CAPÍTULO 34 OLIVER DONOVICK Fugaces imágenes que no me abandonan de la mujer desnuda en todas las posiciones, lista para recibir el placer que estaba dichoso de brindarle. Cada vez que cierro los ojos está allí presente, de gruesos labios rosados entreabiertos, ojos de un único azul que el mundo no ha visto y largo cabello que inspiraba a meter la mano en su sedosidad. La sensación en mis manos del recorrido en su tersa piel pálida haciendo contraste a la mía. Después de horas de sexö en el que me dije a mí mismo que era la única manera de sacármela del constante pensamiento, su cama había quedado hecha un desastre. Si ella hubiese sido otra mujer, hubiese pagado otra suite pero algo me gritaba demandando que durmiéramos juntos. Yo, Oliver Donovick, tenía tres inquebrantables reglas.

