Los años alcanzan a Wilton y a Waslow Pepperndli, convirtiéndolos en hermanos inseparables. Y cuando digo inseparables, quiero decir que tienen muchas aventuras juntos. No hay travesura ni peligro en donde esos dos no se arriesguen el pellejo: juegan a los dados con los mapaches, se dan encontronazos con los zorros, le roban las frambuesas a los jabalíes, montan sin permiso a los tejones. De verdad son unos granujas. Por supuesto todas estas travesuras no las hacen solos. Han formado una pandilla donde incluyeron a otros gervasillos de mucha confianza que pertenecen a los distintos clanes del bosque.
Primero están los hermanos Pilgrim y Haguin Hierbaoro, dos gervasillos muy ágiles y fuertes, de cabello pelirrojo, quienes son primos lejanos de un pariente cercano del alcalde, el cual no mira desde la vigésima cuarta fiesta de San Jacinto. Pilgrim, de nariz puntiaguda, boca ancha, patillas enmarañadas, mentón cuadrado, ojos verdes y cejas despeinadas, tiene un talento natural para la improvisación. Siempre se le vienen las ideas más disparatadas que te puedas imaginar cuando está en aprietos. En cuanto a Haguin, ese gervasín corpulento, de brazos peludos, nariz angosta, bigote hirsuto, amplia sonrisa, manos regordetas, cejas pobladas y ojos aceitunados, bueno, a él le gusta mucho comer. Es un auténtico glotón. Y lo que le falta en inteligencia lo compensa con muchos músculos. En este grupo también está Erwin Erialgris, un gervasín muy lúgubre, amargado, de cabello lacio, oscuro y grasoso, pómulos saltones, nariz recta, cejas presuntuosas, bigote delgado, ojos sombríos y una maquiavélica barba puntiaguda, que vive fascinado por la magia y las artes prohibidas. Se la lleva hablando el lento idioma de los olmos, los cuales a cambio de que ahuyente a las ardillas, le dicen cómo preparar antiguas pócimas ilegales. Por último está Blinard Rarogusano, mejor conocido como Blín, un gervasín asustadizo y cachetón, con una mata de cabello verde desgreñado, un par de cejas cortas y escasas, unas patillas revueltas, nariz achatada y unos enormes anteojos redondos sin armazón, a quien le encanta leer libros. Créeme. No hay pasaje histórico ni dato científico que no conozca.
A todos ellos, en el Reino Gervasín, se les conoce como la pandilla de los Granujas. Y desde las quebradas de Colinaverde hasta los atajos de Olmotriste tienen las aventuras más divertidas que te puedas imaginar: arrojan piedras al río, atrapan mariposas, juegan a las canicas, se bañan en el lago. Wilton —ese gervasín larguirucho, de nariz estrecha, cabello castaño, rostro ovalado, ojos azules y aire gentil—, además de ser el mayor (y bastante sabio para su edad), es el líder; siempre invitando a los chicos a nadar río arriba para pescar truchas, llevándolos a acampar en los claros del bosque para mirar las estrellas, metiéndolos a cuevas oscuras para buscar tesoros. Waslow, por otra parte, es el revoltoso. Después de las peripecias para hacerlo dormir siendo bebé, la gente acertó en que sería testarudo y caprichoso; imprudente a tal extremo que metería a todos en problemas. Lo cierto es que, sin importar en los muchos aprietos que ponga a sus amigos, Waslow goza cierto renombre como un gervasín valeroso, capaz de inspirar esperanza a cualquiera.
En fin, estos seis son unos bribones dados a las hazañas y al borlote, pero también a la camaradería, la audacia y la gentileza. Nadie conoce mejor que ellos el significado de la verdadera amistad. En las fiestas, sus proezas se mencionan con tanto entusiasmo que se han vuelto una referencia famosa en la posada La Liebre Inquieta. Los Granujas, hasta hoy, animan con sus ocurrencias cualquier comilona, inspirando una sonrisa en aquellos visitantes que gustan escuchar aventuras ajenas.
