Veinticinco años después de la Primera Guerra Tumultuosa, al valle regresa la tranquilidad de los días cotidianos. En las altas colinas brotan flores ardorosas, árboles frondosos con troncos altos y fuertes. Los pescadores lanzan sus redes a las aguas del río; los granjeros recolectan su primera cosecha de cebada. Y en el bosque de los Olmos Viejos, Hojalarga sigue prosperando en paz.
Es aquí, en la prestigiosa Universidad del Roble, donde la historia de los Granujas continúa. Verás, llega un momento en la edad de un gervasín en la que debe elegir cuál será su profesión. Quizá pueda ser un ingenioso juguetero, un creativo sastre o tal vez un prestigioso abogado. Lo que sea que elijan deben ser muy acertados, pues no hay nada más vergonzoso que un gervasín sin oficio.
Pilgrim, Haguin, Erwin y Blín están en la universidad recibiendo instrucciones del decano Caradura, un gervasín regordete y bien trajeado, con el cabello engominado y una espantosa verruga entre los ojos, quien les explica la aburrida dinámica del Gran Examen de los Oficios —o los GEO, como popularmente se les conoce— que será mañana. Cuando el decano empieza a nombrar a los alumnos advierte que Waslow no está entre ellos y pregunta a sus amigos por él. La pandilla sólo se encoge de hombros, murmurando desconcertados su posible paradero. Caradura, malhumorado por la irresponsabilidad de Waslow (y eso no es nada para asombrarse), los sermonea a todos con unas palabras bastante rígidas. «Y ahora, ¿dónde se habrá metido?», se preguntan sus amigos mientras el decano no para de hablar.
Lejos de allí, en las fronteras del Herbazal, Waslow espía a los zorros, los cuales hace un par de noches cometieron un atraco a la granja del viejo Hinski. Los muy abusivos, aprovechándose de su endeblez, o más vejez que endeblez, le robaron todas sus codornices, sin mencionar las tres canastas de huevos que tenía guardadas en el granero. Aunque la policía prometió encarcelarlos, los zorros continúan impunes y siguen disfrutando del botín.
El pobre Hinski jamás recuperó sus codornices. La policía no reúnió las pruebas suficientes e incluso el juez acusó a Hinski de difamación, diciendo que Ningún zorro tiene el apetito tan grande para comer tantos huevos. Hinski es sentenciado con una aparatosa multa, la cual merma la mayor parte de sus ahorros. Waslow —a quien le sobraban motivos para odiar a estas alimañas embusteras y tramposas—, decide valerse de su propia justicia después de que los zorros se declararan inocentes en el tribunal. Los sigue hasta su madriguera y, luego de vigilarlos por horas, planea un escarmiento bastante temerario. Quizá cuando los Granujas estaban juntos hubiera sido muy divertido, pero ahora que está por su cuenta tal vez no lo sea tanto.
Gracias al telescopio de su tatarabuelo puede observarlos desde el bosque sin ser descubierto. —Malditos canallas —dice en voz baja, arremangándose la bufanda mientras cuenta cuántos zorros hay—. Se arrepentirán de lo que hicieron.
Dentro de la madriguera, los zorros chupan y mastican huesos grasientos, burlándose de la desgracia del viejo Hinski. Eso enoja aún más a Waslow, quien ya urdió un plan (no muy inteligente) para desquitarse de ellos.
En lo alto de la colina, cerca de un frondoso abeto, el gervasín (casualmente) encontró una enorme roca para hacerla girar hasta la entrada de la madriguera, dejando a los zorros sin salida. —Ni se imaginan lo que viene —ríe con malicia, haciendo un montón de cálculos en su mente para que la roca siga el trayecto correcto.
Al pie de la colina, metidos en la madriguera, los zorros continúan succionando huevos, mofándose de los gervasillos que asistieron al juzgado y los declararon inocentes. —Fue tan fácil engañarlos —se carcajea uno de ellos mientras finge unos enormes ojos suplicantes que incluso a ti te dieran lástima—. Nadie se resiste a nuestra ternura —agrega entre risas otro y después aparenta unos ridículos pucheros arrepentidos. En eso un ligero temblor estremece la tierra. Los zorros, sin saber de qué se trata, se asoman al exterior, desconcertados. Al ver que una enorme roca viene rodando cuesta abajo hasta el vano de la madriguera, pegan un grito sin que puedan reaccionar a tiempo. Oyen un golpe seco y la madriguera se oscurece por completo. Los zorros, bastante asustados, corren de un lado a otro sin saber qué hacer, tropezando en la oscuridad y pisándose las colas. Entonces un rayo de luz aparece por un socavón en el techo. Los zorros levantan la mirada confundidos, y entre el fulgor y los aullidos distinguen una pequeña silueta sujetando un apestoso zorrillo.
