— ¿Y Heather? –preguntó Georgina, asomándose a su habitación, que estaba vacía y pulcramente arreglada. —Salió temprano, señora –contestó la joven que miraba en derredor preguntándose qué hacer, ya que la señorita había hecho la limpieza en vez de ella. — ¿Madrugó? —Eso parece. —Heather nunca madruga. ¿Sabes a dónde fue? —Ni idea, señora. Pero fue con John. —Ah, bueno –Georgina salió un poco extrañada. No era normal que su hija madrugara tanto. ¡Apenas eran las siete de la mañana! Heather se presentó en el Hospital General de San Francisco, allí donde había ido los últimos doce años a hacer su trabajo de voluntaria en el pabellón de niños con cáncer. Reconocía a casi todas las personas allí, a las enfermeras, los médicos, los internos con sus ojos cansados y cabellos despeinados.