Sí. Estos son buenos tiempos. Y ojalá el mundo siguiera tan minúsculo para que ningún mal cupiera en él. Pero, como la oscuridad suele crecer en secreto, lejos de nuestra vista, los días se vuelven aciagos sin darnos cuenta. El rumor de una sombra se acrecienta más allá del río Bringuas; viajeros del oeste traen consigo preludios de guerra, de ogros reuniéndose en los pantanos bajo órdenes desconocidas, exigiendo tierras fértiles para alimentar a su chusma. No obstante, a los bosques siempre llegan distorsionadas estas noticias, y muchos las usan para asustar a los adolescentes si no regresan temprano a sus casas.
Los Granujas, al escuchar semejantes rumores, sólo se echan a reír, asegurando que estos problemas tan grandes jamás llegarán a su país tan pequeño. Es por ello que muy pocos se dan a la tarea de saber algo de historia, excepto Blín, quien había leído tiempo atrás sobre la enemistad entre ogros y gervasillos; y como en un pasado se libraron muchas guerras por el control del Valle. Ahora los chismes coincidían con un ejército de duendes amenazando las fronteras de Dol Melot, el Reino Gnomo. Incluso se sabía de una legión de draugars y ogros, liderada por Gror, el Ogro Bestia de Maldoror, dirigiéndose a los reinos libres. Aunque eso debería preocuparlo, o siquiera mantenerlo atento al destino del mundo, las constantes aventuras de los Granujas lo distraen. Así como las tareas diarias nos distraen a todos hasta que ya es muy tarde.
Una mañana de noviembre, mientras la ciudad entera disfruta el desayuno en la tranquilidad de sus hogares y otros se dan a cumplir sus ocupaciones diarias en el mercado, un emisario de la ciudad de Denrond (capital del Reino Gnomo) llega a la oficina del alcalde, custodiado por una guardia de majestuosos caballeros con vistosas armaduras. La noticia es terrible: la guerra.
Un gran ejército de ogros, draugars, duendes y otras bestias viene de más allá del pantano, amenazando con desplazar a todos los pueblos libres para quedarse con las tierras fértiles. Los gnomos intentaron detenerlo, pero al superarlos en número, optaron por la retirada. Ahora solicitan a Wilfredo todos los soldados posibles para librar una última batalla junto a hadas, enanos y cuanto aliado pueda acudir a su auxilio. La angustia invade a todos los gervasillos en el reino: las madres se separarán de sus hijos, los hijos de sus esposas, las esposas de sus hermanos. El alcalde, bajo juramento, y dimensionando las consecuencias de este peligro, tiene que responder. Así, todos los gervasillos capaces de blandir un garrote o una espada, deben enlistarse en el ejército para partir inmediatamente. Y eso incluye al hijo mayor de Wilfredo, Wilton.
Los días siguientes se tornan silenciosos en Hojalarga. Ya no hay bullicio en las calles ni música en las tabernas, sólo rostros consternados, miradas perdidas, sollozos apagándose en la noche mientras la furia de los grillos disminuye.
Wilmi, con un llanto desesperado, ruega a Wilfredo que no se encamine a la guerra junto a su hijo ni otros inocentes. Pero el alcalde gervasín, aun contra su voluntad, debe responder, pues la alianza de los pueblos libres se lo demanda. Y esa idea lo atormenta en sueños, desatando en su cabeza los oscuros pensamientos de la muerte, la vigilante muerte que aguarda ansiosa reclamar su aliento.
Durante la noche (la última antes de partir al campo de batalla), Wilton reúne a los Granujas en la Liebre Inquieta, invitándoles una ronda de deliciosas cervezas de mantequilla para festejar el cumpleaños de Erwin. Ahí se ponen a recordar las viejas hazañas que realizaron en días mejores: apostar en los casinos de las comadrejas, jugar carreras contra las liebres, asustar a escondidas a los venados. Por primera vez en mucho tiempo (como si en verdad no hubiese guerra) todos ríen y cantan con alborozo, excepto Waslow, quien guarda silencio toda la fiesta, participando poco y mal, distrayéndose con un corcho mientras quién sabe qué amargura cruza por su cabeza.
