3_Una decisión inesperada (continuación)

4803 Palabras
Al llegar al muelle escucha que un montón de vocecitas lo llaman con angustia desde lejos. Waslow (inquieto aún por el misterio del vagabundo) mira en la distancia la luz de una lámpara que se acerca a él a toda velocidad gritando ¡Por aquí! ¡Vengan todos! ¡Lo encontré!             Es Pilgrim, y detrás de él viene Erwin, Haguin y Blín.             —¡¿Dónde diablos te habías metido?! —Pilgrim sostiene la lámpara de aceite a la altura de sus ojos—. Llevamos horas buscándote. Tu padre está furioso. Tienes a toda la ciudad tras de ti. —Y señala un montón de lucecitas en la oscuridad que vienen en camino.              Pero Waslow está distraído. Poco le importa que la ciudad entera saliera en su búsqueda. Su pensamiento sigue en los lobos zombi, en la noche tenebrosa con la luna amarilla en el cielo.             —Pensamos que te habías perdido. —Haguin se siente aliviado y abraza a Waslow con sus voluminosos brazos peludos. El gervasín casi se desinfla y percibe un delicioso aroma a tocino en todo su cabello ensortijado y pelirrojo.             —Estoy bien —revela Waslow con incertidumbre, mirando de manera intranquila los confines del bosque—. De verdad estoy bien. Es sólo que…                Sin poder terminar, oye los gritos de su padre a lo lejos —y corrobora que es él al distinguir su brillante calvicie—, abriéndose paso entre la muchedumbre, lanzando maldiciones mientras los gervasillos se apartan alarmados.             —¡Que me parta un rayo, Waslow Pepperndli! —Exclama el alcalde furioso, iluminado ligeramente por el fuego de varias antorchas—. Es el colmo contigo. —Y le pellizca una oreja para reprenderlo. Waslow regresa de su inquietud al sentir el dolor—. No entiendo por qué siempre desafías mi autoridad. No sólo faltas al examen, sino que tienes a la ciudad entera buscándote por horas. ¡No puedo creer que seas tan desconsiderado!             Antes que Wilfredo siga con su sermón, el vagabundo (todavía atado a la popa de la canoa) suelta un lastimoso quejido. Todos reaccionan conmocionados: la noche está tan oscura que nadie puede verlo. El alcalde suelta la oreja de su hijo lentamente, y ajustándose su monóculo, se acerca despacio al muelle. Su corazón late aprisa, y con la ayuda de una lámpara, alumbra débilmente la gruesa oscuridad, lanzando un chillido.             Los gervasillos retroceden sobresaltados y los guardias levantan sus porras, listos para atacar. Waslow se apresura a detenerlos.             Wilfredo, un tanto sorprendido, le pregunta con incredulidad:             —Waslow, ¿tú, tú trajiste a este intruso?             —Sí, papá —responde el gervasín, metiéndose al agua y desatando al vagabundo para arrastrarlo a la orilla—. Lo rescaté de una jauría de lobos que lo estaba persiguiendo. Está muy malherido.             Un montón de cuchicheos preocupados se oyen entre la multitud. Pilgrim, Haguin, Erwin y Blín se miran con sorpresa. Comienzan a creer que su amigo ha perdido la razón.             —¡Qué insensatez! —Le reprocha el alcalde en voz baja, vigilando atentamente al vagabundo por si decide despertar—. Lo que me faltaba: problemas con los lobos. Randall estará muy enojado cuando sepa que interviniste en sus asuntos. Gracias a ellos ningún enemigo dio jamás con el paradero de Hojalarga. Ahora tú trajiste uno.             Los gervasillos se ponen nerviosos al escuchar a Wilfredo tan enojado. Algunos prefieren regresar a casa y cerrar las puertas bajo llave.             —Avisen a Randall de inmediato. —Ordena el alcalde a sus guardias—. A esta hora debe estar cerca de Olmotriste. Él sabrá qué hacer. Seguramente su manada perseguía a este loco por alguna razón.             —Estos lobos eran diferentes, papá. —Le advierte Waslow, recordando el horroroso aspecto de las bestias—. No parecían guardines de la manada de Randall. Tenían los ojos púrpuras y sus hocicos echaban espumarajos verdes. Creo que estaban envenenados.             