La puerta se cierra detrás de nosotros con un clic decisivo y me sobresalto. No nos hemos tocado desde que bajamos del ascensor.
―No estoy tomando la píldora. Creo que deberías saberlo…― Mi último terapeuta había sugerido detenerlos por un tiempo.
No ha habido una razón real para reanudarlos.
Él sonríe.
―Está bien. Siempre estoy preparado de todos modos―. Bien.
Por supuesto. Somos extraños que ni siquiera sabemos los nombres de los demás.
Miro a mi alrededor. La suite es enorme y está bellamente decorada. Nunca me he alojado en ningún sitio ni la mitad de agradable. Debe ser rico. Tal vez sea un príncipe secreto.
― ¿Te sientes nerviosa otra vez? ― pregunta suavemente.
Lo estoy, pero estoy cansada de dejar que mis problemas de ansiedad dicten mi vida.
Es hora de vivir un poco, Paloma.
―Solo un poco. Creo que me relajaría si estuvieras más cerca.
Él sonríe y se mueve hacia mí. Pronto estamos de pie, pecho contra pecho, besándonos. Se quita la camisa, dejando al descubierto un pecho ancho y bronceado con una pizca de cabello castaño claro. Está tonificado, bien musculoso, un cuerpo en el que ha invertido esfuerzo.
Mis ojos se deslizan por los surcos de sus abdominales hasta su cinturón. Tal vez no sea un príncipe o un espía, pero definitivamente es alguien y ese alguien me quiere.
―Date la vuelta. ― Sus yemas de los dedos se deslizan por la cremallera de mi vestido. Un tirón suave y la tela se cae, formando un charco a mis pies.
Presiona besos reverentes a lo largo de la parte posterior de mi cuello y columna, su toque seguro susurrando a mis miedos que guarde silencio por una vez.
Me vuelve hacia él de nuevo, los ojos oscurecidos por el deseo mientras no llevo nada más que las bragas y el sostén.
―Eres hermosa―, dice con voz áspera y luego tira de mí para otro beso abrasador.
Mareada por sus besos, apoyo manos temblorosas en su cinturón. Busco a tientas la hebilla y la cremallera. Su sonrisa me dice que se da cuenta de mi torpeza, pero su calidez me dice que no le importa.
Con un hábil movimiento, me desabrocha el sostén y toma una fuerte bocanada de aire mientras se desliza fuera de mi cuerpo. Sus manos están ansiosas, ahuecando mis pechos mientras se lame los labios.
El hambre me llena. Baja la cabeza y arrastra un pezón a su boca.
―Oh... ohhhh―. La cantidad justa de tensión y tirón, envía calor directamente a mi centro.
Entierro mis dedos en su cabello espeso y arqueo mi espalda. Adora cada pezón por turno, sin aparente prisa.
Mis bragas pronto están empapadas y ni siquiera me ha tocado allí desde el ascensor. Como si se le ocurriera lo mismo, vuelve a levantar la cabeza.
―Recuéstate en la cama para mí.
Lo hago, me estiro sobre las sábanas suaves como la mantequilla y observo cómo se quita los pantalones del vestido. Tiene esa V deliciosa de la que Isa y sus amigas se ríen. Es un Adonis. Luego, se quita los bóxeres.
Oh mi…
Casi echo de menos la forma en que sus labios se contraen mientras mis ojos saltan. Dios, es enorme y duro como una roca.
Un poco de humedad me provoca desde su punta.
―Yo… yo soy…
Se ríe de mi tartamudeo y se acaricia lentamente un par de veces. Pensaría que es un fanfarrón, pero cuando tienes tanto para presumir.
―Mira lo duro que me has puesto. Sufro por ti, desde el momento en que te vi esta noche.
Como si un interruptor hubiera sido accionado con su ronca admisión, mi persistente nerviosismo se evapora. Salgo de mi posición de descanso y me arrastro hasta el borde de la cama donde él está. Observo que sus ojos se oscurecen peligrosamente al verme sobre mis manos y rodillas delante de él, solo con mis bragas.