Waslow, iluminado por la luz del sol, esboza una sonrisa bribona y arroja el zorrillo dentro de la madriguera, desatando un pánico terrible. Algunos zorros se desmayan por la pestilencia y otros meten la cara bajo el lodo. Pero Ren, el líder de la manada, furioso por el atrevimiento del gervasín, logra abrirse paso hasta el socavón, gruñendo y rasgando los matorrales, gritando muy enojado: —¡Te maldigo, Waslow Pepperndli!
El gervasín, que había subestimado la fiereza de los zorros, salta de la cima de la madriguera, huyendo despavorido hacia el bosque. Empieza a correr por entre los arbustos y retamas mientras el animal le pisa los talones, lanzándole violentas dentelladas que casi lo atenazan de la bufanda. Atraviesa troncos viejos, brinca encima de raíces nudosas, chapalea por lodazales pegajosos. Sin importar en donde se meta, el zorro arrasa con todo a su paso.
Durante la persecución, ambos irrumpen en el mercado de Hojalarga, causando un alboroto entre los ciudadanos. El gran tamaño del zorro derriba numerosos comercios, destruye incontables mercancías, rompe carretas, toldos, jarrones y cuanta baratija se cruce en su camino.
Desde luego los gritos de la muchedumbre alertan a todos los gervasillos, los cuales corren enseguida a presenciar la destructiva persecución. Pilgrim, Erwin, Haguin y Blín están boquiabiertos. ¡Un zorro en Hojalarga jamás sucedió en tiempos anteriores!
Por fin (y después de una gran destrucción) el zorro acorrala a Waslow cerca de una elevación. —Voy a destriparte, rata inmunda —Ren muestra sus afilados colmillos. Pero antes de morderle el cuello, el zorro huye despavorido cuando una sombra se extiende lentamente detrás del gervasín.
Waslow se pregunta qué lo habrá asustado así. Gira con cuidado la cabeza y se encuentra con Randall, el majestuoso capitán de los Lobos Gigantes. Avergonzado (con medio mercado hecho trizas detrás de él y uno que otro tenderete derrumbándose de manera inoportuna), no tiene más remedio que sonreír y aguantar la juiciosa mirada del lobo.
Lo lleva de inmediato ante Wilfredo, su padre, quien se apresura a reprenderlo por su insensatez.
—¡¿Pero qué diablos estabas pensando?! —Lo escuchan gritar todas sus secretarias en Boscón Ramoso—. No sólo pusiste en riesgo la vida de muchos ciudadanos, ¡sino la tuya!
Waslow no sabe qué decir. Está arrepentido, cierto, pero dentro de él todavía piensa que hizo lo correcto. El viejo Hinski merecía justicia. El alcalde continúa regañándolo: —¡¿Estás consciente del peligro al que te expusiste?! ¡Acabas de arrojar a la basura cien años de armisticio! Muy pronto los zorros tomarán represalias.
—Oh, vamos, papá. Era necesario darles una lección. —Waslow se distrae con una gruesa lupa sobre el escritorio y examina un mapa del Valle para ya no seguir escuchando el sermón de su viejo—. Fue injusto lo que le hicieron a Hinski. Se rieron de él en el juzgado. No podían salirse con la suya.
—Aun así sigue siendo un asunto del tribunal, ¡no tuyo! —Le increpa Wilfredo, arrebatándole la lupa de malhumor—. No debiste entrometerte. Provocaste la destrucción de medio mercado, sin mencionar los futuros atracos que ocasionarán los zorros a nuestras diligencias en los Caminos de Piedra.
—Papá, no exageres. —Waslow le da la espalda y pone atención a un retrato en la pared de quién sabrá que pariente. Parece importarle poco lo que le diga.