Las palabras de Waslow inquietan a todos —incluyendo a los guardias más intrépidos— y muchos comienzan a murmurar en voz baja. Wilfredo, un poco intranquilo, y notando en los gervasillos un montón de rostros preocupados, decide ignorar a su hijo ordenando de nueva cuenta: —Ya basta con los rumores. Llamen a los lobos dije.             El vagabundo, apenas recupera la conciencia, escucha estas últimas palabras y se levanta gritando ¡Ladrones! ¡Monstruos! ¡Asesinos!             Los gervasillos, presos del pánico, se espantan de tal manera que corren de un lado a otro sin saber qué hacer. El vagabundo, aterrado por no saber dónde está, y creyendo que los lobos zombi aún lo persiguen, que sus rabiosas dentelladas quieren destrozarle el cuello, cojea despavorido hacia el bosque hasta que, en un descuido, se golpea la cabeza con una gruesa rama, perdiendo otra vez el conocimiento.   De regreso en Hojalarga, los gervasillos habían atado las manos del vagabundo, llevándolo  al hospital para curarle su pantorrilla malherida. Al ver que no cabía en ninguna cama _imagínate semejante grandulón—, no tuvieron más remedio que ponerlo dentro de un tronco hueco tumbado en el jardín, alumbrado por ardientes luciérnagas y con un montón de champiñones gigantes como almohada y un puño de hojarasca como cama. El vagabundo ronca plácidamente al mismo tiempo que dos escuderos marchan de aquí para allá, vigilando que nadie se le acerque.             El alcalde redobla la seguridad en los Cinco Rincones y, por primera vez en la ciudad, la noche se siente intranquila. Muchos corren las cortinas de sus casas y cierran la puerta bajo llave; otros apagan con desconfianza las velas y se asoman recelosos por la ventana. Los serenos apuran sus rondas y las tabernas se vacían rápidamente. Los que sobran corren de prisa por las calles, temiendo que algún mal los esté siguiendo si no miran sobre sus hombros con frecuencia.             En su oficina, Wilfredo camina en círculos. Está más paranoico de lo normal. La luz de una lámpara ilumina débilmente su ojo tuerto, dándole un aspecto trágico. Como si sus pensamientos estuvieran ligados a la oscuridad del bosque, o a los tétricos ruidos que se alargan en los callejones de la ciudad, revolviéndose con la neblina y el flemático aullido del viento.             —Papá, por favor, tienes que creerme. —Le suplica Waslow luego de verlo tan nervioso, ajustándose el monóculo una y otra vez—. No creo que el vagabundo sea una amenaza. De hecho, era él quien estaba en peligro. Esa jauría de lobos zombi le perseguía para matarlo. Si tan solo pudiéramos saber el por qué.             —¡Es suficiente con tus historias! —Wilfredo luce bastante consternado. Oírlo hablar sólo empeoró las cosas—. Nada de esto hubiera pasado si hubieras seguido las reglas. Pero no. Tenías que desobedecer, ¡tenías que irte de pesca!             Waslow está disgustado con la exageración de su padre. Quiere contradecirlo, pero decide callar y aguantar el sermón. Sin embargo, en su cabeza continúa flotando aquel mal presentimiento, aquel peligro invisible acechándolo entre los árboles. Ahora el vagabundo estaría muerto, y quizá los lobos zombi hubieran llegado a Hojalarga igualmente.             —¡No sólo trajiste un forastero con quién sabe qué intenciones! —El alcalde levanta las manos con dureza—. También pusiste en peligro a cada uno de los gervasillos que vive aquí. Por primera vez en muchos años se sienten inseguros. Y todo por tu culpa.              —No podía dejar que los lobos le atraparan —se excusa Waslow, esta vez con la esperanza de convencerlo—. Mi deber era ayudarlo.             —¡Tu deber es para con nosotros! —le grita su padre. Waslow nota la vena acentuándose en su frente y desiste en su intento por persuadirlo.             Uno de los guardias llama a la puerta, avisándoles de la llegada de Randall y rompiendo así la tensión entre ambos. Wilfredo se apresura a salir sin que su cólera le permita conmoverse de su hijo. Waslow se queda bajo los lúgubres retratos de sus parientes, cuyos ojos aceitosos le miran con desdén mientras continúa pensando en los lobos zombi y la truculenta sombra cerniéndose sobre el bosque.              