Con los ojos fijos en los suyos, lamo mi palma y la envuelvo alrededor de su gruesa longitud mientras hundo mis dientes en mi labio inferior. Está respirando pesadamente ahora y queda poco azul visible con sus pupilas hinchadas. Lentamente lo tomo en mi boca, sin romper nunca el contacto visual. Hay mucho de él y no soy un experto, pero quiero dejarlo boquiabierto.
Mi mano aprieta la base mientras mi lengua se arremolina alrededor de su cabeza hinchada. Luego, lamo lentamente toda su longitud, aplanando mi lengua a lo largo de la parte inferior de su pene antes de avanzar hasta la punta, siguiendo el surco allí. Luego, vuelvo a chupar la cabeza.
Lo doy todo. Me va a doler la mandíbula. Más que mi mandíbula estará adolorida en poco tiempo si logra meterla por completo en mi boca sin quedar en vergüenza. Empujo esa pequeña preocupación a un lado y me concentro en complacerlo, en hacer que esto sea bueno.
Su jadeo se hace más fuerte cuando ahueco sus bolas. Sus manos se enroscan en mi cabello.
―Maldito infierno. Me la chupas tan bien, cariño.
Mi coño se aprieta ante el cariño, así como la charla sucia. Ahueco mis mejillas para chuparlo más fuerte y siento que sus bolas se aprietan.
—No, todavía no —gruñe, alejándome de él.
Un chillido sale de mis labios cuando me voltea sobre mi espalda. Entonces, se arrastra sobre mí, colocándose entre mis muslos. La mirada oscura y primaria en sus ojos hace que otra ola de excitación me inunde. Sus manos agarran mis bragas, quitándolas. Por lo general, podría sentirme demasiado expuesto, pero no hay forma de que rechace lo que él está tan ansioso por darme.
Me abre, da un golpe largo y lánguido y lo saborea.
―Dios, sí―, murmura como si le estuviera haciendo un favor aquí.
Sus labios se cierran sobre mi sensible protuberancia y sé que definitivamente está decidido a hacerme volar la cabeza. Es implacable con la lengua, los labios y los dedos, pero luego se retira antes de que sea demasiado. Está dedicado a esta tarea como si todo se tratara de su placer y yo solo soy un espectador feliz.
El placer se enrosca, tarareando a través de mi cuerpo. Me estira con un segundo dedo y un tercero, la dulce quemadura hace que el placer se desenrolle y la dicha surja a través de mí.
―Dios, tú…― Ojalá supiera su nombre. Quiero gritarlo, pero no lo llamaré Clark Kent incluso si es el Superman comiéndome el coño.
La preocupación por su nombre se vuelve discutible cuando dobla sus dedos dentro de mí, sopla sobre mi clítoris y luego lo chupa de nuevo. Pierdo la cabeza, gritando palabras ininteligibles de éxtasis en una sobrecarga de placer. Ola tras ola de satisfacción me recorre y este hombre me hace hablar en lenguas desconocidas.
¿Qué diablos? ¿Puedo tener más, por favor?
Estoy mirando hacia el techo, feliz y en blanco, riendo al azar cuando su rostro aparece sobre mí.
―Me doy por bien servido al verte tan relajada―, dice, riéndose entre dientes antes de besarme de nuevo.
Me pruebo en sus labios y, por una vez, no me siento cohibida por ello.
El sonido arrugado del envoltorio de un condón me saca de mi niebla s****l. Su pene está tan duro que parece doloroso mientras se pone el condón. Otro destello de nervios por su tamaño y mi sequía bastante prolongada hierve, pero sus manos se deslizan a través de mi espeso cabello con una delicadeza que me conmueve cuando su cuerpo cubre el mío.
―Empieza despacio. ¿Por favor? ― susurro, con miedo de decepcionarlo ahora.
No parece decepcionado.
Él sonríe, la sonrisa más suave que he visto hasta ahora.