—¡No exagero! —Wilfredo golpea el escritorio muy enojado. Waslow gira deprisa, con los ojos bien abiertos. Nunca imaginó que se enfadaría tanto—. No es la primera vez que metes en problemas al ayuntamiento. Primero los tejones, luego las liebres, ahora los zorros. ¡Nos estás dejando en ridículo!
Un silencio se prolonga entre ambos. Wilfredo exhala profundamente. Le dice mientras limpia su monóculo con un pañuelo y la luz de la tarde ilumina su ojo tuerto: —Lamento que la ley perjudicara al viejo Hinski. De verdad. —Waslow encaja las manos en sus bolsillos y hace una mueca, decepcionado—. Pero este tipo de comportamiento no es digno de un verdadero Pepperndli. Venimos de un antiguo linaje de diplomáticos. Algún día, cuando ocupes mi lugar como alcalde, deberás conducirte con madurez ante estos problemas. Jugar bromas pesadas, o, o peor aún, buscar venganza, no es lo que más conviene a Hojalarga. Pórtate a la altura de tus antepasados. —Y señala con orgullo los retratos de sus parientes, gervasillos enjutos y pretenciosos con suntuosas corbatas estampadas.
Waslow les saca la lengua. Su padre frunce el ceño.
—El decano Caradura me dijo que tienes un mes sin ir a clases. ¡Un mes! —Wilfredo resalta semejante irresponsabilidad—. El Gran Examen de los Oficios es mañana y pierdes el tiempo creando problemas—. Luego, señalándolo con el dedo índice, le amenaza con dureza—: Te lo advierto, Waslow, es hora que crezcas y pienses como un adulto. Ya es tiempo que olvides estas tonterías y empieces a pensar en tu futuro. Harás ese examen y después te postularás para alcalde. ¡Los días de los Granujas se acabaron!
Waslow se enfurece al escuchar esto y en sus ojos brilla un resentimiento.
—¡Qué lata! —Refunfuña el gervasín, dirigiéndose a la puerta y enrollándose la bufanda de un tirón—. Si Wilton estuviera aquí, no hubieras dicho eso.
Wilfredo recapacita y se apena al recordar la ausencia de su hijo. Antes que pueda remediarlo, Waslow azota la puerta, dejándolo terriblemente solo. El alcalde se tira sobre su silla y coge el retrato de Wilton encima de su escritorio. Recuerda la primera vez que lo llevó de pesca y tuvo la suerte de atrapar una jugosa lubina de metro y medio. Era tan pequeño que el pescado lo arrastró a las profundidades del río, llenándole los calzoncillos con lodo, algas y renacuajos. Pero Wilton se aferró con tanta fuerza a la caña de pescar que acabó agotando a la lubina y la arrastró a la orilla por su cuenta. Nunca había estado tan orgulloso. Es una lástima que el ruidoso reloj cucú lo interrumpiera, y que sus campanadas le recordaran que Wilton sólo vivía en su memoria.
Afuera del ayuntamiento, Randall, el lobo, alcanza a Waslow con estas palabras: —No deberías preocupar así a tu padre, muchacho.
El gervasín lo ignora y sigue su camino. Sus zancadas suenan furiosas.
—Tu padre no quiere perderte —insiste Randall con un tono más conciliador—. Por eso te protege tanto.
—¿Protegerme? ¡Pamplinas! —Exclama el gervasín de malhumor, recordando todavía las últimas palabras de Wilfredo—. Mi padre es un viejo chiflado que se alarma por todo. Siempre está encima de mí. Estoy bastante grande para hacer lo que me venga en gana. Nadie me dirá cuándo dejar de ser un Granuja.
Randall continúa caminando detrás de Waslow.
—No te pongas necio, muchacho —le dice el lobo—. Debes admitir que no fue inteligente molestar a los zorros.
—¡Cielos! Suenas igual que él —rezonga el gervasín, apresurando el paso para ya no hablar más con el lobo—. Siempre buscan el peligro en todas partes. No hagas esto, es muy arriesgado; no vayas allá, es muy inseguro. Estoy harto de tantas reglas. ¡Quiero tener aventuras, Randall! ¡Aventuras!
