Ya no tengo nada.

904 Palabras
Me desperté con un nudo en el pecho. Esa clase de presión que sientes cuando sabes que algo no está bien… aunque todavía no te han dicho nada. Bajé a desayunar con pasos lentos. En el comedor estaban mis padres, ya sentados, con el café servido y los rostros demasiado serios para ser una mañana cualquiera. Me senté con cuidado, intentando leer la tensión en el aire. —¿Durmió bien Isabel? —pregunté, rompiendo el silencio con una calma que no sentía. —Sí… —respondió mi madre, sin levantar la vista de la taza. Papá tampoco dijo nada al principio. Se limitó a observarme, como si midiera mis reacciones segundo a segundo. Me obligué a sonreír, a pesar del peso en el pecho. —Si quieren, puedo darle mi habitación —dije, fingiendo ligereza—. Bueno… en realidad siempre ha sido suya, ¿no? Y de todas formas, en unos días me mudaré con Maurizio... Entonces papá habló. Su voz fue seca, directa. Como una sentencia. —Sobre eso… queremos hablar contigo. Lo miré. Me crucé de brazos, en alerta. —Nunca he sido de dar vueltas, Vicenta —continuó—. Por eso te lo diré sin rodeos. Tragué saliva. Ya lo presentía. Ya lo sabía. —No te casarás con Maurizio. Las palabras cayeron como un balde de agua helada. Me quedé en silencio, sin parpadear, sin respirar. Papá siguió hablando, implacable: —Quien se casará con él es Isabel. Sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba. Pero por fuera… no dejé que se notara. No lloré. No grité. Solo bajé la mirada hacia la taza de café frente a mí, como si pudiera disolver allí toda la humillación. Todo lo que construí. Todo lo que me dijeron que sería.Todo lo que luché por sostener… Arrancado de un plumazo. Porque ahora ella estaba aquí. Porque ahora yo ya no era necesaria. —Papá… —dije, con la voz firme, aunque por dentro temblaba—. Yo jamás he cuestionado tus decisiones. Nunca. Siempre he obedecido. He entrenado, he matado por esta familia, he sangrado con orgullo el apellido Aguilar… Pero Maurizio y yo nos amamos. Esperé que eso significara algo. Esperé que su mirada vacilara. Pero la que respondió fue mi madre. —El amor no tiene cabida en la cúpula, Vicenta —dijo con frialdad, sin siquiera mirarme—. Esta es una decisión del señor Santoro. No es personal. Es… político. Político. Todo en esta familia es siempre estratégico, negociado, frío. Pero yo… yo no era una negociación. Yo creí que era su hija. —Isabel es nuestra hija biológica. No tú. —añadió mamá, como si lo dijera por obligación, no con crueldad… pero dolía igual. Tragué saliva. Fuerte. Quise hablar, pero fue papá quien lo hizo. —Si pudiéramos hacer algo, lo haríamos… —murmuró con una tristeza que no me alcanzaba—. Vicenta… tú sabes que yo te amo. Lo sabes. Lo miré fijamente.Sí, lo sabía, pero no era suficiente. —No quiero escándalos, Vicenta. —dijo mi madre con tono firme, casi como si me estuviera dando una orden—. Isabel ha pasado por mucho. Tiene que reconstruir su vida, y este matrimonio… era su destino, no el tuyo. Me quedé mirándola. Sentí que cada palabra era un golpe directo al pecho. "Su destino." Como si yo hubiese vivido una mentira. Como si todo lo que fui, todo lo que di, fuese prestado. El nudo en la garganta me apretaba como una soga. —Jamás me has querido, ¿verdad mamá? —dije, con la voz más baja, rota… pero sin dejar que una sola lágrima se deslizara—. Nunca me viste como tu hija. Solo como una intrusa que ocupó un espacio vacío. Ella me sostuvo la mirada por un segundo. No hubo lágrimas en sus ojos. Solo ese silencio incómodo… ese que grita verdades que nadie quiere decir. —Te cuidé. Te crié. —respondió finalmente—. Hice lo que debía hacer. —Cariño, tranquila… —dijo mi padre, intentando suavizar el golpe—. Eres joven. Pronto conocerás a otro muchacho. Alguien que te valore. Que... —No le mientas, Renzo. —interrumpió mi madre, tajante, como si las palabras le supieran a veneno—. Ella ya se acostó con Maurizio. Todos lo saben. Ya no tiene valor. Ningún hombre decente querrá casarse con una mujer usada. Sentí como si el aire desapareciera de la habitación. El corazón me dio un vuelco y luego cayó en picada. Mi padre cerró los ojos, pero no la corrigió. No la detuvo. Y eso… dolió más que cualquier frase. Clavé los talones en el suelo, levanté la barbilla y la miré directo a los ojos. —Créeme, mamá… —dije, sin temblar—. Yo tampoco quiero casarme con nadie. —Vicenta… —No. —Los interrumpí, con el pecho en llamas—. Ya no necesito que me compadezcan ni que intenten disfrazar esto de decisión necesaria. Me quitaron todo, mi nombre, mi lugar, mi prometido y lo acepto porque lo que no voy a hacer es rogar amor en una casa donde me consideran una mancha. Los dos me miraban en silencio. Mi madre no se molestó en esconder su expresión satisfecha, como si por fin hubiera dicho lo que siempre pensó. Mi padre… parecía más viejo de golpe cansado, vacío.Di media vuelta sin esperar respuesta.
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