―Lento―, repite.
Se agarra, acariciando cuidadosamente su punta a través de mi raja. Su otra mano frota mi rodilla, calmadamente, mientras mantiene mis piernas separadas. Ambos observamos mientras empuja lentamente hacia adentro. Doy un grito ahogado estremecido por la invasión mientras él sisea entre dientes,
―¿Está bien?―
Asiento mientras me adapto a la intrusión. Mis uñas se enroscan en sus bíceps. Giro la cabeza hacia un lado y respiro profundo.
―Mírame―, dice. ―Déjame ver esos hermosos ojos―. Nadie ha dicho nunca que mis ojos color avellana son hermosos, pero él me hace sentir que lo son.
Lo miro y sonrío tentativamente. Él va lento y pronto me encuentro con sus embestidas tentativas hasta que la plenitud dolorosa cambia de una leve incomodidad a un placer ardiente.
―Cristo, estás jodidamente apretado―, murmura una vez que él mismo ha trabajado hasta el fondo.
Unos cuantos empujones más y construyendo confianza. Su ritmo y ángulo son perfectos. Nunca me habían follado tan profundamente en mi vida y estoy empezando a amarlo rápidamente.
―Más por favor―, le digo.
No duda en obedecer, pero tampoco choca contra mí de inmediato. Construimos hacia eso y mis gemidos se hacen más fuertes con cada evolución de nuestra exploración.
Su boca encuentra mi pezón de nuevo. Envuelvo mis piernas alrededor de sus musculosos muslos.
―Esto se siente… es bueno. Tan bueno. ― No soy muy hablador en la cama, pero quiero que él lo sepa. Sus labios se curvan en una sonrisa sexy y torcida y acelera el paso.
― ¿Qué te gusta, cariño? Quiero que vengas de nuevo.
Me sonrojo incluso cuando sus palabras, imposiblemente, me excitan mucho más.
―No sé. Nunca me he corrido sin... que me toquen. ―titubeo.
Nunca me han preguntado qué me gusta y nunca tuve la confianza para exigir probar cosas diferentes. Me doy cuenta de que quiero hacer eso.
Quiero la oportunidad de descubrirlo todo.
―Está bien―, me dice, habiendo escuchado mis palabras, pero incapaz de leer mi mente.
Se aleja lo suficiente como para deslizar su mano entre nosotros, comienza a tocar mi clítoris mientras sus caderas aumentan de velocidad.
Ay dios mío.
Es como un edificio frente a una tormenta. Me voy a correr de nuevo y me voy a correr duro.
Cerrando los ojos, me aferro a su cuello, gimiendo y desesperada por ello.
―Me estoy acercando.
Él gruñe desde lo más profundo de su pecho y comienza a golpearme a un ritmo que habría pensado demasiado fuerte hace un momento. Su pulgar golpea mi clítoris por última vez y mi orgasmo me atraviesa, un largo, bajo y agudo grito mientras mi canal se aprieta a su alrededor, intentando ordeñarlo hasta dejarlo seco.
―Joder, sí, cariño, tómalo así. ¡Maldita sea, tómalo! ― ruge y abro los ojos queriendo ver esto.
Su boca se abre, los ojos se cierran, la imagen de la belleza y satisfacción masculinas. Es la cosa más caliente que he visto. Unas cuantas embestidas más y lo siento retorciéndose dentro de mí mientras llega al clímax. Todas y cada una de las paredes entre nosotros se han derrumbado cuando él cede. Por un momento dorado y suspendido, estamos solos juntos en esta intimidad donde nada más se registra.
Estamos sin aliento cuando sale de mí con un beso final. Intento ignorar lo vacío que me deja. No quiero sentirme rara o triste ahora que ha terminado, mi primera vez teniendo sexo con un extraño.
Se levanta para deshacerse del condón, pero se derrumba a mi lado de nuevo con una risita.
―Casi me desmayo por falta de circulación sanguínea, tu coño me estaba asfixiando con tanta fuerza.