Wilton, al notar esto, da un último trago a su cerveza y luego pide a Waslow que le acompañe a casa porque debe alistarse para mañana. Se despide amablemente de todas sus amistades, quienes lo abrazan con fuerza y le desean la mejor de las suertes, diciéndole adiós con la mano mientras se preguntan en secreto si siente miedo o si regresará a repetir otra ronda con ellos.
En el camino, ambos hermanos van con las manos encajadas en los bolsillos. El farolero enciende las luces de la ciudad y un sereno vigila el cruce de unas gervasillas por la calle empedrada. La noche está repartida en el chirrido de las cigarras, en el rumor del río, en la hojarasca crujiendo bajo los pies. Wilton comienza a reír y se dirige con Waslow para animarlo. Le pregunta:
—¿Recuerdas aquella ocasión que robamos zanahorias a los conejos en su propia madriguera? —Waslow asiente desanimado sin importarle la risa. El recuerdo ahora le parece demasiado lejano y torpe—. Papá se molestó tanto porque llegamos a casa cubiertos de lodo y mamá tardó todo el día en lavarnos.
Wilton suelta unas carcajadas que van atenuándose hasta desaparecer. Waslow ni siquiera sonríe, sólo continúa en silencio, mirando a su hermano ocasionalmente, distrayéndose con los vecinos que pasan a su lado deseándole buenas noches.
—¿Sucede algo? —Wilton mira a Waslow con extrañeza mientras cruzan el puente. Los ruidos de la noche comienzan a extinguirse.
—No es nada. —Le dice su hermano con cierta pesadumbre—. Sólo que este asunto de la guerra es una lata, ¿no lo crees? Los Granujas nunca se habían separado antes. Quisiera que todos fuéramos mayores para ir contigo.
Wilton mira cómo el agua del río juega con su reflejo. Camina lentamente, pensando, pensando quizás en el miedo que todo este tiempo evitó, en la mañana pálida que caerá sobre él, en el adiós ahogado que dirá a su país cuando las fauces del mundo se abran frente a sus ojos. Se detiene en seco y, después de un rato, contesta:
—Esto no es una despedida, Waslow. Quizá te preocupe el peligro al que marcho, pero debes entender que hay destinos a los que no podemos ir acompañados. —Wilton le mira con cariño. Sabe muy bien la oscuridad que cruza por la cabeza de su hermano—. Me alegra que los chicos y tú no tengan más años. Y que los que les faltan puedas vivirlos en tiempos mejores, sin una guerra que los amenace—. El gervasín agacha la mirada y juega con una flor que coge del pretil. —No te mentiré. Tengo mucho miedo. La sola idea de partir sin saber si regresaré, si volveré a ver a mamá, a papá o a ti, es aterradora.
—Entonces no vayas. —Le suplica Waslow—. Quédate. Este asunto de la guerra es muy grande para ti. Déjaselo a guerreros más poderosos.
Wilton sonríe ofendido y deja caer la flor en el río, viendo cómo las aguas se la llevan sin mayor dificultad. Le dice:
—Hermano, no me debo a esta guerra por capricho, sino para mantener la paz que ya tenemos—. El gervasín señala la bella ciudad bajo el embrujo nocturno, donde pequeñas gentes platican despreocupadas en las terrazas iluminadas por lámparas de aceite. —Si te preocupa que mi valía en la batalla resulte inservible, recuerda que incluso la voluntad más pequeña puede ser decisiva.
Waslow suspira desanimado. Mira su reflejo en el río e imagina un rastro de sangre distorsionándolo, un griterío de gentes perdiendo la vida mientras el fuego de la guerra lo consume todo. Wilton le sujeta el hombro con firmeza:
—Ya lo dijo nuestro padre: los tiempos difíciles empujan a gente ordinaria a tomar decisiones tan grandes, que nadie creería que un coraje así pudiera caber en un corazón tan pequeño. —Wilton (invadido por un extraño sentimiento) abraza a su hermano repentinamente. Lo aprieta con unas arrolladoras ganas de llorar, sintiendo el animoso latido de su corazón, la rigidez de su esqueleto. Waslow se queda ahí, apenas correspondiéndole, lagrimeando mientras lo escucha decir: —Pronto llegará el día en que debas probar tu valor, hermano. Y cuando debas hacerlo, cuando debas elegir, hazlo sabiamente, porque pondrás en marcha tu destino.