Afuera, Randall, acompañado por su séquito de lobos, le dice: —Vine tan rápido como pude. —El alcalde sigue igual de nervioso—. Llévame con el intruso y resolvamos este misterio.             Wilfredo encamina a los lobos hasta el jardín del hospital; les explica lo sucedido y pide disculpas cada vez que resulta posible, como sintiéndose culpable. Por otra parte, Randall está desconcertado. No recuerda haber enviado a su manada a vigilar la parte septentrional del bosque, mucho menos a atrapar forasteros y herirlos. En cuanto llega al tronco hueco donde está acostado el vagabundo (quien continúa roncando plácidamente), le olfatea con detenimiento. Observa con atención sus andrajos malolientes y raídos, su barba hirsuta y marrón, su cabello con pequeñas ramas asomándose, sus pronunciadas ojeras, los rasguños en su piel. A una señal pide a las enfermeras que lo despierten. Las gervasillas untan aceite de menta bajo su nariz y logran que el vagabundo abra los ojos. Cuando se aclara su vista mira de cerca a Randall y grita asustado. Intenta desatarse, pero el dolor en su pantorrilla le obliga a desistir.             —¡Aléjense de mí, malvados! —El vagabundo se retuerce dentro del tronco y mira la multitud de gervasillos asomarse detrás de los arbustos—. Si me matan estarán en serios problemas.             Las enfermeras le ofrecen jarabe en un cucharón, pero el vagabundo se apresura a escupirlo creyendo que se trata de veneno.             —¡Quítenme las manos de encima, malditos gatos pulgosos! —Vuelve a gritar alarmado—. ¡¿Quiénes son ustedes?! ¡¿Qué quieren hacer conmigo?!             —¡Silencio! —Randall enseña sus filosos colmillos—. Seré yo quien haga las preguntas.             El vagabundo se calla repentinamente, temiendo que el lobo lo destroce de una dentellada. Tiembla tanto que es casi imposible que las enfermeras le zampen el cucharón con jarabe. Luego de unos minutos, al ver que ajustan su vendaje y le ofrecen un cuenco con agua, el vagabundo comprende que no está en peligro y se sosiega.             —Dime tu nombre. —El lobo le mira con desconfianza.             —Me, me llamo Percival. —Tartamudeo. Estoy muy nervioso. ¡Así es! No olviden que yo escribí esta historia…             —Me dicen que miembros de mi manada te perseguían por el bosque —continúa Randall—. ¿De dónde vienes, forastero? ¿Cómo conseguiste cruzar las fronteras septentrionales?             —Señor Lobo, no hay tiempo para sus preguntas —le digo, tratando todavía de desatarme para escapar—. Tengo que irme. Debo entregar una noticia muy importante en Longorn.             —Eso lo decidiré yo. —Randall gruñe con menos paciencia, mostrando nuevamente sus afilados colmillos. Al parecer el nombre de Longorn no lo desconcierta—. Por tu aspecto adivino que llevas huyendo varios días. ¿Qué asuntos tienes aquí?              —Le juro que ninguno, señor Lobo. —Insisto con desesperación—. Sólo que no tenía más remedio; estaba siendo perseguido. —Levanto mis amarras y le suplico—. Ahora desáteme, por favor. Corremos un grave peligro. Tengo que llevarle un mensaje urgente a Sirion.             —¡¿Sirion?! —Randall abre los ojos con sorpresa. Ese nombre sí lo conoce—. ¿De dónde conoces al mago?             Estoy tan nervioso que trato de desatarme por última vez mientras el lobo me exige que hable. Waslow, quien había escuchado a escondidas, se entromete en el interrogatorio para sorpresa de todos.             —Randall, tienes que creerle —dice el gervasín—. Yo soy testigo de todo lo que sucedió.             Wilfredo, enojado porque su hijo no se quedó en la oficina, y porque teme que empeore la situación, le exige que se calle. Pero Waslow, sin importar que su padre le reprenda, continúa hablando. Randall, quien lo escucha con atención, le interrumpe cuando menciona a los lobos zombi.             —¿Lobos zombi? —repite con inquietud, ensombreciéndosele su mirada.             —¡Sí! —asiente el gervasín—. Eran gigantes. Olían a podrido. Tenían ojos púrpuras y parecían envenenados. Te aseguro que no eran miembros de tu manada.             Randall, bastante sobresaltado, se vuelve conmigo, preguntándome entre gruñidos.             —¡¿Qué mensaje debes entregarle al Mago Silvestre?! Habla, vagabundo.             Aunque había jurado no revelar nada de la misión, sus aterradores gruñidos acaban convenciéndome. Le respondo muerto de miedo:             —Uno muy urgente, señor Lobo. Sirion me envió junto con otros aliados a espiar los horizontes baldíos. Allí fuimos emboscados por una legión de trasgos. Yo logré escapar. Pero los otros no tuvieron la misma suerte.             —¿Por qué te emboscaron?             —Por, por lo que vi, señor Lobo —tartamudeo lleno de horror, recordando el peligro y las monstruosidades que casi me matan—. Hace tiempo mi amo sospechaba de un mal reuniéndose más allá del Yermo y nos pidió que fuéramos en una misión secreta. Al llegar, los rumores resultaron ciertos.             —Qué rumores. —El lobo me obliga a hablar.             —Los de una maldad desconocida que se urde bajo nuestras narices, Señor Lobo—. Le digo con zozobra, queriendo que acabe con su interrogatorio—. Se mantiene secreta, moviéndose sigilosamente, aprovechando la paz en nuestros reinos.             —¡Eso es imposible! —Randall parece más alarmado que antes—. Todo esto es una invención tuya. Hace años que la oscuridad abandonó estas tierras.             —Yo tampoco lo quería creer, señor Lobo, hasta que esos monstruos nos emboscaron. —Mi voz suena temblorosa y acobardada—. No le miento. Hay una fuerza maligna muy interesada en mantenerse oculta. Ahora desátenme, por favor. No hay tiempo que perder.               Randall, ofuscado por lo que le dije, da la media vuelta y camina lentamente hacia el alcalde. Yo le vuelvo a suplicar cuando noto que sigue sin darme crédito:   —¡Señor Lobo, tiene que creerme! Corremos un grave peligro. Los lobos zombi son sólo el comienzo. Si no actuamos rápido, más criaturas caerán bajo el embrujo.             Randall está turbado. En su corazón comienza a crecer una incertidumbre que nubla rápidamente sus pensamientos. Los gervasillos están confundidos. Y el alcalde, al ver al lobo tan silencioso, teme que todo el asunto sea verdad.             —¿Crees cada palabra de lo que te dijo? —Wilfredo se esfuerza por bajar la voz, cuidando que nadie lo oiga. Pero Waslow aguza su oreja velluda y escucha con atención.             —No lo sé —contesta el lobo, ensombrecido sus ojos—. Pero si realmente fuera un enemigo, su malicia hace tiempo lo hubiese delatado.             —Entonces, ¿qué hacemos? —El alcalde mira con su ojo bueno a la multitud de gervasillos espiándolos con desconfianza. Su voz sigue con ese tono susurrante.             Randall mira con inquietud cómo el vagabundo sigue suplicando que lo desaten. Reflexiona un minuto y, al final, toma una decisión.             —Mantenlo vigilado. —Le pide a Wilfredo—. Redobla la seguridad si es posible. —Luego se acerca conmigo, y esta vez no luce tan amenazador, sino preocupado—. Mi manada y yo iremos a averiguar qué sucede en los altos bosques. Si todo resulta cierto, volveré mañana al atardecer y yo mismo llevaré el mensaje.             No luzco convencido, incluso la idea me pone más nervioso. Pero al no tener más alternativa —y con ello me refiero a la dolorosa herida en mi pantorrilla—, desisto de mis arrebatos y consiento su plan.             Waslow, al ver a Randall próximo a partir, le ruega que lo deje acompañarlo.             —Tú quédate. —La negativa del lobo es indiscutible—. Por lo que veo harás más falta aquí que adónde voy. Confío en ti para que no pierdas de vista al vagabundo. —Randall mira escrupulosamente al gervasín para luego advertirle—: No hagas ninguna tontería en mi ausencia. La más mínima insensatez puede costarnos caro.             Habiendo dicho esto, Randall lanza un largo aullido que se escucha en todas las inmediaciones del bosque. Otros lobos, en lo lejano, responden a su llamado rápidamente y se unen a él, perdiéndose después en la oscuridad.             