CAPITULO 43 —No serías capaz de esposarme a ti —replico incrédula, con sus dedos masajeando mi cabeza llena de champú. Le escucho reír, una risa que sale de su pecho varonil que aflora una pequeña sonrisa en mis labios titubeantes. ¿Qué es lo que me hace este mendigo hombre que hace reírme de su risa? —No me retes. Sus dedos son tan suaves en mi cabeza que casi me hacen quejarme de gusticidad. Esos dedos eficaces deberían de estar dándome la liberación que se me ha sido negada. Aprieto las piernas ante la creciente frustración queriendo ser yo quien se vengue. ¿Pero de qué? Él es dedicado limpiándome, desde mi espalda hasta abajo, no hay morbo en sus acciones, si no, el mayor de los cuidados ante su toque casi imperceptible. Sigo preguntándome si es que habitan dos hombres en su ser, u

