Cuando estuvieron afuera, Raphael fue atento y le abrió la puerta para que entrara, luego entró él y puso el auto en marcha. Mientras se ponía el cinturón de seguridad, Heather pensó en que aparte de los coches de la mansión de los Calahan, nunca había subido a un auto tan caro. —Parece que te gustan las cosas finas. —Me gustan. Casas grandes, autos finos, mujeres hermosas… ¿quién diría que no a ese tipo de cosas? —Nadie, creo –sonrió ella. —La verdad es que los Branagan no siempre fuimos ricos. Abuelo era muy pobre, me contaba historias, y sé que trabajó duro desde muy joven. —Sí –confirmó ella, y luego se dio cuenta de la metedura de pata—. Quiero decir… ¿sí? —Sí –reafirmó él, mirándola curioso—. Vivió toda su vida aquí, en San Francisco. —¿También tú? —No, yo estuve varios años