Waslow, con el corazón sobrecogido, los mira alejarse, acechado todavía por esa sensación de peligro y la angustiosa sospecha de que algo malo está por pasar.   Lo más terrible es cuando Randall no regresa la tarde siguiente; ni la otra, ni la que sigue, y así por cuatro días más. Waslow, que todas las mañanas esperaba verlo en el lente de su telescopio, revisando hasta el arbusto más minúsculo del bosque, comienza a sospechar que el lobo tuvo problemas en el camino. Una tarde, mientras me retuerzo dentro del tronco por culpa de una picazón en la espalda, le digo bastante preocupado:             —Esto me da muy mala espina, chico gato. El jefe lobo seguro se metió en problemas—. Una enfermera gervasín me da una cucharada de jarabe para los huesos. Está riquísimo.             —No digas locuras. Randall es el más poderoso de los animales del bosque. —Waslow intenta calmarme, pero puedo notar una sombra de preocupación en sus ojos—. Si está tardando tanto es porque quizá encontró alguna pista.             —¡Tonterías! —Hago una mueca de dolor por culpa de mi pantorrilla, la cual está vendada con suaves hojas de nogal y está aceitada con un líquido oloroso a fresas. Le digo una vez que pasa el dolor—: La oscuridad crece, chico gato. Y mientras esté atado, temo que el mal tome ventaja.             Waslow se siente abrumado por lo que dije. Suspira con preocupación y en su cabeza se agita una sombría incertidumbre que lo obliga a mirar de nuevo por su telescopio, buscando cualquier señal que le brinde un poco de esperanza. Por desgracia ni Randall ni su manada aparecen. Angustiado, va en busca de su padre, pidiéndole que disponga mensajeros a mi servicio para que lleven cuanto antes el mensaje.              —¡¿Te has vuelto loco?! —El alcalde revisa detalladamente algunos pergaminos concernientes a la seguridad de Hojalarga—. No expondré a mi gente a los peligros del mundo abierto. Por lo que escuché, aquel mago que el vagabundo mencionó vive más allá del Bringuas, en Longorn, el Bosque Laberinto. —El alcalde ajusta su monóculo, viendo a su hijo con severidad—. Y por si no lo sabes, es un lugar donde los árboles son tan grandes que el sol no se asoma, lleno de brujería y elfos y quién sabe cuánta maleza venenosa.             —Padre, Randall tiene varios días sin aparecerse. —Waslow se lo recuerda, perturbándolo más—. Nunca antes había tardado tanto para traer noticias. Si lo que el vagabundo dice es cierto, entonces no hay más tiempo que perder.             —¿Y si todo es una mentira? —Wilfredo deja a un lado los pergaminos. Entrelaza sus dedos pequeños con rigidez—. Mi respuesta es no. Exponer a un par de mensajeros al peligro no sería conveniente.             —Entonces envíame. —Waslow sale con la idea tan de repente que el alcalde casi deja caer su monóculo al abrir tanto su ojo bueno.             —¡¿Qué demonios estás diciendo?! ¡¿Acaso crees que enviaré a mi último hijo a lo desconocido?!             —Pues alguien tiene que entregar el mensaje, papá. —Waslow le mira con firmeza, cruzándose de brazos. En secreto nada le gustaría más que aventurarse en una misión como esta, donde pudiera poner a prueba su intrepidez de antaño.             —¡Un mensaje basado en qué! —El alcalde se encoge de hombros y abre las manos—. ¡¿En las invenciones de un viejo loco?!             —¡No son invenciones! —Waslow está profundamente molesto con el escepticismo de su padre.             —Claro que lo son. —El alcalde usa un tono más intransigente—. Si le estás dando demasiada importancia es porque en tu tozuda cabeza estás convencido de que esta puede ser tu próxima gran aventura. —Wilfredo hace un ademán irónico que irrita a su hijo—. Lo siento, Waslow, pero no puedes andar por ahí creyendo que cualquier asunto de enormes proporciones se ajusta a ese destino que tanto deseas. Cuando Randall regrese, y regresará —su dedo índice hace la aseveración—, él se encargará de llevar el mensaje tan lejos como tenga que hacerlo. Y si no puede, entonces enviaremos pájaros; y si los pájaros no quieren, entonces enviaremos a cualquier otro animal hasta que entiendas que el mundo puede prescindir de ti.             