El lobo, que siempre es muy sensato con sus consejos, le dice:
—Quizá tu padre tiene razón y sea tiempo de madurar, muchacho. —Randall se detiene frente a él y le mira con seriedad—. Es doloroso, pero debes aceptar que el tiempo de los Granujas se acabó. Ahora que tu hermano ya no está, tú podrías ser el próximo alcalde de Hojalarga. Convendría tener un líder igual de sabio.
—Yo no quiero sentarme detrás de un escritorio a sellar documentos —reniega Waslow—. Yo quiero tener aventuras, viajar más allá del bosque como solía hacerlo. No quiero despertar un día sin otra cosa más que una barba tiesa y dolores en la espalda.
—¡Cuidado con lo que dices, Waslow Pepperndli! —El gervasín parece haber acabado con la paciencia del lobo. Su actitud insolente desaparece al verle los colmillos—. Otros no tuvieron la suerte de vivir para recordar con nostalgia sus años idos. Ten respeto por los que pagaron caro su valentía. —El lobo se sosiega luego que Waslow se siente arrepentido—. Es hora de crecer, muchacho —Randall suena desalentador. Como si lo que dijera fuera en extremo indolente—. La vida no se detuvo con la muerte de tu hermano.
Randall, apesadumbrado por lo que dijo, se aleja de Waslow y se adentra poco a poco en el bosque, dejando al gervasín meditabundo, imaginando el lejano c*****r de Wilton siendo cubierto por copos de nieve.
Esa noche, en la Liebre Saltarina, los gervasillos celebran la abundante cosecha de la temporada. Un trovador, en lo alto de las escaleras, canta viejas canciones que animan a los comensales que no paran de chismorrear. Los borrachos hinchan de risa el salón, sirviéndose directamente de las barricas, mientras otros juegan a las cartas, apostando incluso la tenencia de sus esposas. Las camareras corren con bandejas repletas de humeantes salchichas asadas y el tabernero viene del sótano con suculentas ruedas de queso amarillo.
En una mesa al fondo, lejos del bullicio de la taberna, los Granujas se reunieron a beber un par de cervezas espumosas. Y después de una divertida plática concerniente a los gervasillos que arrestaron por orinar en la vía pública, Erwin se dirige a Waslow.
—Vaya lío que armaste. —Le dice, atizándose el delgado bigote con petulancia—. Ese zorro se llevó más de la mitad de la ciudad entre sus patas.
—Es verdad. Fue muy peligroso, Waslow. —Pilgrim arquea las cejas y, luego de señalarlo con su tarro, le da un generoso trago a su cerveza—. El zorro pudo haberte devorado. ¿No tuviste miedo?
—¡Por favor, chicos! —Waslow ríe con insolencia. Sabe muy bien que la han librado de cosas perores—. Antes solíamos hacer hazañas más peligrosas que eso.
—Es cierto. —Blín se acomoda sus enormes gafas sin armazón. Luego añade con puntualidad—: Cuando éramos más jóvenes—. Waslow tuerce los ojos al oírlo. Al parecer el sermón de su padre hizo eco en sus orejas—. Ahora ya hemos perdido rapidez; y a nuestra edad, pensar en la aventura suena ridículo.
Waslow no da crédito a lo que escucha; sólo resopla enfadado y sigue con su mueca nada amigable mientras unos gervasillos celebran una partida de dardos al fondo.
—En lo que deberías estar pensando es en el GEO. —Pilgrim logra que todos asientan a su favor—. Es un examen muy importante, Waslow. La única manera que postularte a la alcaldía es aprobándolo.
—Yo aprobaré el examen para ser cocinero. —Haguin entierra su tenedor sobre la corteza de una deliciosa rebanada de pastel, como imaginándose en su propio restaurante.
—Y yo bibliotecario. —Blín se acomoda nuevamente sus gafas sin armazón.
—Y yo un farmacéutico. —Erwin se pica el pecho con el dedo pulgar bastante pretencioso.
Todos empiezan a fantasear sobre su futuro hasta que Waslow los interrumpe de mala manera.
—¡Vaya montón de aburridos! —Los gervasillos se sienten ofendidos y callan hasta que sólo se oye el bullicio de la taberna—. Si Wilton los escuchara seguro se revolcaría en su tumba. Ningún examen decidirá mi futuro.
—Pues en Hojalarga las cosas son así. Incluso tu hermano lo sabía. —Erwin no le pareció nada agradable que lo llamara aburrido—. No puedes andar por el mundo buscando problemas, viviendo una aventura tras otra por miedo a afrontar la realidad —le dice—. El tiempo de la aventura se acabó.
