Aún no entendía muy bien a qué se debía la cena de esa noche. Papá no daba explicaciones, y cuando las cosas venían con tanto misterio… siempre había una trampa debajo.
Me metí a la ducha para relajarme, aunque el nudo en el estómago no se deshacía con agua caliente.
Al salir, envuelta en una toalla, me dirigí al vestidor. Pero me detuve en seco al sentir una mirada clavada en mi cuerpo.
—¿Qué demonios…? —murmuré.
Allí estaba Leonardo, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa torcida. Me observaba de arriba abajo sin ninguna vergüenza.
—Apuesto a que tuviste mucho sexo con Maurizio hoy, ¿no? —soltó con ese tono sarcástico tan suyo—. Me imagino que él no es ningún imbécil… sabría aprovechar mientras aún puede.
Sentí el calor subir por mi cuerpo, pero no de vergüenza. Era rabia.
—¿Quieres que me desvista frente a ti, hermanito? —le escupí con veneno—. Porque te juro que no me voy a cubrir por tu presencia.
Él no se inmutó. Al contrario, su mirada se oscureció y su sonrisa se volvió más amarga.
—Se acabó tu reinado, Vicenta —dijo con desprecio—. Siempre la favorita de papá. La más fuerte. La que entrenaba como uno de nosotros. Pero todo eso... se está cayendo. Ya nadie te necesita como antes. Y tú lo sabes.
Lo enfrenté con la barbilla en alto, todavía envuelta en la toalla, pero más vestida de dignidad que nunca.
—¿Y qué, Leo? ¿Vas a hacerme llorar? ¿A intimidarme? Vas a tener que hacer algo más que soltar veneno para quebrarme.
—Tú nunca fuiste una Aguilar —gruñó—. Solo eras la huérfana que nos metieron a la fuerza… la sombra de alguien que ya no está.
Me acerqué hasta quedar a unos pasos de él. Lo miré directo a los ojos.
—Y aun así te superé —le dije en voz baja—. En todo. Eso es lo que no puedes soportar.
Leonardo me sostuvo la mirada por un segundo más. Pero no dijo nada. Se dio media vuelta y se marchó sin cerrar la puerta.
Maldito cobarde.
Suspiré con fuerza, cerré con seguro y volví al vestidor.
La cena iba a ser una guerra disfrazada de familia. Y yo pensaba ir armada.
Me puse un vestido rojo vino. Ceñido al cuerpo, elegante, con una abertura lateral que dejaba ver mi pierna derecha cada vez que caminaba. No era casualidad. Era una elección. Sabía que esa noche sería una guerra disfrazada de cena… y yo pensaba presentarme como lo que soy: una amenaza con labios pintados.
Dejé mi cabello castaño suelto, cayendo en ondas suaves sobre mis hombros. Me maquillé apenas lo justo. Piel impecable, labios nude, pero con los ojos... Ah, mis ojos.
Celestes. Intensos. Cortantes.
No importaba cuánto maquillaje llevara, mis ojos siempre hablaban por mí. No sabían fingir. Nunca lo hicieron, tenía una mirada muy expresiva.
Me miré al espejo una última vez.
No era una niña. No era una impostora. No era una pieza de ajedrez.
Era Vicenta Aguilar.
Y esa noche, si alguien pensaba subestimarme... estaba a punto de cometer el error de su vida.
Cuando llegué al salón, todos ya estaban allí.
Mi padre, Renzo Aguilar, de pie junto a la cabecera de la mesa, con su traje oscuro impecable y ese rostro de piedra que rara vez se quiebra. Sus ojos verdes me buscaron apenas crucé la puerta, y por un segundo, creí ver algo de calidez en su mirada… o tal vez solo era respeto.
A su lado estaba Leo, con esa expresión arrogante que ya me esperaba. Mismo cabello oscuro, misma mirada afilada. Tan parecido a papá en todo, menos en el alma. Leo no disimulaba su desprecio por mí; ni siquiera se molestó en fingir cortesía.
Y junto a ellos, estaba Sara, mi madre adoptiva. Siempre tan correcta, tan perfecta… tan distante. Yo la amo. De verdad. Pero sé que, en el fondo, nunca pudo verme como algo más que la sombra de la hija que perdió. Como un reemplazo funcional, como un consuelo fallido.
Cuando crucé la sala, mi padre habló:
—Bienvenida, cariño —dijo con voz firme, pero sin dureza—. Siéntate. Necesito hablar con ustedes tres… Aunque sospecho que todos ya conocen el motivo de esta cena.
Mi respiración se congeló por un instante.
Todos.
Los tres.
Mi madre bajó la mirada.
Leonardo solo sonrió, como si estuviera esperando el momento exacto para disfrutar mi caída.
Me senté con la espalda recta, las piernas cruzadas, el mentón en alto.