Una risa sorprendida resuena en mí mientras trato de recuperar el aliento, sorprendida por su boca sucia. No estoy asustada ni triste ni nada de eso. Incapaz de resistirme, me vuelvo hacia él, necesitando cualquier abrazo que esté dispuesto a darme. Sin dudarlo, su brazo me envuelve y mi cabeza descansa sobre su hombro.
Su mano acaricia ociosamente mi espalda y juega con mi cabello largo e indudablemente desordenado. Juego con el vello en su pecho e incluso me atrevo a seguir su rastro feliz antes de perder los nervios y asentarme sobre su ombligo.
¿Puedo quedarme toda la noche? ¿Quiero? ¿Preferiría que yo fuera?
Como si tuviera la intención de responder a mi pregunta, su teléfono suena en algún lugar entre nuestra ropa desechada. Suspira y mira su elegante reloj de pulsera.
Algo duro e incómodo se asienta en mi pecho.
Me da una última caricia perezosa en la espalda y se levanta para buscar su teléfono. No dice nada, pero observo que sus paredes vuelven a levantarse mientras lee todo lo que ve en ellas.
― ¿Hora de irse? ― Pregunto, tratando de no sentirme aplastada.
Se vuelve a sentar en la cama a mi lado con sus bóxers en la mano.
―Desafortunadamente. Necesito una ducha rápida.
Espera... ¿se va? Pensé que esta debía ser su suite. Eso es extraño. ¿Un lugar tan elegante como este alquila por horas? Seguramente no.
―Oh. Bueno. ― Dios, esto es incómodo.
Ahora recuerdo por qué nunca había hecho esto hasta esta noche.
Me siento y él lleva un dedo a mi boca, trazando lentamente mi labio inferior con tanta ternura y sensualidad ardiendo en su expresión.
―Estuviste increíble.
Me siento sonrojarme furiosamente, complacido por sus palabras.
―Tú también.
― ¿Necesitas usar el…? ― Él mueve su barbilla sobre su hombro, indicando el baño
―Sí. ― Me levanto, recojo mi ropa desechada y me siento vulnerable cuando paso junto a él.
Para. Te divertiste y ya está.
No lo arruines ya.
Pero está a punto de arruinarse.
Mientras estoy en el baño, lo escucho hablar por teléfono.
―No puedes dormir, ¿eh? ― Silencio. ―No, está bien. Sí, te prometo que estaré en casa pronto, cariño.
¿Cariño?
¡Joder!
Cierro los ojos, temblando por todas partes.
Dijo que ya no estaba casado, pero eso no significa que esté soltero, ¿verdad?
Abro el grifo para no poder escuchar el resto de su conversación. Ajusto el agua y espero a que esté hirviendo. Va a tomar una ducha para quitarme de encima y yo también necesito quitarme de encima a él. Lo que había sido increíble ahora se siente contaminado y de mal gusto.
Pongo una sonrisa cuando salgo, completamente vestida. No quiero una confrontación. No los manejo bien y lo último que necesito es que me vea en las garras de un ataque.
Se ha puesto una bata y me da esa sonrisa suave y torcida.
Mete un mechón suelto de cabello detrás de mi oreja y contengo el impulso de estremecerme ante su toque... y el impulso de besarlo de nuevo.
― ¿Cuál es tu verdadero nombre, cariño?
― ¿Qué tal si lo dejamos en Lois Lane? ― Digo, tratando de no desmoronarme.
No siento ninguna satisfacción por la forma en que sus ojos brillan con... ¿dolor? ¿Por qué tiene que estar herido? Se acostó con un extraño cuando tiene a alguien a quien llama bebé esperando en casa.
¿Cómo podría?
Su sonrisa se vuelve anormalmente tensa.
Supongo que mi disgusto por esta situación se está volviendo obvio.
Asiente con la cabeza antes de entrar al baño. Salgo como un cohete en cuanto escucho correr el agua en la ducha.
Es lo correcto.
Hasta nunca.