Waslow da un último trago a su cerveza (uno muy enojado por cierto) y se levanta indignado. Sus amigos le ruegan que vuelva a la mesa, pero el gervasín no hace caso y se va.
Camino a casa, Waslow patea los guijarros de la vereda pensando en los días pasados, cuando el peligro no era sino una exageración de los adultos. ¿Y si sus amigos están en lo cierto y los tiempos de aventura se han extinguido? ¿Qué tal si es inevitable que la conciencia de los años lo vuelvan a uno aburrido? Se detiene a mirar la luna en el cielo, y recordando a su hermano cuando lo llevaba a ver las estrellas lejanas, se arremanga su bufanda temiendo que tales ideas sean verdad.
El día del Gran Examen de los Oficios decenas de alumnos se forman fuera de la universidad, estudiando con urgencia un montón de apuntes desordenados y gruesos libros enciclopédicos. Sólo se les escucha murmurar muy nerviosos Cinco más cinco es igual a gato, la luna es la lámpara del cielo, los lobos son vegetarianos. Aunque es probable que después les digan lo equivocados que están (imagínate escribir algo así en tu examen), por ahora siguen leyendo hasta el cansancio, memorizando un sinfín de información para obtener una nota aprobatoria. Recuerden que este examen definirá su profesión dentro del reino. Por lo tanto no es extraño ver gervasillos mordiendo lápices y algunos otros lamentándose en posición fetal.
Pilgrim, Erwin, Haguin y Blín (este último cargando con un montón de libros), se detienen frente a casa de Waslow y le gritan que van tarde al examen. Pero el muy desvergonzado, en vez de salir con apuntes como los demás, aparece con una caña de pesca, un gorro de pescador con anzuelos y un sucio balde de carnada rebosante de gusanos retorciéndose. Sus amigos están sorprendidos.
—¡¿Qué diantres crees que estás haciendo?! —Le reclama Pilgrim al verlo dirigirse al río sin ninguna preocupación.
—Voy a pescar una jugosa trucha para la cena. —Waslow esboza una sonrisa tan insolente que sus amigos por poco le dan de coscorrones.
—No hay tiempo para pescar. Vamos tarde al examen. —Blín se asoma por encima de los libros—. Si no lo presentas hoy, acabarás sin oficio.
—Me da igual. —Waslow se cerciora de llevar suficiente carnada—. Vayan ustedes, mentecatos. Prefiero relajarme todo el día antes que pensar en números y fechas que no me sirven.
—Estás cometiendo un error. —Erwin se cruza de brazos y mueve la cabeza de un lado a otro, desaprobándolo—. El decano no te dará otra oportunidad.
—Sé razonable, Waslow. —Haguin se entromete con un tono conciliador—. Siempre hay tiempo para la diversión. Pero a veces lo aburrido viene primero.
—¡Patrañas! —Exclama el gervasín, colocándose la caña de pescar en el hombro—. Las responsabilidades te hacen viejo. Tiempo hay muy poco y hoy amanecí con ganas de pescar.
—¡Qué testarudo eres! —Pilgrim agita su puño con ganas de darle un puñetazo. Sigue sin creer semejante desfachatez—. Lo arruinarás todo por un capricho.
—No me importa —contesta el gervasín con insolencia—. Ningún examen me dirá qué hacer con mi vida. Y si no piensan acompañarme a pescar, ¡nos vemos luego!
Waslow da la media vuelta y toma el camino al río. Sostiene firmemente su caña de pescar y se aleja dando unos pronunciados pisotones. Blín, preocupado por alcanzarlo, es detenido por Pilgrim, quien no deja de preguntarse en secreto si esta actitud tendrá que ver con aquel dolor del que Waslow nunca habla.