—¿Qué está pasando? —pregunté, aunque ya empezaba a adivinarlo.
—Hace unas semanas —comenzó papá, su voz más tensa de lo habitual— me llamó el coronel White… nuestro contacto en la DEA.
Supe al instante que lo que venía no sería bueno para mí. Nada que involucrara a la DEA, ni al pasado, ni a la palabra "Romanov", podía serlo.
—Encautaron una de las propiedades del bastardo de Romanov, el hijo de puta que nos jodió la vida durante años —siguió con el tono cortante—. En la operación… rescataron a varias jóvenes. Y entre ellas…
Hizo una pausa.
Yo dejé de respirar.
—…entre ellas estaba nuestra Isabel.
El mundo se me cayó encima. Sentí cómo el aire me cortaba el pecho. Pero fue mamá la primera en romperse.
—No… eso no puede ser… —susurró—. ¡Mi niña está muerta! —sollozó llevándose las manos a la boca, temblando como si le hubieran abierto una herida vieja.
—No lo está —afirmó papá, con la mandíbula apretada, mirando hacia la puerta—. Y… está aquí.
La puerta se abrió.
Y ella entró.
Una muchacha más o menos de mi edad. Cabello castaño, como el mío. Pero con esos ojos verdes intensos, iguales a los de papá. Y ese cuerpo delgado, elegante, idéntico al de mamá en sus años jóvenes.
Era ella.
Y yo lo supe antes de que alguien lo confirmara.
Mi madre se levantó como impulsada por un resorte y la abrazó llorando, casi sin poder creerlo. Papá se unió al abrazo, conteniéndose, aunque los ojos también se le llenaban de lágrimas.
Y yo...
Yo solo me quedé sentada.
Mirando el plato frente a mí. Sin mover un músculo. Sin pestañear porque en ese momento entendí todo.Ya no había espacio para mí en esa mesa.La verdadera heredera había vuelto y yo era solo la impostora que había ocupado su silla.
—Mi pequeña… mi Isabel… —llora mamá, abrazándola con desesperación—. Renzo, ¿por qué no me dijiste nada? ¿Cómo pudiste callarte esto?
Papá no respondió de inmediato. Mantenía el rostro tenso, el gesto rígido, como si sostenerse en pie fuera ya una batalla.
—Isabel ha estado en terapia estas últimas semanas —dijo al fin—. Fue lo que nos recomendaron. Estaba… muy frágil cuando la encontraron.
Yo seguía sin moverme. Ni un músculo. Solo observaba. Fingía indiferencia. Pero por dentro sentía cómo algo dentro de mí se resquebrajaba.
Isabel.
La hija legítima.
La desaparecida.
La santa mártir de esta familia.
—¿Te acuerdas de mí, verdad? —preguntó mamá, con lágrimas en los ojos, acariciándole el rostro con las manos temblorosas.
Isabel asintió.
—Sí… me acuerdo de ustedes. —Su voz era suave, dulce, como salida de un maldito cuento—. Yo jamás los olvidé. El señor Romanov me mostraba fotos todo el tiempo… me decía que algún día volvería con ustedes.
La escuché. Cada palabra se me clavaba como un alfiler bajo la piel.
Claro que Romanov la había manipulado. Claro que le habían lavado la cabeza. Pero a todos en esta sala eso les daba igual.
Mamá la tenía entre sus brazos. Papá la miraba con orgullo y ternura.
—Yo soy tu hermano... Leonardo —dijo Leo, acercándose con una sonrisa ensayada.
Y antes de que pudiera reaccionar, la abrazó.
Fue raro. Inesperado. Porque Leo no abrazaba a nadie. No con ese gesto suave, casi fraternal. Como si de pronto todo el rencor que él me había tenido… se hubiera desvanecido solo con la aparición de ella.
La hija real.
Mi padre me miró entonces. Con una señal breve, apenas un gesto de la mano. Pero lo entendí.
Quería que me acercara.
Me levanté de la silla, con el estómago encogido y las piernas tensas. Caminé hacia ellos con pasos calculados, mientras mamá seguía sin soltarla y Leo ya parecía convencido de que tenía una hermana nueva para adorar.
—Yo soy… —murmuré, sintiéndome más pequeña de lo que jamás me había sentido.
Isabel me miró. Sonrió con delicadeza.
—Vicenta… —dijo, como si ya lo supiera, como si me reconociera desde siempre—. También me enseñaban fotografías tuyas.
Un silencio incómodo se instaló entre nosotras.
¿Qué tipo de fotos? ¿Las oficiales? ¿Las de familia? ¿Las de cumpleaños donde yo ocupaba su lugar?
No pregunté.
Solo asentí, con una sonrisa tan falsa que dolía sostenerla.
—Ah… entonces sabes quién soy.
—Sí —respondió ella con dulzura—. Gracias por cuidar a mamá y a papá en mi lugar.