡Son unos insensibles! ¿Acaso no hay algo que aprecien en esta vida?
—¡Yo sí! —Blín abre rápidamente la cangurera asegurada a su cintura y, después de sacar una libreta, dos lápices y un pequeño mapa, les enseña una hermosa cajita de madera barnizada con un trébol de cuatro hojas dentro. Los gervasillos están impresionados.
—¡Sácate las babuchas! —Pilgrim se talla los ojos sin poder creer lo que está viendo—. ¡¿Dónde lo conseguiste?!
Por si no lo sabes, los tréboles de cuatro hojas son muy codiciados por la comunidad gervasín. Lo que sucede es que pueden cumplirte cualquier deseo. Así es. Cualquier deseo. No importa cuán disparatado sea. Algunos, para conseguirlos, deambulan por el bosque durante meses revisando la maleza con una lupa; otros, más pacientes, vigilan a los unicornios en sus ratos íntimos hasta que van al baño y su excremento ayuda a florecer estas plantitas. El problema es que lo hacen cada cien años. ¿Ahora entiendes porque Pilgrim está tan sorprendido?
—Era de mi madre. Se lo aceptó a un estornino que no tenía cómo pagar la renta. Luego me lo obsequió por mi vigésimo tercer cumpleaños, antes de que…Bueno, ustedes ya saben qué pasó. —Blín sonríe con una ligera tristeza y devuelve el trébol con mucho cuidado. Los demás gervasillos bajan la mirada y pretenden jugar con alguna ramita rota por ahí mientras oyen el crepitar de los leños y los repentinos suspiros del bosque.
—¡Qué regalo tan valioso! —Waslow se apura a disipar la pesadumbre. Erwin, quien también acabó sintiéndose incómodo, agrega con arrogancia: —Sí, lo es. Pero no tan valioso como el mío.
Saca de debajo de su camisa una leontina atada a una botellita con un brebaje morado.
—¡¿Es lo que creo que es?! —Blín traga saliva, olvidando por un momento la tragedia concerniente a su madre.
—Tenlo por seguro. —Erwin sigue igual de pretencioso, presumiendo la botellita con un ademán—. Ésta, caballeros, es una rara poción mejoradora. Los viejos olmos en la Madrigona me dijeron cómo prepararla.
—Dicen que es muy difícil. —Haguin se lleva ambas manos detrás de su cabeza. No tarda en quedarse dormido.
—Y lo es. —Erwin destapa la botella y el tapón resulta un gotero—. Elaborarla lleva años. Pero una diminuta gota aplicada en una herida no mortal —deja caer el líquido sobre un rasguño que tiene en el brazo—, es suficiente para curar cualquier dolor.
Y es cierto. El raspón desaparece de inmediato. Los gervasillos quedan asombrados.
—Yo también quiero mostrarles algo. —Pilgrim saca una moneda de oro del bolsillo izquierdo de su chaleco—. Esta moneda de oro fue una herencia de mi tatarabuelo, quien se la ganó a un duende, quien se la robó a un montaraz, quien se la halló en el camino de regreso a casa. —Pilgrim limpia la moneda con su camisa—. Puedo pasar horas mirándola, reflejándome en su superficie, contemplando su centelleo… ¿No es lo más hermoso que han visto...? —La voz de Pilgrim se hace cada vez más lenta. Como si su ritmo perdiera intensidad por culpa de un conjuro inexplicable. Los gervasillos, al ver que el fuego resplandece de manera extraña sobre la superficie de la moneda, empiezan a sentirse hipnotizados hasta casi perder la razón. Pilgrim, al darse cuenta que están siendo seducidos, la regresa nuevamente a su bolsillo, rompiendo el encantamiento.
—Algo me cosquilleó la cabeza. —Waslow se sacude y parpadea con rapidez.
—Por un momento me sentí mareado. —Blín se quita los anteojos y se tambalea.
—Pues no sé ustedes, pero a mí ya me dio sueño. —Haguin bosteza sin el menor cuidado y se acomoda dentro de su sábana.
Los otros gervasillos, también cansados, se acurrucan cerca del brasero y escuchan con tranquilidad el viento nocturno, el croar de las ranas, la canción de los saltamontes, el ulular de los búhos. Poco a poco cierran los ojitos, arrullados por el crepitar del fuego y la mágica voz del bosque.
En cuanto a Waslow (que le queda poco para caer dormido) nadie le preguntó por su tesoro personal. En realidad no fue necesario. Siempre ha dicho que la bufanda de su hermano es su amuleto de la suerte.