La semana había pasado demasiado rápido, como si alguien hubiese apretado el botón de adelantar mi vida justo en el peor momento. Me vestí sin pensar demasiado, con lo primero que encontré, un vestido cualquiera, uno que no decía nada. No tenía fuerzas para planear ni arreglarme.Lo único que hice fue respirar hondo, levantar la cabeza y salir hacia la iglesia, sabiendo exactamente a lo que iba: a presenciar cómo otra mujer ocupaba mi lugar.
Fui del brazo de Leonardo, ese hermano que siempre se burló de mí, pero que hoy, paradójicamente, era mi única compañía. Entramos a la iglesia y lo primero que sentí fue el frío. No por el clima, sino por el vacío en el pecho. Observé cada rincón, cada flor, cada detalle. Todo estaba decorado exactamente como lo había planeado. Cada rosa blanca, cada cinta de seda. Era mi boda, mi día, mi altar, pero no era yo quien caminaba hacia él.
Era Isabel con el vestido que yo había elegido, del brazo de mi padre, con esa expresión dulce de niña buena, como si no estuviera robando mi futuro con cada paso. Caminaba erguida, como si todo le perteneciera por derecho, como si no supiera que hace apenas unos días ni siquiera existía en esta casa. Y allí estaba Maurizio, esperándola.Tan guapo como siempre, con ese cabello oscuro perfectamente peinado, ese porte impecable y esos malditos ojos grises que me miraron con deseo durante años. Me dolió el alma verlo parado al final del altar, esperando por otra.
Yo fui la que lo amó. Yo fui la que estuvo en su cama, la que planeó su vida a su lado. Pero hoy... él no se acordaba de eso. Hoy la miraba a ella.
Estaba de pie, fingiendo calma, con la garganta cerrada y las manos heladas, cuando mi madre se acercó un poco y me dijo en voz baja:
—No llores.
Tragué saliva. Me contuve.
—Tranquila —le respondí sin mirarla—. No pienso arruinarte el momento.
Los observé desde mi asiento en primera fila, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la espalda recta, fingiendo que no me dolía respirar. Isabel estaba de pie junto a Maurizio, frente al sacerdote, sonriendo como si este fuera el día más feliz de su vida. Y quizás lo era. Para ella. Para los demás.
Yo los miraba a ellos… pero Maurizio también me miraba a mí.
Lo hizo varias veces. Breves, discretas. Pero yo lo sentí. Esa mirada suya que ya conocía tan bien. Me atravesó como cuchilla, como si él supiera que todo esto me estaba destruyendo por dentro. Y sin embargo, allí estaba, vestido de n***o impecable, con su porte arrogante y hermoso, dispuesto a darle su apellido a otra mujer.
Isabel parecía feliz. Se la veía tan tranquila, tan segura, como si nada de lo que estaba pasando fuera extraño. Como si no supiera que ese altar, ese vestido, esas flores… todo eso lo había elegido yo. Que ese hombre había sido mío.
Y entonces llegó el momento las palabras fatales.
—Yo los declaro marido y mujer…
El mundo se detuvo.
Él la besó.
Y en ese segundo, exacto, perfecto y cruel, mi corazón se rompió.
No hice un sonido. No me moví. No dejé que nadie viera el temblor en mis labios ni la sombra que me nubló la mirada. Pero dentro de mí… todo se desmoronó.
Y supe que ya no quedaba nada.
Después de la ceremonia, todos nos dirigimos a la recepción en la mansión de los Santoro. Era una de esas casas que parecen sacadas de una película: columnas de mármol, jardines interminables, un salón tan grande que los ecos se perdían entre las risas falsas de la élite mafiosa.
Allí estaban todos. Los hombres más poderosos de Chicago, los aliados de siempre y los que venían de otras ciudades solo para aparentar respeto. Nadie faltaba. Ningún rostro importante. Todos querían presenciar el matrimonio perfecto entre la hija perdida y el heredero brillante.