Tan pronto llega a las orillas del río Worms, Waslow coge una canoa del muelle, pone dentro su balde de carnada, su caña de pescar, y se aventura en las tranquilas aguas envuelto en el rumor de una mañana maravillosa. Los pájaros trinan entre las ramas de los árboles hechizando las profundidades del bosque; los ciervos saltan sobre los pedregales mientras las libélulas flotan encima de los nenúfares; las abejas zumban alrededor de los rosales y las hormigas se meten una tras otras en troncos musgosos. El gervasín sonríe entusiasmado, aspira todo el aire limpio que puede y mira con regocijo el paisaje. Después arroja a las profundidades el hilo con el cebo, y mientras espera que una trucha distraída muerda el anzuelo, se acuesta a descansar, arrullado por el vaivén de la corriente. Al cuerno con esos aburridos. Puedo divertirme solo. Waslow se despereza, y luego de bostezar largamente, cierra poco a poco los ojos hasta verse atrapado en la fantasía del sueño.
Tiene una pesadilla (bastante extraña a decir verdad) donde mira a su hermano Wilton vestido con su reluciente armadura de caballero. Delante de él, en lo profundo de una hondonada marchita —salpicada de árboles muertos y nublada por vapores venenosos—, un enorme ejército marcha hacia una torre oscura que luce asaz amenazadora. De la cima de dicha torre se eleva una sombra alada y, a su señal, se abren unas largas puertas de hierro con impresiones demoniacas que dejan libres a numerosos monstruos. De pronto un humo en la forma de una calavera se abre paso entre las hordas, devorando a su hermano y a sus amigos y arrastrándolos a la oscuridad.
Waslow despierta asustado. La amarga sensación de esa pesadilla se trepa a su corazón como un mal presentimiento. El sol ya está por ocultarse y la corriente del río lo arrastró muy lejos, más allá de las fronteras de Siempreverde. Al percatarse de ello se moja el rostro para espabilarse y después coge el remo debajo del asiento. Mientras paletea río arriba se siente desanimado y cae en cuenta que Pescar solo no es tan divertido. En eso escucha a lo lejos unos espantosos aullidos, la inquieta prisa de un cuerpo tropezando entre los arrayanes y rododendros. Waslow, intrigado por el ruido, aguza las orejas velludas y trata de adivinar de dónde proviene. Los pasos suenan cada vez más estrepitosos, moviéndose rápidos en la hojarasca, saltando aquí y allá por los laberintos silvestres. Surge entonces un vagabundo harapiento y desgarbado en medio de los árboles, huyendo despavorido de una jauría de lobos zombi. Mientras corre el viejo grita: —¡Sálvenme! ¡Sálvenme!
El gervasín, sin tiempo de asimilar su asombro, empieza a remar con todas sus fuerzas, siguiéndolo por la orilla del río. Los lobos gruñen furiosos, mostrando sus afilados colmillos verdes y aullando con furor; pisoteando la tierra y haciéndola temblar.
—¡Salta al bote! —grita el gervasín, acercándose sin importar que los lobos le gruñan y le claven sus ojos encendidos y rayados de venas púrpuras.
El vagabundo, al mirar esa canoa tan pequeña, no está seguro si sea una buena idea saltar. Pero los bufidos de los lobos, sus feroces dentelladas, lo obligan a brincar en el próximo recodo del río. Para su mala suerte una de las bestias alcanza a morderlo en la pantorrilla. Waslow, viendo cómo lo zarandea violentamente, le lanza con todas sus fuerzas el balde de carnada, atinándole en la cabeza. El lobo chilla de dolor, arrojando al vagabundo al agua. La jauría, al no poder entrar al río por temor a ahogarse, brama encolerizada, fijando sus tenebrosos ojos púrpuras en el gervasín. Alargan el cuello, estiran las patas, abren el hocico. Pero por más que intentan alcanzar al vagabundo ningún lobo se atreve a sumergirse. Frustrados, regresan a la oscuridad del bosque, donde sus aullidos se desvanecen en los altos árboles.
Waslow, con ayuda de una cuerda que algún pescador dejó olvidada, enlaza al vagabundo mientras flota y le amarra en la popa de la canoa. El viejo murmura unas palabras enrevesadas, pero antes de que el gervasín pueda hablar con él pierde la conciencia por el dolor. Mira el rastro de sangre en el agua. El pequeño, una vez que lo anuda con firmeza, siente un escalofrío al imaginar a los lobos en la espesura del bosque, vigilándolo, gruñendo furiosos con esos ojos demoniacos centellando como brasas de ultratumba. Con su corazón abrumado, rema río arriba lo más rápido posible, perseguido por la extraña sensación de un peligro que no cesa de acecharlo.