Wilton suelta a su hermano lentamente y le desordena el cabello con cariño: —¡Mejora ese ánimo, rapazuelo! —Se seca una lágrima lo más rápido posible para que Waslow no lo descubra. —Así no tendrás tu regalo de navidad.
—Pero estamos en noviembre. —Waslow se enjuga las lágrimas con la manga de su camisa.
—Sí. Lo sé. —Asiente el gervasín, sacando de su chaleco una hermosa cajita azul enlazada con un listón dorado—. Prefiero adelantarme por si tardo más de la cuenta. —Sonríe con ironía, tratando de ignorar otro final más trágico.
Waslow coge la caja y se apresura a abrirla, descubriendo una hermosa bufanda de lana naranja y franjas rosas.
—La tejí yo mismo —le dice Wilton, amarrándosela al cuello—. Tomé la tela del calcetín con el que te arroparon de bebé.
Waslow aprecia enormemente la bufanda mientras flota un aire esperanzador en su corazón. Sabe lo mucho que se ha esforzado su hermano en hacerla. Hace meses que lo vio practicar con ayuda de su madre. Se abrazan nuevamente y continúan su camino a casa, esta vez más animados y contentos y riéndose de viejas hazañas que ya no le parecen tan torpes. Como la vez que organizaron un campeonato de boxeo contra las ardillas; o la ocasión donde montaron patos para volar hasta Siempreverde; o aquel día que se colaron en la boda de una pareja de puercoespines. Abren la puerta. El cansancio los alcanza de un momento a otro y caen dormidos en dos esponjosos sillones junto a la chimenea oportunamente encendida.
Horas antes del amanecer, corroído por los nervios, por un dolor agudo en la boca del estómago, Wilton aguarda la aparición del sol, chupando la boquilla de su pipa mientras piensa si tendrá el valor para coger un garrote y blandirlo; resistir la fatiga y la aterradora vorágine de cuerpos queriendo matar. Se levanta silenciosamente, ensombrecido por estos pensamientos, y, luego de besarle la frente, deja a su hermano en la tranquilidad del sueño.
Se reúne con Wilfredo afuera de Troncón Rugoso, sin antes contemplar las robustas paredes tapizadas, los muebles viejos, los rayos de luz atravesando las ventanas, delatando el polvo que vuela sobre las fotografías de sus parientes.
Wilmi, con el corazón destrozado, los despide a duras penas. Y no sucede hasta que Waslow corre a la puerta, que se tumba en el vano mientras pide a los poderes del bosque su pronto regreso. Ninguno de los dos se atreve a hablar. Sólo prestan atención a los cientos de gervasillos que marchan rumbo a la guerra.
Lo que sigue es llamado por los historiadores como la Primera Guerra Tumultuosa, la cual sucede en la llanura de Baradrond. Si nos remontamos a su origen, los ogros y demás criaturas mágicas siempre se han disputado el control del Valle, protagonizando encarnizadas batallas a lo largo del río Bringuas. Lo que hace memorable este episodio en la historia de Elvelond es la cantidad de ejércitos que intervienen, así como las muertes que resultan de ella.
Sirion, un mago amigo de esta región y m*****o de la orden de los Silvelungos, avisa a los elfos que el inusitado poder de los ogros está apoderándose de varias aldeas al norte. Pero los elfos, atentos a otras amenazas que se han desencadenado al sur, ignoran las advertencias del mago, concentrando todos sus ejércitos en reinos más importantes. Eso permite que Gror, el Ogro Bestia de Maldoror, se haga de numerosas legiones de duendes, draugars y cuanta criatura maligna viniera de pantanos y cuevas, para luego concentrarlas en Anband, el Torreón Sombrío, un horrible lugar del cual te hablaré más tarde.