El señor Luca Santoro, el patriarca, estaba sentado en el lugar de honor, observando con ojos fríos, como un rey satisfecho con la jugada. A su lado, sus tres hijos:
Primero, Massimo, el mayor, frío, impasible, el que todos evitaban.Luego Maurizio, tan encantador como siempre, ahora esposo ejemplar y finalmente Valeria, mi serpiente favorita, quién no tiene pelos en la lengua.
Yo los observaba a todos desde una esquina del salón. Vi cómo los invitados se acercaban a felicitar a los novios. Cómo mis padres reían orgullosos. Cómo Leonardo hablaba con tono protector junto a Isabel, como si siempre la hubiera amado, como si no me hubiera hecho la vida imposible durante años.
Mi familia parecía completa y yo...yo ya no formaba parte de ella.
Me alejé sin hacer ruido, ignorando las miradas de lástima o de morbo. No quería sus consuelos vacíos. Ni sus sonrisas fingidas.
Me deslicé entre los sirvientes, entre los invitados que no sabían bien quién era yo, hasta encontrar a Karla, mi única amiga, de pie junto a la fuente de vino, mirando la escena con la misma repulsión que yo.
Cuando me acerqué, ella me miró y no dijo nada al principio. Solo me abrazó. Fuerte. Como si supiera que si alguien me tocaba suavemente, me rompería.
—Estoy contigo, Vic —me susurró al oído—. En todo. ¿Vale? Si tú ardes, yo ardo contigo.
No dije nada. No podía.
—Necesito estar sola, Kar.— Respondí.
Me alejé al jardín cuando nadie me miraba. Necesitaba aire, silencio, cualquier cosa que no fuera la risa falsa de los invitados o los aplausos hipócritas que seguían sonando cada vez que alguien brindaba por los novios. Caminé entre los arbustos hasta llegar al rincón donde estaban las rosas, esas malditas flores perfectas que me recordaban todo lo que yo ya no era.
Me quedé allí de pie, en silencio, mirando cómo el viento acariciaba los pétalos rojos. Tragué saliva con fuerza. No quería llorar. No frente a ellos. No en su boda. No en su maldita casa. Pero la opresión en el pecho era asfixiante.
Y entonces lo sentí.
Un cuerpo detrás de mí. Un brazo firme que me rodeó la cintura. Una presencia oscura y demasiado familiar.
—¿Qué mierda quieres? —escupí, sin girarme, con los dientes apretados. Ya sabía quién era.
Massimo.
—¿Quieres seguir llorando… o quieres que te saque de aquí? —murmuró con voz baja, grave, rasposa, tan cerca de mi oído que sentí su aliento en la piel.
Me giré con furia, pero él ya tenía esa maldita sonrisa ladeada, como si todo esto le divirtiera. Como si verme rota fuera un espectáculo más.
—Yo no lloro —le dije con el orgullo atravesado en la garganta—. Y menos por él.
—Claro que no —dijo con sarcasmo—. Solo estás hablando sola entre flores como una loca abandonada. Muy digna.
Mi mano tembló de rabia. Él lo vio. Y no se apartó.
—¿Por qué te importa? —le solté, fulminándolo con la mirada—. ¿No tienes otra persona a la que torturar esta noche?
—Tú eres la única que me divierte —respondió sin dudar—. Los demás son aburridos. Políticamente correctos. Falsos.
Se acercó un poco más, invadiendo mi espacio como si fuera suyo.
—Pero tú… tú estás ardiendo. Y eso se huele a kilómetros.
Mi corazón latía con fuerza, pero no de miedo. De rabia. De deseo. De algo que no quería reconocer.
—No necesito tu lástima —le escupí con odio.
Él sonrió aún más, inclinándose hacia mí hasta que su boca rozó mi oreja.
—No es lástima, princesa. Si te saco de aquí… es porque quiero verte romper algo. O a alguien ¿O quieres esperar a cortar el pastel con la pareja perfecta?
—Vamosnos.