Antes que Waslow pueda responderle, Cabeza de Nabo irrumpe en la oficina abriendo las puertas de par en par.             —¡Señor alcalde! —Su cara está más roja que de costumbre—. Uno de los lobos de Randall llegó malherido a la plazuela.             Waslow y Wilfredo, sobrecogidos por la noticia, corren a las escaleras, brincan los peldaños con impetuosa rapidez y se apresuran por los pasillos, abriéndose paso entre los contadores. Al salir del ayuntamiento encuentran al lobo desplomado en medio de la explanada, con varias mordidas en el lomo y babeando delgados hilos de sangre. Tras preguntarle qué había sucedido, el lobo jadea que tuvieron una batalla cerca del Matojo y que muchos de ellos fueron muertos. Wilfredo le pide noticias de Randall, pero el lobo, atormentado por una pesadillas secreta, vacila en responder. El alcalde siente entonces un repentino retortijón en el estómago. Deja atrás cualquier escepticismo que lo había hecho aferrarse a la seguridad de Hojalarga y llama a sus guardias para aventurarse en lo profundo del bosque y rescatar a Randall. Se pone su capa y, encendiendo una lámpara de aceite, le dice en voz baja a Cabeza de Nabo: —Atiendan de inmediato las heridas del lobo. Por mi parte, ignoro el peligro al que me dirijo. Pero, si todavía hay esperanza, no dejaré a Randall morir. Cuida en mi ausencia a Waslow y vigila que no haga nada estúpido—. Se lo dice como si ambos supieran que dejarlo solo sería el pretexto adecuado.             Wilfredo, revestido de un miedo palpitante, se pone la capucha y junto con sus guardias se adentra sigilosamente en la espesura del bosque. Cabeza de Nabo, mientras tanto, sigue con los ojos la luz de la lámpara hasta que ya no logra verla más, hasta que las pisadas del alcalde no son sino otro aleteo fantasmal detrás de los arbustos.             —¡Papá, papá! —Waslow estaba tan entretenido dándole agua al lobo que cuando advierte que su padre entró al bosque, la luz de la lámpara de aceite se había convertido en una pálida estela amarilla que flotaba. Antes de que avance más, Cabeza de Nabo le detiene por la espalda, diciéndole: —Tu padre ha ido a ayudar a Randall. Serás de más provecho si te quedas aquí y nos ayudas a nosotros.             Pero mientras Waslow le escucha decir eso en realidad su única preocupación es si volverá a ver a su padre con vida otra vez.               Sin perder más tiempo, dominado por un inexplicable arrojo, por la urgencia de combatir aquella oscuridad que sigue afuera, se dirige rápidamente al jardín del hospital, donde me encuentra comiendo una deliciosa rebanada de pastel de frutas.             —¡¿Cuál es el camino más corto a Longorn?! —Me pregunta el gervasín un poco histérico. Su repentina aparición me hace escupir el pastel—.Yo mismo llevaré el mensaje al Mago Silvestre. —Insiste, mirándome a los ojos con determinación.             —El camino es muy peligroso, chico gato—le digo, sintiéndome un poco desconcertado—. Ni siquiera los legendarios montaraces se aventuran tan lejos.             —Tendrás que poner a prueba mi valentía. —Waslow sigue sin vacilar, dominado por un misterioso coraje que lo hace lucir tres veces más alto—. Por lo que dijiste, el peligro se cierne sobre nosotros y el tiempo no está de nuestro lado.             Aunque estoy inseguro, no tengo más remedio que confiar en él. Me cercioro que nadie nos espía y saco de mi andrajoso abrigo un trapo color púrpura (algo mugriento y manchado de sangre) y se lo doy. Sin saberlo, en sus ojos comienza a hervir un temor. Waslow desdobla el trapo rápidamente y mira el símbolo de una calavera tenebrosa.             —No lo desdobles —le advierto, cubriendo sus manos con las mías y esperando que nadie nos haya visto—. Nunca sabes qué ojos te están viendo. La Calavera tiene muchos espías a su servicio. Empaca lo necesario. Sigue el Camino Quebrado hacia el oeste hasta llegar al Cruce del Bringuas. De allí continúa por el sureste. Hallarás tu destino detrás de las montañas, por el sendero verde hasta la Torre Mágica. Si me recupero pronto te alcanzaré en las profundidades del bosque. —Y me miro la herida en la pantorrilla.             Waslow da la media vuelta con cierta intranquilidad y, antes de partir, escucha una última indicación mía: —Vigila tu espalda a todas horas, hombre pequeño. Temo que tu osadía también sea tu sentencia de muerte. Pero en estos tiempos tan confusos, las corazonadas son lo único confiable.             Waslow luce más desasosegado que antes, como si ahora entendiera la dimensión del peligro al que se dirige. Retrocede lentamente, sin dejar de ver mis ojos suplicantes, y toma el camino hasta Troncón Rugoso pensando detenidamente en la misión que le ha sido encomendada. Yo me quedo ahí, sin tocar de nuevo el pastel, rogando a los dioses que la buena fortuna le dure hasta estar en manos del Mago Silvestre.             Ya en su casa, alerta a cualquier ruido repentino que venga más allá de las ventanas abiertas, con las cortinas agitándose como velo de fantasma, dispone de lo necesario en un zurrón: una barra de pan, un tarro de mermelada, la bufanda de su hermano, entre otras cosas que se ocupan para un largo viaje. También toma prestado el viejo garrote de su padre sobre la chimenea, aquel que utilizó en la Primera Guerra Tumultuosa y bautizó como el Magullador. Durante un momento contempla la dureza del nogal con incrustaciones de ébano y runas antiguas. Luego mira un viejo retrato donde está él sonriendo junto con toda su familia. Recuerda que esa foto sucedió durante sus vacaciones de verano en Cimasoleada, cuando solían viajar juntos y apreciar los atardeceres después de una rica tarta de durazno. Envalentonándose, se apresura a la puerta, donde Cabeza de Nabo (con el aliento entrecortado) se entromete en su camino.              —¡¿A dónde crees que vas, Waslow Pepperndli?!             —¡Hazte a un lado! —El gervasín, al ver que no se quita, levanta el garrote y amenaza con golpearlo en la cabeza—. El tiempo apremia y no tengo ganas de oír tu sermón.             —De ninguna manera te dejaré salir. —Cabeza de Nabo se aferra al marco de la puerta—. El vagabundo me confesó todo y no voy a permitir que cometas semejante estupidez. —Waslow no puede creer que lo haya pillado. Cómo hizo este zopenco para espiarlo—. ¡¿Acaso crees que un holgazán como tú puede llevar el mensaje?! —Cabeza de Nabo le mira con desaprobación—. Esta aventura te supera de muchas formas, bribón, y conviene más mantenerte encerrado a que cometas una imprudencia. Hice bien en escuchar a tu padre, no te podemos dejar solo un minuto. En cuanto regrese, ten por seguro que…             Waslow, cansado de oír al secretario, le dice con sarcasmo:             —Prometo que sólo te dolerá un poquito.             Cabeza de Nabo no sabe a qué se refiere y antes que pueda hacerse a un lado, Waslow le propina un garrotazo, desmayándolo y dejándole un enorme chichón en la frente. Le pide una disculpa al verlo despatarrado en el suelo con la lengua de fuera y sale de su casa a toda velocidad. Al adentrarse en la confusión de la noche vienen a su memoria algunos objetos inútiles que se le olvidaron y que ahora le serían de mucha ayuda; palabras que pudo haber dicho porque tenía bastante tiempo, pero no se animó por pereza o timidez; comidas que debió haber empacado y que jamás pensó que le harían falta; y personas que debió haber visto, pero no se le ocurrió tocar a sus puertas. Vuelve varias veces a mirar el camino que va dejando detrás. Imagina monstruos escondiéndose en los arbustos; ojos espías que lo vigilan a lo largo del bosque. Sin embargo, en ningún momento se detiene, sigue adelante, corriendo, recordando las palabras que solía decirle su hermano cuando viajaban: «Lo excitante de una aventura es que nunca sabes en qué momento empieza».  
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