Los gnomos, recelosos por las artimañas del enemigo, se percatan a tiempo de la amenaza y llaman a defender su país. Pero, en lo que después se llamó la Retirada Vergonzosa, son superados en número y obligados a replegar sus fuerzas hasta la capital. Allí se organizan nuevamente, sólo que esta vez convienen no marchar solos a la revancha. Envían emisarios a los reinos libres, insistiendo en el peligro que se avecina, en el deber de los reyes a cumplir el juramento del Ejército del Valle. A su llamado responden las hadas, los enanos, los gervasillos, algunos hombres de Galad y los grandes linces y búhos de las Montañas Celestes. Todas estas razas se reúnen en Baradrond con la esperanza de detener el mal que está por arrebatarle sus tierras.
Fue en esta guerra donde muere Wilton atravesado por dos flechas en su espalda mientras lucha contra un grupo de duendes que había dejado tuerto a su padre. Los gervasillos que estuvieron allí dicen que el dolor de Wilfredo se escuchó en medio del campo de batalla como el estruendo de un rayo; y que la nieve que caía esa tarde se precipitó más aprisa sobre las colinas manchadas de sangre.
Algunos veteranos insisten en que esta batalla tomó el tiempo de tres días; y que fue imposible contar las muertes en ambos bandos porque los c*******s se apilaron hasta cubrir el sol. En lo que sí están de acuerdo es que los ogros fueron derrotados (así como los otros enemigos), obligándolos a retroceder hasta las tierras baldías de más allá del Yermo.
Se rumora que Gror huyó humillado a las Montañas Cenizas, herido gravemente por una tropa de gervasillos que lo emboscó durante la revuelta, y anidó allí un rencor por todas las criaturas del Valle. También se dice que mucho después vinieron los elfos, destruyendo los cimientos de Anband para luego quemar las mazmorras de Maldoror y quedarse con los secretos que moraban allí.
Hay juglares que eternizarían en canciones las proezas del Ejército del Valle: los gnomos montando a sus fieros gatos monteses para abrirse paso entre las filas enemigas; los enanos con sus afiladas hachas cortando cabezas; las hadas apuntando sus flechas a las bestias tenebrosas. Incluso entre los hombres hubo espaderos de gran valor que se negaron a rendirse incluso cuando la muerte fue inevitable. También es en esta guerra que los enormes linces casi se extinguen, igual que los viejos búhos guardianes.
Muchos de los sobrevivientes regresan con pesadillas, revueltos con la suciedad de la guerra y su horror. Algunos no vuelven a conciliar el sueño jamás, perdiéndose en la locura y el insomnio, dejando atrás el recuerdo de los miles de c*******s que ahora se pudren en Baradrond para festín de los cuervos.
De los mil quinientos gervasillos que partieron a la guerra aquella mañana, sólo cincuenta regresan a casa, y algunos, ni siquiera completos.
Wilfredo Pepperndli, mientras cojea de regreso a casa en medio de la nieve, con el c*****r de Wilton en una camilla, cubierto por una delgada sábana blanca que no alcanzó a cubrir su mano tiesa y ensangrentada, diría meses más tarde que no había dolor que lograra describir la pérdida de un hijo.
Wilmi, al enterarse de la tragedia, sufre un vuelco en su corazón que se lo desacomoda para siempre, y que tiempo después acabó apagándola una mañana de otoño en la soledad de su cama.
Se celebra un gran funeral en honor a los caídos. Y los gervasillos, que sólo habían experimentado la muerte bien entrada la vejez, se sienten conmovidos al saber que hay otras maneras más crueles de dejar este mundo. En todos lados se oye el llanto de las madres, el sollozo de los hermanos, el lloriqueo de los amigos. Se entregan a la desilusión; y la esperanza que alguna vez tuvieron se extravía en el laberinto de la memoria, transformándose en lejanos recuerdos de días mejores. Waslow lloraría en secreto las últimas palabras de su hermano, aferrándose a la bufanda en el íntimo luto que lo perseguiría por siempre.
[1] Nombre que las razas mágicas dan al mundo. También se le llama Érodiath por los elfos; Ningilrin por los enanos; y Faranyar por los gnomos y las hadas. Los gervasillos le conocen simplemente como Valle.