Hasta que la puerta se abrió sin aviso. Freya entró con paso silencioso y se detuvo justo en el umbral. No dijo nada. Alexander levantó la mirada, en medio de una frase en inglés sobre porcentajes de inversión… y se quedó callado un segundo. Sus ojos se encontraron. Ella vestía su ropa cómoda de siempre: un suéter largo, leggins, cabello suelto. Tenía esa mirada suya, esa que usaba cuando no sabía si quería matarlo… o abrazarlo. —Give me five minutes —dijo él en la llamada, antes de apagar el micrófono y desviar toda su atención hacia ella—. ¿Está todo bien? Freya no respondió de inmediato. Solo lo observó. —¿Qué? —preguntó él, incómodo por primera vez en horas. —Estás diferente —dijo finalmente, cruzando los brazos—. No sé si es la luz… o tú. Alexander la miró, intentando mante

